Apenas ha amanecido cuando mi amodorrado cerebro detecta que algo no va bien. Llamadlo instinto o sexto sentido, pero a mí, la verdad, no me ha fallado nunca. El olor a perfume caro de mujer me envuelve las neuronas. Inhalo como si fuese el humo de un buen habano. Hace tiempo que dejé de fumar y creo que hoy me voy a arrepentir de haberlo hecho. No tengo necesidad de abrir los ojos para notar la ausencia de Sara en el lecho.
Exhalo despacio el aire, intentando que los nervios que ya empiezan a aflorar, no lleguen a agarrarme las tripas y las destrocen. Sin prisa, abro los ojos en la penumbra de la habitación. El techo de cristal me devuelve el reflejo de un tío acojonado y abatido. Sara, sentada en el borde de la cama, balancea los pies como si fuese una niña pequeña a la que han pillado haciendo una trastada. Su móvil descansa en una mano mientras con la otra retuerce entre sus dedos uno de sus rebeldes rizos rubios.
¿Tenéis idea de las confesiones que pueden llegar a hacerse dos amantes en diez años? Tantas, que llegas a conocer a la otra persona mejor que a uno mismo. Por eso reconozco antes de tan siquiera hablar, que hoy es nuestro último día.
Rompo el silencio como quien rompe la tranquilidad de un lago al lanzar una piedra.
—No lo hagas —le pido.
—Deberías estar durmiendo —responde con voz dulce pero casi ahogada en su propio dolor, sin tan siquiera darse la vuelta para mirarme.
No concibo la vida sin ella, como no concibo no mirarla a los ojos cuando la tengo cerca. Nadar en ellos. Degustar la paz que me envuelve con el calor que penetra hasta calar los huesos.
Me levanto. Me aproximo descalzo. Vestido tan solo con la pena que arrastra mi alma.
—Mírame, por favor —le suplico poniéndome en cuclillas frente a ella, cogiéndole la cara entre mis manos.
La suavidad de su rostro nunca deja de sorprenderme. No somos unos críos. Y sin embargo un estallido recorre mi cuerpo insuflándole vida como si fuese la primera vez que la toco.
—No puede ser de otra forma —me dice, ahora sí mirándome fijamente con sus ojos pardos—. Sabíamos que tarde o temprano llegaría este momento.
—¿Por qué ahora? ¿Qué ha cambiado? —pregunto. Siento que la voz me traiciona, pero no puedo dejar que esto acabe sin más. Necesito respuestas. No, la necesito a ella. Las respuestas me importan un carajo.
—Él se muere. Y creo que se lo debo.
Aparta bruscamente las manos de su rostro y se levanta para dirigirse al baño. Da un portazo que hace temblar las paredes de la habitación. Sara está llorando. Sus sollozos se cuelan a través de la puerta.
Hace frío. Anoche olvidamos encender la calefacción de la habitación. Qué lejos queda ese momento embriagador de risas cómplices y confidencias a media luz. Recojo la ropa desperdigada por el suelo y me visto lo más rápido que puedo. Una urgente necesidad de salir de esas cuatro paredes oprime mi pecho. Saco del bolsillo de la americana el teléfono prepago en el que solo recibo sus llamadas y lo dejo encima de la mesita de noche. No lo voy a necesitar nunca más.
Me dirijo hacia la puerta y cuando estoy a punto de salir, la voz de Sara, se cuela hasta lo más profundo de mi alma.
—Lo siento.
No la miro. No puedo. Cierro la puerta tras de mí, despacio, a cámara lenta, sin mirar atrás.
©2021, texto y foto, Anabel Lora Mingote