Mireia

Por Anabel Lora Mingote

Esboza una sonrisa frente al espejo. Sin gracia, flácida. Suspendida apenas unos segundos en esa cara que la vida ha dejado aparcada en la tristeza.  

Las comisuras de su boca, apagadas, se niegan a regalarle un atisbo de simpatía. 

¿Acaso esa cara pecosa, angulosa, tiene vida propia? Hasta los ojos verdes y las pobladas cejas rubias se mecen en un rictus ceniciento. 

«¿Quién manda aquí, eh?, se pregunta señalándose como si el reflejo fuese de otra persona».

Una extraña. Así se siente. 

Se acerca al espejo en busca de algún rasgo de la niña feliz y mimada que fue una vez. ¿Estaría escondida? ¿Dónde? ¿Podría encontrar esa felicidad de nuevo y perdonarse por todas las equivocaciones vividas?

Descorre las cortinas de la ducha. Se introduce en ese pequeño habitáculo portátil prefabricado que la cobija en días así. 

Hoy no necesita que el fuego la invada. Dejará que la indiferencia lama sus heridas. 

El agua fría resbala por cada célula de su cuerpo desnudo. En esa piel escrita con tinta roja y gris. Cosida a reproches. Un cuerpo esbelto, deslucido, recoge el líquido que empapa sus pecados. Los suyos, los de otros, los de otras. Quién sabe. Ya no recuerda. No quiere recordar. Durante el día alimenta su alma con la risa de otras personas. Y al acabar la jornada, se enturbia como ciénaga de cloaca con los pensamientos, los sueños que la atormentan. Solo desea cerrar los ojos y olvidar. 

El agua se ha acabado. Un suspiro de resignación. Un suspiro de resolución. 

Decide cambiar de una vez por todas. Sale de la ducha. Se envuelve en su viejo albornoz de felpa. Vuelve la vista hacia el espejo. Una mirada desafiante se estrella contra la suya. 

Una idea. Cierra los ojos y comienza un ritual que su cerebro tenía encerrado en algún recóndito lugar. 

«Mireia, vamos allá, se anima a sí misma» . Diez respiraciones profundas. Deja de respirar. Nota un ligero mareo. Se recuesta contra la pared. El aire se va vaciando de sus pulmones. Su nivel de estrés comienza a disminuir. No está. Nada importa salvo su bienestar. 

Sin apenas darse cuenta, sus labios cobran vida. Las comisuras de la boca se curvan hacia arriba. Se incorpora a la vez que va recuperando su respiración normal.

Abre los ojos.

Qué gusto encontrarse con su verdadero yo. Con su mirada pícara y soñadora. 

Comienza a vestirse con un cosquilleo que le insufla calor de pies a manos. Se recoge su larga melena castaña bajo la gorra roja que usa para trabajar. Se maquilla, con pausa, disfrutando de cada pincelada, brochazo y color que extiende sobre su cara. 

Lo ha conseguido. Hoy, será un payaso feliz.


©2021, Texto y foto: Anabel Lora Mingote


COMPÁRTELO:

Facebook
X
LinkedIn
Email
WhatsApp

2 respuestas

  1. Hasta ahora no había accedido al blog, y debo decir que muchas gracias por regalarnos estos momentos. Reconozco que siento envidia (de la sana, eh) cuando me encuentro con personas que, son capaces de transmitir tanta verdad.

    1. Muchas gracias por dedicarnos un ratito de tu tiempo y por tus cariñosas palabras. La verdad es que escribimos desde el corazón y nos hace mucha ilusión que os llegue al vuestro.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

PUBLICACIONES RELACIONADAS

Cerebro

Paseo nocturno

Alexa