La yincana de la vida

Por Anabel Lora Mingote

Nos encontramos a mediados del mes de enero de un nuevo año.

Dicen que estamos en el dos mil veintidós. Y a mí, me sigue pareciendo imposible que los días se desprendan de mi vida como volutas de humo, y no disponga de suficiente tiempo para degustarlos. Disfrutar del aquí y el ahora.

Hace nada, emborronaba el calendario del año extinto con turnos de trabajo, fechas de viajes, cursos, y recuerdos de cumpleaños. Exiliadas quedan las ilusiones rotas por un año pandémico en el que a pesar de que hayamos remado con fuerza para desembarazarnos de él, sigue llevándonos de la mano. Y es que, por mucho que pasemos de hoja de calendario, nuestra existencia sigue con un punto y seguido. El punto y aparte, es pura fantasía.

Hasta los dieciocho años vivimos en una burbuja eterna y parsimoniosa en la que las horas caminan con un decrépito bastón a punto de desmayarse en cualquier esquina.

Y de pronto, sin previo aviso, el galopante bullicio del día a día te agarra por las solapas y te lanza al vacío. El reflejo del espejo te devuelve un rostro que apenas conoces, y que a grandes rasgos, según te trate el destino, puede que te guste. Has llegado a la mitad de la vida y te preguntas cómo rayos has llegado tan rápido.

La rutina insidiosa de la juventud ha dado paso a una yincana de encaje de bolillos. El trabajo, la familia, los amigos, los hobbies… son piezas del puzle que más o menos se ajustan. Un trasiego de automatismo en el que sin darnos cuenta nos vemos envueltos y del que somos incapaces de salir. Poner un pie fuera de él y gozar.

Porque lo que hacemos es llenar huecos con créditos de una película, que a veces, nos han dicho que tenemos que vivirla. Y sin embargo, no es la nuestra.

Dicen que estamos en el dos mil veintidós. A mediados del mes de enero.

Necesito, necesitamos, un punto y aparte. Un placer por el disfrute de todo aquello que hagamos y de la gente con la que estemos. Frenar el avance del rostro amargo que nos anima a acumular momentos insípidos y recobrar la sonrisa sincera. La carcajada que se pasea por las calles sin importarle las miradas incómodas, envidiosas de sentirse libres y que no se atreven a dar el paso.

Dicen que estamos en el dos mil veintidós. A mediados del mes de enero. No quiero pasar la hoja de diciembre hasta… diciembre.


©2021, Texto y foto: Anabel Lora Mingote


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