Por Karina Miñano
Lentitud. Me perderé entre la desnudez de los árboles de invierno, despacio hasta el centro, dedos, talón, talón, dedos. Será el rastro un camino de blusas, abrigos, dermis sobre ramas, hojas secas, barro, charcos de agua. El esternón despojado, como ellos.
Inmersión. Injerida en medio de los troncos el silencio dará la señal, viento reposado, silbidos desde las copas. Aceptada, pisaré firme los pétalos descompuestos que alfombran el suelo endurecido por el frío. De mis pies brotarán raíces para incrustarse en la tierra tocar las perpetuas cepas de los demás, absorber sus virtudes. Amalgama. Por fin, me quedaré inmóvil los brazos desplegados, la cara en el cielo, el azul en los ojos. Corteza somera me envolverá tres veces. No sentiré algidez. Seré albura joven. Percibiré la médula empujando energía por mi cuerpo Transformaré una nueva yo, mi pecho quemará de satisfacción mientras mis piernas se llenan del vigor lozano. Calma. Respiro. Será un día soleado de invierno, en febrero. Un día que ya empiezo a recordar.
©2021 texto y foto: Karina Miñano