La toxicidad del desamor

Por Anabel Lora Mingote

Hoy se ha quebrado mi alma. 

La espiral autodestructiva ha golpeado con fuerza mi ánimo. Y como siempre, el refugio en el chocolate y las películas románticas ha sido el bálsamo que necesitaba. El atracón de dulce almibarado ha anegado la sangre buscando una salida a la tristeza. Al dolor. A la rabia maldita que se ha instalado en mi pecho. Un desgarro de gritos silenciosos ha suturado mi tráquea con la bilis de mis entrañas. Una vez más.

Por qué la respuesta al choque de emociones es servir nuestro propio cuerpo de festín a los buitres de la melancolía. Por qué nos resulta de lo más natural, descolgar el teléfono y descargar nuestra angustia en brazos de las amigas. Por qué no gritar el ¡BASTA! anidado en nuestro cerebro, y lanzar la furia al viento. 

Parece ser que la confianza entre amantes, también es un asco. Y además, sí, un fiasco.

Son las tres de la madrugada y estoy más despierta que un búho. Acabar con las provisiones de chocolate, y llorar a moco tendido con la película «Los puentes de Madison», no está sirviendo de mucho. El recuerdo de esta tarde vuelve nítido a mi mente una y otra vez.

—Cielito, tu bombón ha venido a verte—. Carlos ha entrado al piso con la llave que le di hace un par de años. 

«¿No regresaba su mujer de viaje de negocios?», me pregunto sorprendida ante la inesperada visita.

Por un momento me emociona que la relación entre ellos esté haciendo aguas. 

Por un momento, me asusta que ocurra. 

Por un momento, soy consciente de que nunca me había planteado ser la primera y no la otra. 

Por un momento, comprendo que sus labios resbalan por mi cuello desnudo sin gracia ni deseo. 

Por un momento, desearía que dejase la llave encima de la mesita del hall, para siempre.  

Demasiados «momentos» se regodean en la sorpresa mayúscula de encontrarme con esa sonrisa irónica suya, hasta ahora desconocida para mí. 

Chasquea la lengua, otro signo inequívoco de que aquí va a suceder algo, y que sé a ciencia cierta, que no va a gustarme un pelo. O sí. 

Se sirve una copa de vino blanco. Se pasea por el salón con aires de grandeza, que por cierto, y valga la redundancia, le quedan grandes.  

—Mi «Señora» estaba triste. Ya sabes, las hormonas se os revolucionan sin saber por qué, y hay que estar al quite. Pero no hay nada como un buen revolcón de bien queda. Una sonrisa pícara, un jueguecito de gato y ratón que tanto os gusta, y se acaba la historia. Sí, sí, ronroneando la he dejado entre sueños.

Un malestar se desata en mi interior. No puedo creerlo. Tiene que ser una broma. Pero este tío quién es. Y por qué he perdido cinco años de mi vida riéndole las gracias que no tiene.  

Se sienta a mi lado y toquetea mi pelo de forma distraída. Y por una vez, me molesta que lo haga. Se lo digo, y se enfada. Sin venir a cuento, tira su copa contra la pared y grita que ya está harto de tonterías. ¿Perdona?, le respondo poniéndome en pie ante semejante agravio. Si ya no estás a gusto con nuestra relación lo dices y listo, vuelve a gritar como un energúmeno sin apenas mirarme a los ojos.

Y de pronto, lo entiendo. No soy yo. Es él. Ha encontrado a otra. 


©2022, Texto y foto: Anabel Lora Mingote


COMPÁRTELO:

Facebook
X
LinkedIn
Email
WhatsApp

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

PUBLICACIONES RELACIONADAS

Alergias

Cerebro

Paseo nocturno