La conquista del metro cincuenta

Por Anabel Lora Mingote

Dices y piensas que no pasa nada. Que es otra etapa de la vida. Has tenido tiempo para hacerte a la idea. Pero no es cierto. Ni el tiempo es suficiente, ni te haces a la idea.

Intentas convencerte a ti y a los demás, de que estás bien. Cuando la realidad es que la soledad se apodera de cada fibra de tu ser. Respira tu miedo, tu tristeza. Y el alma se la bebe a grandes sorbos amortajando los sentidos sin dejar un resquicio a la cordura.

Cada día es un mimo mecánico que repite patrones y que se enrosca en tu cerebro para ayudarte en la ardua tarea que es levantarse. Un pie, otro pie, la mano, otra mano… Las miras y sabes que son las tuyas. Pero incluso esas partes de tu cuerpo que están cosidas a ti, te parecen lejanas. De otro ser. Te pesa desde los párpados hasta las uñas de los pies. Ni siquiera sabías que las uñas de los pies podían doler. Y ahora, es una prolongación de esa agonía que no sabes ponerle fin. 

Todo pasa, te dicen familiares, amigos, incluso esos conocidos que huyen de tu mirada lagrimosa por miedo a que les afecte su fin de semana. Su día a día repleto, muchas veces, de falsedad. De aguas demasiado mansas para ser reales. Pero es tu día a día. Tu lucha continúa por acordarte de comer, de vestirte, de mirarte al espejo y saludarte con algo más de un bostezo desganado y un suspiro melancólico.

Y además está ella. Esa estupenda cama, enorme, mullida y cómoda de metro cincuenta, que cada día espera que la conquistes en vez de enamorarte cada vez más de ese sofá de hace lustros que se te clava en las costillas, recordándote que sigues ahí, intentando sobrevivir. 

Querido sofá, dichosa cama.

Y un buen día, sin saber ni cómo ni por qué, un clic resuena en tu cerebro y te hace levantarte con otra fuerza, otro espíritu. Claro, era verdad, el maldito tiempo lo cura todo. O eso dicen. ¿Cuánto ha pasado? Un mes, dos, quizá un año, tres… Qué más da. Un aire fresco se cuela por entre las células y el hormigueo de la vida te hace cosquillas. Es una sensación diferente. No la recordabas tan placentera, o al menos, tan serena. Piensas que será pasajero. Como todo. Como el ser humano.

Pero mientras, por qué no recobrar esa maldita cama que te mira con arrobo.

Y decides conquistarla. 


Texto y foto: Anabel Lora Mingote


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