Navidad

Por Elena Azcondo

Llega diciembre, 
el invierno, el frío y la soledad.
Ella no está.
Pero antes, 
unos cuantos días antes
llega la Navidad.
Este año, me hace falta el empeño
coger el relevo, no será igual.
No quiero aferrarme, 
abanderar, imponerlas.
Pero para mí,
es obligado hablar de ellas.
Celebrar los buenos deseos, la bondad, 
la posibilidad de empezar de nuevo,
la familia, el amor y la paz.
Yo lo conozco como Navidad.
Para ir hacia delante,
miro  atrás.
Y me voy, me voy atrás.
Llegan imágenes 
ligeras, descriptivas, 
la parte oscura si la hubo
ya no está.
Contemplo el collage.
Este año ya no me regalan
la Navidad.
Sé que debo afanarme
aprender a celebrar.
Dar el fondo y la forma
llegar a aquello que me importa
a mi manera y con serenidad
esforzarme en el colorido y la alegría
que merece toda Navidad.

He vivido muchas Navidades.
Diferentes, los colores.
Distintas, las intensidades.
Donde vivo
vacaciones invernales.
Me vino dada la tradición,
el país, la religión, la familia.

Navidades infantiles.
En casa de mis abuelos
nos juntábamos veintidós.
Abuelos, padres, hermanos, 
tíos y primos.
Llenábamos la vivienda,
de gente, abrigos, comida y mesas.
Una habitación solo para abrigos;
allí jugábamos al escondite
mi prima Virginia y yo.
Solo por este vinculo
mereció la pena
semejante follón.
Los adultos en una mesa,
en el salón
Los pequeños y medianos en otra 
u otras dos
entre la entrada y el comedor.
Pasar de una estancia a otra
cambiaba tu estatus.
Sitio en la mesa de adultos
voz y opinión.

¡Acaloradas conversaciones!

Una vez terminada
la comida o la cena, 
se mezclaban ambos mundos,
sin distinción.
Los hombres a la partida.
Creo que esto
era previo a la comida.
Mi abuelo elegía juego,
el julepe.
Las mujeres en la cocina.
De vez en cuando alguna incursión,
infantil, masculina y alguna observación
desde el salón
¡Ya empieza a oler ese guiso!
Los niños jugábamos, bailábamos,
charlábamos, aprendíamos,
observábamos y hacíamos el borrico.
Luego estábamos
mi prima y yo.
Recogíamos tapones de corcho
los quemábamos
abríamos los armarios
buscábamos lo prohibido
hasta que un año
lo encontramos. 
Nos pintábamos las caras,
hacíamos imitaciones, bailes y teatrillos.
Otro ritual,
descorchar el champagne.
Oídos tapados, cabezas agachadas
¡Cuidado con la lámpara!
Mi prima y yo,
escaleras abajo
o en el ascensor
(ese olor característico
de donde vive gente mayor).
Corríamos, 
la falda remangada, 
disfrazadas de pastoras.
La casa abarrotada,
familias de cinco, seis, siete, ocho personas.
De vez en cuando algún adulto gritaba
¡Bajad el volumen!
El silencio, el tono moderado
duraba dos segundos.

Menú.
¡Uff, qué horror! Huele a lombarda.
Cena.
Lombarda, langostinos, 
angulas de las de verdad.
Plato principal.
Pescado al horno, en salsa o a la sal.
Comida.
Un caldo delicioso,
ensalada de escarola restregada con ajo,
cordero lechal al horno.
Pasas, orejones, peladillas,
turrones de yema, del duro, mazapán
y para los niños
turrón de chocolate Suchard.
Doce uvas en Nochevieja.
A los niños nos tocaba,
pelar, contar, quitar los pipos.

El último anuncio.
El último suspiro.

Sonaban las campanadas,
alguno se atragantaba,
ataque de risa,
todos sin discriminar 
brindis y trago de champagne.
Besos, abrazos, buenos deseos.
Más risas, alguna copa rota.

Y un vestido, negro, drapeado,
lleno de pequeños, coloridos, 
desordenados y brillantes lunares.
Mi hermana mayor.

Los días de Noche Buena y Navidad
aparte de ver Mujercitas, Que bello es vivir
o La gran familia
íbamos a misa, a visitar belenes
y a besar el pie del niño Jesús.
Poco higiénica aquella tradición…
En las sobremesas, 
los villancicos. 
Aquí había poca variación.
Campana sobre campana, 
Dime niño, Ay del chiquirritín,
Los peces en el río, Ya vienen los Reyes,
Hacia Belén va una burra, Navidad Navidad
dulce Navidad, Adeste fideles a medias
o tarareado y por supuesto 
el Tamborilero dirigido por mi padre 
con voz profunda y marcando el ritmo
con la mano.
No me puedo olvidar
del aguinaldo
que pandereta en mano
a familiares y vecinos
pedíamos los niños el día 25.
Ni de las canciones,
anuncio Turrones el Almendro y
Llega la Navidad de los payasos de la tele.
La garganta se acongoja
al escucharlas ahora.

Esta es mi Navidad anclada
la de mi infancia
me vino dada.
Se celebraba contra viento y marea.
Mis abuelos, mis padres, mis tíos.
El empeño, la perseverancia.

Celebrar los buenos deseos, la bondad
la posibilidad de empezar de nuevo,
la familia, el amor y la paz.
Yo lo conozco como Navidad.

Alguien tiene que empeñarse
para que aquello
que elegimos
que queremos
en lo que creemos
se ancle en la memoria de otros.
NOS SOBREVIVA.
¡FELIZ NAVIDAD!

Texto y foto: Elena Azcondo


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Una respuesta

  1. El testigo ha sido entregado, Navidad con aromas de familia, con esencia, con valor. Cuántas vivencias, algunas se han tocado con las mías, algunas navidades, aquella última Navidad, las que siguieron, las que hice mías. Hermoso escrito.

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