Por Elena Azcondo
Me hice una promesa, centrarme en las luces y alegrías. Pero algunos días, es importante que sean pocos, te adentras en las sombras y tristezas, los golpes, las guerras, los bandos, la falta de verdaderos abrazos, lo absurdos que somos los humanos. Para luego seguir con la vida, centrarte y así detectar las luces y brincar las alegrías.
Siempre hay un niño que juega
Hay días
en los que uno siente el vacío.
En los que nada tiene sentido.
Para qué esto,
para qué aquello.
De pronto
deja de existir la imaginación.
Como si no vieras el inmediato mañana.
Como si vivir en presente
no te llevase a nada.
Un empeño absurdo.
En qué, para qué.
De repente vi la muerte.
Actuaba
como cuando uno no sabe qué decir
y en lugar de callar, habla y habla.
Una muerte insolente,
demasiado alegre y jovial.
Una muerte que excesiva
sobreactuaba vitalidad.
Una muerte histriónica
a la par que contradictoria
exigía desmedida discreción.
El esfuerzo para no clavar la mirada
y monopolizar toda la atención.
Los humanos actuamos mucho así
exageramos de manera contraria la carencia.
Haciendo ruido,
instalándonos en la queja
o con una algarabía poco acorde con la escena.
Cuando el vacío más profundo nos acecha
y no sabemos qué hacer con él.
Cómo encararlo,
dejar que pase
o que nos cuente.
Menos mal
que siempre hay
un niño que juega.
Luego en casa
me encerré.
Eché la llave en la puerta.
Hay días que son así.
Silenciosos, vacíos,
encapotados y sombríos.
Escucha Siempre hay un niño que juega en la voz de Elena Azcondo