Las desterradas tres (fragmento)
Los tres sentados alrededor de la mesa, la de madera. La de la pata floja. Siempre tuvimos un problema con las mesas. La anterior la tuvimos que desarmar porque se estaba cayendo. Literalmente. Una pata se estaba abriendo y hacía que todo el lado derecho se inclinara hacia el piso. Comer en esa mesa era como estar en un bote a punto de hundirse.
Esa era de metal y fórmica. De ninguna manera mis materiales preferidos. La usábamos porque no teníamos otra y le teníamos un respeto especial porque era histórica. La había usado la mamá de Tom y Jerry cuando ella vivía con sus padres y compartía la pieza con su hermana en San Diego. Hacía los deberes en esa mesa. Pero un día nos cansamos de juntar lápices del piso y la desarmamos. Ahora está guardada en el cuarto de depósito junto con toda la otra porquería.
En cambio, la de ahora, la de madera, tiene una historia más nueva. Me la dio una amiga portuguesa en esos años que viví en Riverside. Cuando se estaba volviendo al Portugal, después de su doctorado, me la ofreció, y como yo no tenía una, la acepté. Nos hicimos un favor mutuo. Y ahí fue que Tom y Jerry conocieron a Anabella, la bailarina estrafalaria. Bailaba muy extraño, bordeando lo feo. Ellos fueron conmigo a buscarla. Estaba en el sótano de la casa, un sótano lleno de parafernalia esquizofrénica. Porque la mujer con la que Anabella vivía tenía un hijo esquizofrénico y ahí abajo él guardaba sus obras de arte: collages hechos con recortes de revistas, esculturas de tapas de botellas de plástico, botellitas llenas de líquidos misteriosos de distintos colores dispuestas en líneas, torres, columnas….
Y Jerry no se aguantó y se tuvo que ir afuera a vomitar. Caminamos con la mesa las dos cuadras que separaban la casa de Anabella de mi casa, yo en ese tiempo vivía sola. Y ahora, esa misma mesa es la que tenemos en nuestra cocina común, en nuestra casa colectiva en Pasadena.
***
Tom me llama al celular. Yo estoy en mi oficina, en casa, en la planta baja, escribiendo emails. Él está arriba en el dormitorio. Ya sé para qué llama.
—¿Querés hacer el amor?
Miro la hora en la computadora. Son las 11:30 de la mañana.
—No puedo. Estoy trabajando.
Tom deja escapar un gruñido.
—Okay —su okay suena agudo y alargado en la última sílaba.
—No te enojes. Estoy trabajando. Deberías entender —la culpa empieza a subir.
—¿Qué dije? No dije nada.
—Bueno, ¿bajás?
—No, tengo que hacer algo primero.
Desde abajo escucho sus pasos pesados. «Estará saliendo de la cama», pienso. Se mueven por el dormitorio y se meten en el baño. Cierra la puerta de un golpe.
Sigo sentada tratando de escribir, pero no puedo. Escucho el agua correr en el baño, lo escucho salir y bajar las escaleras. La puerta de su oficina, la de él, se abre y se cierra de golpe. Después, silencio. Lo escucho toser. Silencio de nuevo.
«No vino siquiera a darme los buenos días.»
***
Aquí estamos de nuevo, los tres charlando de sobremesa, fumando una pipa bajo la luz brillante de los focos fluorescentes. Contemplándonos, con esa sonrisa relajada que deja estampada una buena fumada, inventando mundos imaginarios, nuevas creaciones, proyectos.
—¿Podría alguno alcanzarme una servilleta? —pedí. Tenía las manos llenas de dulce. Había estado comiendo el baklaba que compramos hace un rato en la panadería libanesa.
—¿Yo tengo que traértela? —preguntó Tom, mientras aspiraba la pipa.
—Sí —le contesté —. Sos mi novio.
En ese momento, Jerry se levanta. Entonces Tom aprovecha para agregar:
—Pero yo no tengo que traértela porque él ya se levantó —exhalando el humo y tosiendo.
—No, tenés que ser vos —insistí.
—Entonces te la traigo de nuevo —pero ya Jerry colocaba el rollo de papel en la mano de Tom, estirada hacia él—. O no, mejor te la traemos los dos, así —y los dos depositan el rollo sobre la mesa, cortando una hoja. Tom me la alcanza haciendo un gesto parsimonioso.
—Aquí tienes, mi amor.
***
Soretito, el gato, se sienta sobre la alfombra mirando hacia la puerta. Se acuesta. Las tres, las veo desde esa fotografía en la pared, las tres podríamos estar aquí. No es las tres, pero los tres. Es algo.
Sore espera sentado, ahora más cerca de la puerta. Jerry lo molesta con un juguete. Un palito verde con una cuerda colgando. Juguete para gatos. Pero Sore sólo está interesado en la puerta, y nada más. Sore viene ahora a sentarse junto a mis piernas. Está pensando en subirse a mi falda. Pero estoy escribiendo, así que no puede. No puede, y se queda ahí abajo, esperando. Ahora Sore vuelve a su puesto junto a la puerta. Tom lo molesta tirándole una bandera.
«Let’s keep him hungry so he catches stuff.»
Porque ayer Sore cazó un grillo y se lo comió. Entonces ahora Tom quiere que Sore cace una ardilla y se la coma. Por eso lo quiere matar de hambre. Para que salga a cazar, que muestre su lado salvaje.
***
Siempre necesitaba ser tres. Con mis hermanas, éramos tres. Una sacaba los platos, la otra los lavaba y la otra los secaba. Parte de la maquinaria. Era bueno sentirse parte de la maquinaria. Con ellos también me sentía parte de la maquinaria. Creábamos cosas juntos. Yo traía las ideas, Tom las organizaba y dirigía, o sea, dirigía a Jerry, que las hacía.
Sí, se sentía bien ser tres.
La necesidad de ser tres, de ser parte de tres, me hacía falta, y por eso acá me junté con dos, Tom y Jerry. Ellos venían juntos, así en dúo, como el dúo dinámico. Yo hacía el trío.
Ellas dos. Ellos dos. Yo ellos. Yo ellas. Yo nosotros. Yo nosotras. Yo ellos.
Eso es lo que pasa cuando se es tres. Entonces es muy difícil dejar de ser tres. Es muy adictivo. Porque se tienen los dos lados, los opuestos, y una está en el medio, como agua, conductora.
Texto y foto: Elena Sánchez Nuin
Cuca nació María de los Ángeles Esteves en San Martín, Argentina (1970). Es compositora y profesora de piano, y tiene una Maestría en Escritura Creativa de la Universidad de California, Riverside. Ha publicado Crónicas Schevingeanas, con Valparaíso Ediciones (2020), y Los Laberintos de Cleo con Las Meninas Cartoneras (2015), además de cuentos, poemas, artículos en diversos medios y revistas, online y en papel. Vive ahora en los Países Bajos.
- Patricia Cardona Roca
Conocí a Cuca por las redes. Era amiga de amigos. Facebook me la recomendaba. La veía recitar y me gustaba, me despertaba curiosidad, ansiaba conocerla en persona. Publicó su libro “Crónicas Schevingeanas”, ¡vaya título! Mi curiosidad fue en aumento. Para el que no lo sepa Scheveningen es la playa de La Haya. ¿Qué pasará en esa zona arenosa que yo no sepa? La fortuna hizo que a través de la cadena de amigos escritores y poetas que tenemos en común, me contactara para preguntarme si conocía a alguna editorial que le pudiera publicar el libro en inglés. La puse en contacto con una editorial. Más adelante tuve la oportunidad de invitarla a un programa de radio para que hablara de su arte, su poesía e historia. Tanto con su poesía como con su prosa dibuja, colorea y muda temperaturas. No se pierdan “Las desterradas tres”.