Coloco la mano a modo de visera sobre mis ojos para que no me ciegue la luz. Miro hacia arriba con la intención de comprobar la altura del desfiladero que se abre ante mí, causándome un ridículo temor a lo desconocido. Me atrevo a palpar las paredes de color rosado. Me sorprende el tacto suave, arcilloso incluso. ¿Dónde rayos estoy? El lugar tiene un parecido a Petra. Las imágenes vistas en algún documental regresan a mi memoria con tal nitidez que por un momento creo encontrarme allí. Sin embargo, una sustancia viscosa capta mi atención. Al acercarme, mi olfato reconoce el inconfundible olor a metal ¿sangre? ¿cómo es posible? Un pequeño bulto se está formando gracias al reguero que atraviesa una grieta de la pared. De pronto soy consciente. ¡No puede ser! Abro los ojos como platos ante semejante descubrimiento.
Soy un pequeño liliputiense que camina entre las escarpadas calles de mi propio cerebro. Desconozco cómo es posible, y aunque resulta algo aterrador, asimismo me produce un extraño placer. Quién puede decir que ha paseado por esos montes sinuosos. El entramado laberinto en cierta forma me apabulla. Y esa sangre no tiene muy buena pinta. No quisiera dar un paso en falso que me hiciese sufrir un derrame cerebral, si es que no lo tengo ya. Estoy en mis propias cavilaciones cuando me llegan de corrido las palabras de lo que parece ser una conversación:
—Ha tenido suerte. Un minuto más tarde y no lo habría contado.
—¿Sufrirá alguna secuela, doctor? —La voz áspera de mi marido se cuela en la conversación.
—Es pronto para decirlo, deberá pasar unos días ingresada en cuidados intensivos, pero puede que pierda la función motora de las piernas e incluso de los brazos.
El sollozo de Carlos se mezcla con mi asombro que me hace trastabillar, y sin pretenderlo, caigo de espaldas sobre un recodo un poco más blando que el resto.
—¡Doctor! ¿Ha visto eso? ¡Se ha movido la pierna izquierda! —Carlos entusiasmado imagino que agarra mi mano con fuerza. No lo veo, pero lo sé. Siempre que se emociona busca contacto físico.
—Imposible, déjeme ver.
No sé qué ha ocurrido, pero me levanto y esta vez, a propósito, repito la caída. Parece que surte efecto. El médico llama a gritos a sus colegas sanitarios para que vengan a la habitación.
—Está en coma —les explica, y añade— Han aparecido unos espasmos. Anotad en el historial hora y extremidad.
—Eso es porque mi Vera es mucha mujer. Vamos, cariño, danos una señal de que sigues ahí.
Me levanto animada con una sensación de euforia y me lanzo a la carrera por esas calles y paseos gelatinosos dando golpecitos aquí y allá. Fuera debe ser una fiesta; se les escucha alborozados y sorprendidos. Cansada, resbalo en un espacio que brilla tanto como una aurora boreal. A saber, qué tecla habré tocado ya que unas carcajadas irrumpen en las paredes del desfiladero. La voz de Carlos entrecortada por la risa se hace paso entre el jolgorio de la habitación:
—Di que sí, Vera. Manda a todos a paseo.
Texto y foto: Anabel Lora Mingote