Como el agua

En la cima de invierno penetra el cielo y un beso apasionado no deja distinguir cumbre de nimbo. Allí, en el último nevero se prepara silenciosa. Empieza un hilo que apenas se percibe como un brillo en la roca. Poco a poco avanza. Poco a poco, adquiere sonido y horma, el color no, aún no toca. Joven y fresca continúa su camino. Contonea su cuerpo, se adapta a robles y a riscos. Se atreve con saltos y caídas al vacío. 

A medida que desciende, adquiere fuerza y brío, los insectos la persiguen y animales de más peso celebran su poderío «¡Qué mujer!».

Ella sigue, les sonríe, agradece sin delirio.

«A estas alturas, con lo que he recorrido, debe quedar poco, próximo mi destino».

Espera que esté cuidado, sabe de los humanos, su defecto, el derecho a invadir.

Al llegar se expande. En un acto de generosidad se reparte entre piedras, cascada y estanque.

Traza colores con el sol, el reflejo y el paisaje. Les dice: disfrutadme, valoradme, cuidadme.

Pulveriza sus gotas, agua termal para los habitantes. Reposa, observa, saborea su esplendor. “Bien está lo que bien acaba”

La copa de un árbol, que el viento mueve suave a su favor le trae el recuerdo de cuando empezó, hojas tiernas en las ramas y una nueva reflexión:

«Vendrá otro cambio, esperaré tranquila, me iré desenroscando verde, ¡qué belleza! y miraré hacia arriba».


Texto: Elena Azcondo

Imagen: Guadalupe Bohoyo


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