Alergias

—¿Las seis de la mañana? ¡Quiero dormir! —exclamé con voz de fastidio, alargando la erre como si fuese un mantra capaz de lanzarme al más profundo y maravilloso de los sueños.

Iba a ser que no. 

Mis ojos se negaron a cerrarse. Más bien parecían las puertas de unos grandes almacenes abiertas de par en par en temporada de rebajas. 

Después de haber trabajado quince días seguidos en la cadena de la fábrica, me encontraba francamente agotada. El cuerpo se negaba a salir de la cama, calentito y hundido en ese miserable colchón que se pegaba a la columna vertebral como una segunda piel. 

A través de la ventana entreabierta, el barrio se ponía en marcha en sus quehaceres diarios. La apertura de persianas metálicas de los comercios, el traqueteo de las ruedas de las cajas cargadas de frutas y verduras, los saludos de los comerciantes a voz en grito, el sempiterno camión de la basura, las carcajadas de algunas mujeres… 

Reconocí alguna de ellas. Mariola, Teresa eran dos de las mujeres de mi portal que tenían por rutina levantarse temprano y juntarse con otras para hacer unos cuantos kilómetros por la vereda del río y, más tarde, desayunar todas juntas en la cafetería de Alejandra. 

Acabé conociéndolas allí por casualidad. Alejandra, una sesentona que enviudó a los treinta, se le ocurrió unir a su peluquería una coqueta cafetería. Así que, aquel lugar se convirtió en un abrir y cerrar de ojos, en el centro neurálgico donde se cocían todos los cotilleos de la ciudad. Las conversaciones de alguna de ellas podrían dar para un culebrón de telenovela. 

Ya que no iba a dormirme de nuevo, presté atención. Imaginaba cómo la pelirroja del cuarto C estaría dándole unas caladas a su pitillo mientras festejaba con las demás la noche guarra que había disfrutado con el vecino buenorro del portal de enfrente.

—Sí, sí, Mariola, sí. Ese mismo. Su novia de toda la vida le plantó bajo el ultimátum de «o nos casamos o te vas a freír espárragos». —El grupo de las diez mujeres coreó un largo «ohhh». 

—Oye, Berta, ¿pero ese chico no vive con su tía? —la inconfundible voz ronca de Marta se coló en la conversación.

—Sí, hija, sí —las carcajadas fuertes y escandalosas de la pelirroja, teñidas de picardía, me hicieron sonreír—. La mujer es sorda y duerme como un tronco después de beberse su tónico de manzanilla «con anís del bueno» antes de irse a dormir. 

Las carcajadas de todas ellas se alejaban en busca de su paseo diario. He de reconocer que me alegraron el madrugón.

Me desperecé como una gata y me levanté de la cama. Froté mi espalda dolorida contra la jamba de la puerta con la intención de enderezarla un poco antes de realizar mi ritual de yoga y prepararme el desayuno.

Por el rabillo del ojo percibí un tenue movimiento entre las cortinas de la ventana. «Seguro que es alguna mosca, ¡qué asco!», pensé. Recordé que había vuelto a olvidar comprar matamoscas y repelente de mosquitos. Una picadura en la piel y mi cuerpo reaccionaba como si lo hubiesen atacado mil pulgas. No era para tomárselo a broma. 

Antes de olvidarlo de nuevo, fui a la habitación para anotar las futuras compras en el móvil. 

—No era así como esperaba comenzar mi día de fiesta. Para una vez que me toca en sábado…  —lancé un bufido al universo.

Dejé el móvil en la mesilla. Me cabreó ver lo que parecía ser una gran pelusa de polvo. 

—¡No me lo puedo creer! ¡Pero si tengo un mini piso de juguete de treinta y cinco metros cuadrados! —me quejé con rabia en voz alta a la vez que me acercaba para quitarla.

Al posar los dedos en ella, su tacto más bien viscoso y blando me lanzó una alerta de miedo al cerebro. Aquello no era una pelusa de polvo. Me eché para atrás como un resorte y algo enorme salió volando hacia mí. Corrí a encerrarme en el baño como si un león de la sabana africana estuviera a punto de devorarme. Conté hasta cien y abrí la puerta despacio, con el temor de que aquel bicho fuera lo que fuera me estuviera esperando.

Ahora me río, pero juro que en ese momento la espalda era un reguero de sudor frío.

Con manos temblorosas abrí poco a poco la puerta. Inspeccioné las cercanías y me acerqué con cautela a la habitación. Y allí estaba ella. Postrada en el suelo, una enorme mariposa de color café con leche y puntitos marrones intentaba levantar vuelo. Sentí lástima. No deseaba hacerle daño ni tampoco que me lo hiciese a mí. 

 —Lo siento —le dije como si pudiese escucharme.

Mi atontado cerebro pensó rápido, hasta yo misma me sorprendí. Cogí un folio blanco de la impresora y me acerqué a ella con la intención de ayudarla. Coloqué el papel con cuidado bajo su cuerpo y con un movimiento certero la lancé a través de la ventana abierta. 

La mariposa se quedó un instante en el alfeizar. Cerré la ventana por si se colaba de nuevo en casa y miré a través del cristal nerviosa al pensar que ya no podría volar por mi culpa y mis alergias a las picaduras. Aleteó una, dos, tres veces, voló en círculos y se acercó al cristal. Posé mi mano en el cristal y se acercó volando a ella. Fue un instante mágico.

Hubiese sido maravilloso si el gorrión que pasaba por allí no se hubiese lanzado en picado hacia su nueva presa.

Vaya mierda de día de fiesta.


Texto e imagen: Anabel Lora Mingote


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2 respuestas

  1. Me ha gustado muchísimo Anabel, aunque es verdad que no me esperaba ese final🫢, me he visto reflejada, no por las alergias que afortunadamente no tengo. Pero sí, un miedo gigantesco a algunos animalitos, me ha dado mucha ternura que la protagonista intentara salvar a la mariposa.

    1. Hola, Esther
      me alegro que te haya gustado el rexto, hayas empatizado con la protagonista y, sobre todo, que no te esperases el final.
      Muchas gracias por pasar por aquí.
      Un fuerte abrazo

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