Cuando el silencio habla

El cuarto era estrecho, las paredes sudaban con ellos. Dos hombres desaliñados la miraban en silencio. Uno masticaba un chicle y el otro parecía tomar notas en su cuaderno. Un fluorescente en el techo apenas iluminaba la habitación. Ella mantenía la espalda recta, las manos abiertas sobre la mesa de metal. Tenía los labios resecos, pero no pidió agua. Cada tanto pasaba la lengua por la comisura, como quien acaricia una herida invisible.

—No se callaba —dijo. La voz le salió ronca, gastada, atravesada por la grava—. No se podía callar —añadió con la mirada fija en sus manos. 

El hombre del chicle detuvo el movimiento de la mandíbula. El otro bajó el lápiz, aunque no soltó el cuaderno.

—Muchas veces le pedí que no hablara más. Solo quería un minuto, solo un minuto de silencio. Le juro que lo necesitaba. Pero él respondía con más palabras. Quería darme razones, explicaciones — Estiró los labios, los apretó con fuerza, y su ceño se frunció—. Y su voz… —se interrumpió y cerró los ojos—. Era aguda, lenta, repetida hasta el cansancio. Se pegaba a mis huesos como una gota que no cesa.

Su respiración se agitó. Se llevó las manos a las sienes y presionó fuerte.

—Me encerraba en la cocina y él entraba detrás. Iba al dormitorio y se quedaba en el marco de la puerta. Yo me tapaba los oídos, y él me arrancaba las manos de la cara. Siempre lo mismo —alzó su voz—, ¿qué sientes?, ¿qué piensas?, ¿por qué lloras? Y yo le suplicaba: cállate, por favor. ¡Cállate!

La piel de su cuello estaba húmeda, y una vena golpeaba con furia bajo la clavícula.

Muchas veces le pedí que no hablara más. Solo quería un minuto, solo un minuto de silencio.

—De pronto mis latidos estaban en mis oídos. El aire no entraba en mi cuerpo. Mi cabeza zumbaba, llena de su voz. Veía manchas en las paredes. Quería vomitar y lo único que deseaba era silencio —aceleró la voz.

Hizo una pausa. Miró a los dos hombres frente a ella, parecían contener la respiración.

—Cuando por fin se hizo el silencio —dijo con un hilo de voz—, descubrí algo peor.

Los hombres se inclinaron hacia adelante. El chicle olvidado, el lápiz detenido sobre el cuaderno.

Ella bajó la vista a sus propias manos, de nuevo abiertas sobre la mesa. Sonrió apenas, un gesto breve, inexplicable.

—Que aún allí, sin voz —susurró— sigo escuchándolo hablar.

El ladrido de un perro atravesó el tragaluz. El silencio se volvió insoportable.


Texto: Karina Miñano

Foto: Liza Polyanskaya


Escucha Cuando el silencio habla en la voz de Karina

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