No fui consciente.
No entendí.
Se me torció la boca,
la mano inútil,
un ojo medio cerrado,
la frente amoratada.
Y mis hijas…
Esas voces familiares
no reconocidas.
Me metían aquella comida,
no sé ni a qué sabía.
Ahora de pronto
aquí tendida.
Sé que frunzo el ceño.
Tantos años enfadada.
Ya no lo estoy
tampoco es dicha.
No sé cómo describirlo.
Jamás me sentí así en vida.
No pertenezco a este lugar.
Formo parte de las flores,
de los suspiros,
de las lágrimas,
de las miradas,
de los que hablan y callan,
de lo que queda fuera
de este recinto
lejos de este ritual.
No habrá elegía,
no habrá luto.
Da igual
hice lo que pude.
Me uno a la consciencia
sabia del no retorno.
Tomo esta oportunidad
de vida en muerte
muerte en vida.
Me permitiría
una curiosidad,
me levantaría.
No veo nada, aquí sola,
detrás de este cristal
¿Quién ha venido?
¿Estarán todos?
Tanto tiempo
sin reconocer a nadie.
¡Cuánta gente joven!
Me costaba envejecer.
Se quedarán
con el gesto y con el golpe.
Me van a disculpar,
no lo puedo cambiar.
Todo el mundo se merece
unas bellas palabras,
un gesto bonito,
un balcón abierto
verdes y flores blancas
Lo siento por algunos,
la vida sigue.
No importa cómo acabé.
Lo que viví,
lo que dije,
lo que os dejé.
Aquí cierro, cerrad,
me voy.
Definitivo final.
Texto: Elena Azcondo
Foto: Cuadro de José Ramón Sánchez en el Palacio de Festivales de Santander, tomada por Elena Azcondo