Desde donde estaba, José podía verlas oscuras e inmensas. No les tenía miedo, las conocía desde que nació. Las miraba por última vez —o por lo menos por última vez en mucho tiempo—. Algo en su pecho le decía que tardaría en volver, estaría ocupado con tantas cosas por aprender y, aunque no le asustaba, sabía que trabajaría más que en su pueblo. Soñaba con hacer mucha plata antes de regresar, llenar sus maletas con regalos para sus padres, sus hermanitos y para Armando. Según sus cálculos eso sería en dos o tres años. Mientras tanto las observaba con cariño. Desde niño las veía como el amparo de su pueblo.
José subió a lo más alto del poblado, abrigado con la chompa que su madre le tejió con la lana que ella trasquiló a sus corderos. Sentado en la misma roca desde que se acuerda, sacó un puñado de hojas de coca de su bolso de cuero, se las metió a la boca para chacchar y calentar el cuerpo, hasta que el día empezara a abrir los ojos. A cierta distancia reconoció la figura de Armando que esquivaba las piedras grandes del camino. José no se sorprendió al ver a su casi hermano. Su silueta se iba haciendo grande conforme avanzaba y frente a ellas parecía una postal.
—¿Por qué no me esperaste, pe? —reclamó Armando. Se quitó el morral, lo puso en el suelo, y se sentó junto a José.
—No sé —respondió pensativo sin dejar de mirar hacia el frente—, tal vez quise verlas yo solo por última vez.
—¿Oye, en serio te vas mañana, pe?
Armando preguntó con un hilo de voz, casi incrédulo y con resignación. De su morral sacó el termo y las tazas de metal. Llevaba té de hierbaluisa. Sirvió un poco en cada taza y le pasó una a José.
—Sí, pe… ¿Sabes? Dicen que allá, en la Italia, hay muchas igualitas y más grandes.
José señaló con la mandíbula antes de beber un sorbo. Armando levantó la mirada y vio que el sol ya empezaba a aparecer.
—¿Igualitas? No. Con esa nieve y ese verde. No, pe. No es verdad.
—¿Acaso alguna vez fuistes a la Italia? —preguntó José con un tono burlón.
—No, pero yo no creo que haiga nada igual a esas mamitas. Además, allí has caminado y yo también. Y en la Italia qué vas a ver algo como esto. Tampoco hay nada como esta.
Armando se puso de pie y señaló la roca en la que estaban sentados.
—Allí hay trabajo, pe. Voy a volver hablando italiano.
—Te olvidarás de tu quechua bonito. De tu pa y de tu ma, de tus hermanitos… de mí. Como el Juan que se fue a Lima y luego a México y no volvió, pe.
—Na’ que ver. Yo vuelvo con mi maleta. No, con tres maletas llenecitas de regalos de la Italia. Y con mucha plata. Te daré tu propina. —Sonrió.
—Es un viaje largo… Ya no vendré aquí, pe, pa’ ver al papá sol salir. Solo no quiero.
—Por eso estoy mirando a las mamitas, con sus puntas de nieve. Pa’ que me protejan, pe, como protegen a este pueblo. Cuando regrese venimos juntos, otra vez.
El sol ya estaba en lo alto cuando empezaron el regreso. Al día siguiente, el vacío tomó su lugar en la roca mientras el sol subía despacio.
Texto: Karina Miñano
Foto: Generada por la AI