Paco y Lara

Por Patricia Cardona Roca

Esta mañana no ha sido tan diferente a las demás. Rubi ha venido a mi cama con una gran sonrisa, Buzz Lightyear en mano ¡To the infinity and Beyond, mamá! En parte me gustaría que se quedase en su cama y me dejase dormir un poco más, pero me siento tan querida por mi hijo que el enojo se me va en cuanto despego los párpados y lo veo de pie sobre mi cama haciendo volar a su muñeco favorito del momento.  Clara me grita orgullosa desde la cocina ¡mira mamá! ¡Ven!. Me temo que voy a tener que recoger los cereales del suelo, pero no, Clara ha pegado un dibujo nuevo en la nevera y con su recién estrenada caligrafía ha escrito «Mamá guapa». Eso sí que ha sido una sorpresa. Me tendría que tatuar estos momentos en la piel para que no se me olvidase lo que los quiero antes de perder los nervios. Hoy están más contentos y juguetones de lo normal y en lugar de alegrarme me empiezo a poner nerviosa porque vamos a llegar tarde al cole. Juegan más que desayunan. Me contengo una y otra vez. Intento pensar que en cuanto los deje en clase, voy a poder trabajar tranquila desde casa, y de que esta noche he quedado con Paco y Lara. Una pareja majísima. 

Rubi se ha puesto los zapatos de Frozen de su hermana, y Clara se ha puesto a llorar. —Me los va a romper mamá. 

—Quítate los zapatos de tu hermana, ¡hombre! que se los vas a dar de sí y además tenemos que salir ya para ir al cole. 

Rubi se pone a correr por la casa. Tomo una respiración profunda y en lugar de calmarme solo me sirve para soltar un grito 

—¡Que te quites los zapatos ahora mismo! Mi ladrido se escapa junto a un arrepentimiento profundo. La he vuelto a fastidiar. 

Rubi se quita los zapatos. Clara se pone contenta. Rubi está enfadado conmigo y yo frustrada conmigo misma. Le pido perdón, no funciona. Qué difícil es todo desde el divorcio. Son las 7:30 y ya estoy agotada. Los subo al coche intentando estar alegre, les pongo a los Cantacuentos, me pongo a cantar con ellos y me hacen callar. Me dicen que no sé cantar y se ríen de mí. Objetivo cumplido. Mis niños ya están de buen humor. Bajamos del coche, les doy un abrazo y un besote en las mejillas. Salen corriendo para ver a sus amiguitos. Siento primero alivio y luego tristeza. Esta tarde los recoge su padre y no los voy a ver en tres días. Mientras voy para casa ya los echo de menos. Hay qué ver qué jodido es todo esto. 

Llego a casa y tengo más ganas de meterme en la cama que de trabajar. Veo que no me he tomado el café; me mira frío desde la encimera. Enciendo el ordenador. No tengo ningún correo urgente ni ninguna reunión hasta las 10:30. Me meto en la cama y me quedo frita al instante. A las 10:00 me suena el despertador. Soy otra persona. Me recaliento el café y me como dos galletas con chocolate. Empieza la jornada laboral. 

Paco me manda un mensaje:

–Lara y yo te esperamos a las 19:30

Me animo al leerlo.

–Hola Paco, llevo algo?
Alguna botellita de vino?

–No hace falta, gracias, pero si quieres…
Un poco más de vino siempre es bienvenido

–Entonces llevaré una de tinto suave
va con todo. 

–Estupendo. Hasta luego!
Tenemos muchas ganas de verte otra vez.
Nos lo pasamos genial ☺

–Y yo a vosotros. Yo también me lo pasé muy bien.
Sois muy majos los dos ☺

Empiezo a contestar los emails y a asistir a las reuniones. Ya estoy más contenta. Me voy a comer con Rosaura, la pobre, qué nombre le pusieron sus padres, vive cerca de mi casa y a veces quedamos para comer en un shawarma sentadas en un banco. Le cuento que esta noche voy a casa de Paco y de Lara. 

—Hace muy poco que nos conocemos, pero es que conectamos muy bien —le dije. 

—Me alegro mucho. Quién nos iba a decir que en medio de esta pandemia de mierda íbamos a conocer a gente tan cojonuda —me contestó. 

Tiene nombre de muñeca y lengua de camionera. Tal vez por eso no mantenga los trabajos. Nos despedimos y me voy a casa a seguir trabajando. El informe para el Director de Finanzas tiene que estar listo esta tarde y ya estamos con los últimos retoques. Todo el equipo está histérico queriendo cambiar las cosas en el último momento. Si yo fuera Rosaura diría: «Peña no os rayéis que nos van a dar por culo igual a todos. De este equipo no se salva ni el tato. Estoy hasta los ovarios de vuestras putas gilipolleces y redecillas de niñatos malcriados. ¿Qué parte de “cerramos la empresa” no habéis entendido? ¡¡Joder!!» Son subnormales. Pero como soy su jefa tengo que poner paz y ser considerada con las debilidades y sensibilidades de todos ellos. ¡Qué hartura! Menos mal que me pagan bien. Iré a la vinoteca a ver qué me pueden recomendar para la cena de esta noche. Me escribe Lara: 

–Hola Alicia,

   Hoy vamos a tener tres platos sorpresa.

   Hemos preparado algo nuevo 😉

–Hola Lara,
Me dejas con mucha curiosidad.
Voy a ir a la vinoteca. Me das alguna pista?

–Si te doy pistas no es sorpresa 😉

Qué mujer tan linda. Es unos diez años más joven que yo. Normalmente una mujer tan guapa, tan dulce e inteligente me pone a la defensiva. Siento la necesidad de competir y de demostrar que soy mejor que ella. Con Lara es diferente. Dejo y quiero que ella sea la reina. Me gusta verla brillar. 

El informe está terminado. Le doy las gracias al equipo y pienso «muy buen trabajo, seguro que ahora el dire se limpia el culo con él». Se lo envío al director y por fin cierro el ordenador. Me doy una ducha larga, me depilo las piernas y me repaso las cejas. Una cosa es dejar que Lara brille y otra es no estar yo, por lo menos, a la altura.  Me pinto las uñas de azul, me pongo un vestido escotado, unos tacones y unas gotas de Miss Dior. Llego tarde y no voy a la vinoteca de la esquina, saco uno de mis vinos preferidos de la mía un Martin Codax. La emoción me recorre el cuerpo. Me muero de ganas de verlos. 

Llego a su casa, me abren la puerta, los dos van vestidos elegantísimos. Lara toma la botella que llevo en la mano mientras me mira a los ojos con su sonrisa pícara. Paco me quita el abrigo despacio. Voy notando como la seda del forro me acaricia los brazos y mi piel se eriza. Él enciende un peta, me lo pone en los labios, le doy una calada y me siento en la gloria. Lara viene de la cocina con una copa de prosecco muy frío, me la pone en la mano. Empiezo a estremecerme. Ambos a cada lado de mi cuerpo en una perfecta coreografía empiezan a acariciarme el pelo, a besarme el cuello y los brazos. Ella me levanta el vestido con la yema de los dedos, siento sus uñas rozar mi piel, le da un tirón a uno de los elásticos de mi ligero que hace un chasquido al colisionar con mi piel, mi impaciencia hace que le coja la mano y se la dirija a mi pubis, la desliza bajo mi tanga, roza mi vértice aún con los dedos helados. Empiezo a deshacerme del placer. Lara sonríe, me muerde el lóbulo y empieza a tirar suavemente de mi hacia el suelo. Sucumbo. Me susurra. 

—Se nos olvidó decirte que hay un entrante.


© Patricia Cardona Roca

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