Fue en su funeral donde, por primera vez, vi a mis hermanastros.
Nos separaban un tiempo invisible y la distancia de una generación. Teníamos todos la misma mueca. No por parentesco, sino —lo supe al instante— por nuestras vivencias. Reconocí esa mirada.
Nos saludamos apenas con un gesto sin sonrisa. Más que un saludo fue un escrutinio.
Me pregunté si a ellos también les faltaba un hermano. Yo solo tenía uno. Ellos eran cuatro.
La madre tampoco estaba.
¿Me estarían reprochando algo? Yo seguramente sí lo haría si ellos hubieran sido la primera generación.
El cura se me acercó y me preguntó si quería contarle algo sobre mi padre para el sermón. Le dije que no tenía nada que decir. Después fue hacia mis hermanastros.
Les había allanado el camino, como solo lo hace una hermana mayor con diez años más de experiencia y huérfana de hermano. Uno a uno dijeron lo mismo que yo: No tengo nada que decir.
Nos miramos de nuevo y, por un segundo, lo comprendimos: estábamos allí para cerciorarnos de su muerte. Cuando se abrió el ataúd respiramos al unísono, de forma torpe, improvisada. Sí. Era él. Sí. Estaba muerto.
Igual de muerto que mi hermano cuando lo recogí en mis brazos. En su cuarto de paredes blancas. Con una avioneta de madera pegada a la pared. Era cuatro años menor que yo. No lo supe defender. ¡No lo supe defender! Rompí a llorar. El cura se acercó. Lo detuve levantando la palma de la mano. No sé si este religioso habrá vivido otros funerales como este. Ni cuántos oficia a la semana. Para él, seguramente, sería uno más.
Al llegar a casa le volví a escribir una carta a mi hermano.
«Roger, mi hermanito Roger. Mi hermanito querido.
Está muerto. Por fin. Lo que habíamos deseado tantas veces.
Qué vida de mierda tuvimos, hermanito. Pensé en reunirme contigo tantas y tantas veces. Sobre todo, después de las visitas nocturnas de nuestro padre.
No tuve la valentía que tuviste tú de tomar, tal vez, la mejor decisión de tu vida. He vivido como una zombi. He hecho todo lo posible por ser amada y nunca ha llegado. Nuestra madre… no sé qué decirte, hermanito. De verdad que no lo sé. La quiero odiar y no puedo. Ojalá estuviera aquí, ojalá fuera la madre que nunca tuvimos. Te echo de menos todos los días. Te quiero, mi hermanito».
Mi madre jamás me dio un abrazo. Imagino que en algún momento tuvo que sostenerme para darme el biberón, pero no lo recuerdo. Recuerdo su ausencia. Vivía como un autómata. Estaba todas las noches con él, menos el rato que nos visitaba a nosotros. Somos hijos de esas noches.
En mi currículum escribo que tengo resiliencia, capacidad para resolver conflictos, grandes dotes de negociación (algunas noches me libraba). Liderazgo. Me ofrecía para que no fuera al cuarto de Roger. Sé cuándo callar y cuándo hablar. Dotes de comunicación. Todo becada en la mejor escuela.
Ahora voy a peluquerías de lujo. Me tiño con los últimos barros. Voy a un gimnasio chic. Dirijo a un equipo de veinte personas. Y compro cerveza de marca blanca. La misma que él bebía. Para no olvidarme de dónde vengo.
Texto: Patricia Cardona Roca
Foto: IA