Acudí a la cita con Susan vestido como ella me había indicado a través de un anuncio en Craiglist. Chaqueta negra, camisa negra, pantalones del mismo color y zapatos amarillos. Me los tuve que comprar, ecológicos con suela de madera. Muy incómodos. Ella se acercaría a mí y diría la primera palabra. Sus instrucciones eran claras: «Busco hombre valiente decidido a rendirse en una sesión fotográfica». La publicación me exaltó. Fui el primero en contestar.
—Yo — escribí.
—Mío —respondió ella.
Me sentí afortunado de pertenecer a una mujer misteriosa.
Estoy sentado a la barra de Vineapple Café. La verdad es que doy el cante con lo que llevo puesto. Todo son hípsters. Por detrás de mi cabeza escucho:
—Mío. No te muevas. No te gires. Mío. Haz lo que yo te diga.
Yo asiento.
—Has movido la cabeza y yo no te he dado la orden.
En ese momento se desternilla de risa y se pone delante de mí.
—Me llamo Susan. Puedes hablar.
—Yo me llamo Mario. Un gusto.
—¿Qué estás tomando?
—Una tónica con algo de vodka.
—¡Camarero! Yo tomaré lo mismo.
Susan tiene una belleza que sale de su fuerza. Tienes los brazos más musculosos que he visto en una mujer delgada. Se da cuenta de que los estoy observando.
—Son de sujetar la cámara. No uso trípode.
—Perdona por ser indiscreto.
—No hay nada que perdonar. Ni lo habrá.
Me acaricia la rodilla y doy un respingo. Ella se vuelve a reír. Es como una colegiala traviesa, salvando la edad. Le calculo unos cuarenta y cinco años.
—¿Te puedo preguntar una cosa?— me atrevo a preguntar.
—Dispara.
—¿Qué tipo de proyecto es este? ¿Le haces fotos a hombres y a mujeres? ¿Vestidos de negro con zapatos…? —No me deja terminar.
—Dijiste una.
—Ya, bueno. Estoy nervioso
—Es un proyecto personal. Llevo años trabajando en él. No estoy satisfecha con los resultados hasta ahora. No está mal pero busco algo extraordinario.
—¿Y crees que yo te lo voy a ofrecer?
—¿Tú qué crees?
—No sé.
—Vaya con el valiente.
Y se vuelve a reír. Le da un trago a su bebida y me dice que salgamos del bar. Me siento intimidado, pero la curiosidad puede conmigo.
Si mi hija me dijera que ha quedado con un fotógrafo totalmente desconocido por Craiglist a las once de la noche en un bar de Brooklyn, temería por su vida. En este momento me alegro de ser hombre.
Salimos y me coge de la mano. No entiendo nada. Es fría, seca y cálida a la vez.
—Con estos tacones necesito apoyo.
Me sonrojo. Ella lo nota. Caminamos en silencio hasta llegar bajo el puente de Brooklyn desde donde se ve todo Manhattan.
—Me encanta esta vista —Digo yo.
—A mí también, por eso te he traído aquí.
No entiendo porqué me dice esto. No nos conocemos y dice cosas que están prohibidas en una primera cita. Me quedo mudo. Espero a que se vuelva a reír, pero no lo hace. Nos quedamos cogidos de la mano mirando Manhattan. Me siento perdido. Una escena romántica con una desconocida, tal vez algo grillada, y yo dando saltos de alegría por dentro. Se acerca un ferry y nos deslumbra. Yo ya estoy impaciente. No puedo disfrutar. La tensión entremezclada de incertidumbre y deseo sexual me tienen desubicado.
—¿Nos vamos? —Sugiero.
—Espera —Dice ella.
Señala al puente. Parece que un hombre se está encaramando. Siempre están de obras, pero a estas horas…
—Va a saltar —dice ella.
—¿Qué hacemos? ¡Qué horror!
—Pasa todas las primaveras.
—Pero, habrá que llamar a la policía. «if you see something say something».
—Tienen mejores cosas que hacer que salvar a alguien que no quiere vivir.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila?
—No lo estoy
En ese momento saca la cámara de su mochila. No me lo puedo creer.
—¿Estás loca?
Acto seguido empieza a dispararme fotos. Una detrás de otra. El ruido de la cámara, el flash y la visión de un hombre que se va a suicidar me desestabiliza de tal manera que apenas puedo caminar. Ella sigue disparando sin parar. En ráfagas.
—Muy bien —me dice.
—Muy bien, mi valiente. Así me gusta, rendido al momento.
Me tropiezo y me resbalo con la suela de madera. Me caigo al suelo. Cambia el objetivo a una velocidad de vértigo me está sacando un macro de los ojos que tengo llenos de lágrimas.
—¡Para! ¡por favor! ¡Para!
Hace caso omiso a mis súplicas. Me saca más fotos. Baja la cámara.
—Pues ya está. Lo has hecho muy bien.
—Estás como una puta cabra.
—Ese hombre no se va a tirar. Es una performance que hace un grupo de teatro para concienciar sobre el problema del suicidio en nuestra sociedad. Venga, te invito a un café bien caliente y a un bagel.
Me ayuda a incorporarme. Me da un abrazo. Su cuerpo arde.
—Perdona pero era necesario para poder sacarte las fotos. Eres pura magia. Creo que con estas he conseguido mi objetivo.
—Gracias pero no me vuelvas a hacer esto.
—A ti ya no. Imposible.
Me duele cuando dice “a ti”. Va a llamar a otros. Nada se interpone entre ella y su objetivo.
—Vamos a por ese café. Que sean dos, un bagel y un donut —le exijo.
Asiente y me tiende su mano para que le sirva de nuevo de apoyo. Caminamos en silencio. Me pregunto en qué estará pensando, pero no digo nada. Yo vuelvo a sentirme útil y contento.
Entramos en un pub. Nos sentamos en unos sillones al lado de la puerta. Veo a tres hombres más con zapatos amarillos.
© Patricia Cardona