Lo tengo

Por Patricia Cardona Roca

–Y entonces entra la madre en la habitación del hospital.

–¿Pero no había dicho Olga que no quería ver a su madre ni aunque se estuviera muriendo?

—Sí. Lo que pasa es que Olga está en coma desde hace más de dos meses y su madre ha estado yendo al hospital para ganarse a las enfermeras. Siempre hay alguna que pica. 

—¿Y la familia de Olga no está en ese momento?

—Obvio que no. Deja que continúe.

—Vale.

—A pesar de que la familia hubiera informado a los enfermeros y enfermeras de los últimos deseos de Olga y hubieran dado órdenes estrictas de que no entrase la madre, no fue posible evitarlo. Unas lágrimas por aquí, otras por allá, unas fotos, unos pendientes de cuando era pequeña… “solo la quiero ver respirar, nada más”, “prometo que no la toco»… Ya sabes, triquiñuelas. Luego te cuento más detalles de cómo sucede todo. 

—No sé a qué viene tanta prisa.

—Lo sabrás. Eso, que entra en la habitación y se produce lo que llamo un momento KB. 

—¿KB? 

Kill Bill

—¡Qué obsesión!

—¡Deja! La enfermera le indica la habitación a Elvira y le dice: «Yo no te he visto». 

—Qué fuerte. Ni medio muerta te dejan en paz.

—Mucho. Elvira entra y cómo no, la muy mal nacida se acerca, le acaricia la cara y le pide que se despierte. 

—¡Levántate y anda! ja, ja, ja, ja.

—Los monitores del corazón y cerebro se disparan. La actividad va creciendo. 

—¿Cómo se llaman esos monitores?

—No lo sé, pero no importa. La cara de Olga cobra color, la madre siente que ella sigue siendo la fuente de vida de su hija. El orgullo se apodera de ella. Olga abre los ojos. La mira y, cual ninja, dispara sus brazos como si fueran los de un calamar hambriento y le arranca de cuajo los dos ojos a su madre. Con párpados y todo. Tira ambos al suelo y los vemos pestañear en un primer plano. La madre abre la boca y Olga le mete un fajo de apósitos de un puñetazo.

—¿Sangra por la boca?

—No lo sé. Le preguntaré a Román, mi amigo el carnicero, si al arrancarle los dos ojos a alguien se le puede producir una hemorragia en la boca o en la garganta. Igual él lo sabe. Buena pregunta. 

—De todas maneras es ficción. Yo le metería sangre.

—¡Qué cojones! Me parece bien, que sea un cruce entre KB y Braindead.

—¡Eso!

—Del puñetazo en toa la boca se cae al suelo. De la hostia sangra fijo. Olga se levanta y con los dedos del pie derecho, entre el pulgar y el índice, trinca el ojo y lo espachurra. Se pone el abrigo violeta de la madre, introduce el otro ojo en el bolso y saca las llaves. Sale de la habitación. Se detiene frente a la enfermera. Le acerca el bolso y le dice: «Mi progenitora me ha pedido que te lo regale. Te ha dejado una nota dentro». La enfermera la intenta detener pero se lleva un revés en la cara con el bolso que la deja desorientada. Olga sale del hospital y se sube al coche. ¿Qué te parece?

—Un poco plagio. 

—Homenaje lo llamaría yo. La diferencia es que Olga no tiene que matar a setenta y cinco personas más. Con esta yo creo que ya está satisfecha. 

—¿Y ahí termina?

—No, mujer, no. Ahora conduce en el SUV.

—¿Por dónde?

—Costa Amalfitana, en Italia.

—Te lo estás inventando todo ahora mismo.

—Lo de Italia sí. Lo demás lo tenía más o menos ya pensado. Ahora viene la parte en la que quiero que me ayudes. 

—Uy. Venga. 

—Yo veo a Olga con un abrigo cuyos botones son cabezas de ratones de verdad. Ratones de laboratorio blancos. Y el resto del abrigo bien de piel sintética humana o carne sintética, pero me inclino más por la piel. Quiero representar en ese híbrido el problema que tenemos la mayoría de hacer las cosas medio bien. Que se vea estético y asqueroso a la vez. Que es lo que somos los humanos. 

—Pues ya que estás…fundido a blanco cegador cuando conduce. Se despierta en una casa de puta madre con vistas al mar en la costa Amalfitana. Todo ha sido un sueño. Es una modelo de alta costura activista de PETA. Lo vemos por las portadas de revista, cuadros y fotos colgadas en su casa. Lee Homo Deus mientras desayuna en la terraza. Como punto de libro usa un panfleto de Greenpeace. 

—¡Me chifla! ¡Sigue!

—Así le metes un toque de Inception.

—Exacto.

—Después de desayunar se ducha y tal, como todo hijo de vecino, pero no lo enseñamos, lo damos a entender. Estoy hasta los ovarios de ver tías en bolas en las películas solo para que se vea carne.

—Tranquilaaaa.

—Todo en su casa es súper bio, eco, comercio justo.  Se pone un mono gris oscuro con unas bambas amarillas, por seguir con el guiño a KB. Va a la cocina y saca el abrigo de una cámara frigorífica donde vemos colgadas otras prendas del estilo. De cosas medio bien hechas.

—Me gusta. Las prendas mutantes se puede llamar ese capítulo.

—Se pone el abrigo. Coge unas bolsas de sangre de pega y se va a una manifestación. En la mani hay mogollón de gente guapa con ropa mutante haciendo ruidos de animales moribundos y tirándose sangre unos a otros. 

—¿Eh?

—Espera. Olga está llena de sangre, los zapatos están todos salpicados, hay un charco de sangre bajo ella, grita como una bestia. De repente la vemos en el hospital dando a luz. 

—¡Nena! qué nervios me has hecho pasar. Un poco clásica esa transición.

—Calla. Siguiente escena. Está limpia, con la bebé entre los brazos y su pareja al lado. Olga ya no es tan guapa ni tan alta, se parece más a la Olga del principio. Ha sido otro sueño. Ya van dos. 

—No hemos descrito a la Olga del principio. Lo anoto para hacerlo luego. O sea que lo del primer hospital, sueño, lo de PETA ¿sueño?, ¿de dormir a parir? no lo pillo, da lo mismo. Y ¿ahora?

—Ahora se van del hospital en un Fiat Panda. Pasan por las afueras de una ciudad grande, cualquiera. Llegan a casa, un piso en un edificio tipo colmena. Le enseñan a la beba su cuarto nuevo. Las paredes del cuarto de la niña están decoradas con ilustraciones de animales: un oso panda, una jirafa, un perezoso, un orangután, un hipopótamo, un tigre y un rinoceronte.

—Es una pena que cuando la niña tenga diez años ya estarán extinguidos los animales más bellos del mundo  —dice Olga—. La voy a mantener al margen de la humanidad para que no sufra.

—Me parece que es lo mejor que podemos hacer. Teniéndonos a nosotros no va a necesitar a nadie más. 

Olga y su pareja se besan como si hubieran pasado nueve meses sin sexo mientras la beba es testigo, por primera vez, de cómo sus padres se “aman”. 

—Muy fuerte.

—Mucho.

—¿Y esa prisa que tenías?

—Tenía que ir a devolver los libros del semestre pasado a la biblioteca pero ya se me ha pasado la hora. Me van a multar otra vez. ¿Oye, crees que para esta peli podemos conseguir algo de financiación de tus padres?

—No.


© Patricia Cardona

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