¿Dónde está mi hija?

Por Karina Miñano Peña

—¿Quién eres? —Soy Carmen.

—Ah —se vuelve a los costados, ve a la enfermera, luego regresa con la mirada al móvil.

—Mamá, no puedo ir a verte.

—¿Qué? —Amelie no escucha bien, mira confundida a la pantalla, achica los ojos e intenta enfocar.

—Que no puedo ir a verte hoy —repite Carmen.

—¡Mira…hay una chica aquí que me habla!— se dirige casi gritando a la enfermera mientras señala con el dedo al teléfono.

La profesional toma aire, está acostumbrada a la escena, deja el periódico sobre la mesa y sin inmutarse ojea el aparato.

—¿Dónde está mi hija? —demanda de pronto Amelie.

—Yo soy tu hija, mamá —solloza Carmen.

—Ah —repite.

Se gira para buscar a la enfermera y le pregunta.

—¿Dónde está mi hija? ¿Por qué no ha venido? — baja la voz y continúa— ¿Quién es ella? — y señala otra vez al móvil.

—Es tu hija —responde con voz impávida la experta en el cuidado de gente mayor sin apartar la vista de su lectura.

—¿Sí? ¿Mi hija? ¿Tengo otra hija? —se sorprende la madre.

Carmen no puede evitar que lágrimas escabullan de sus ojos. Llora siempre que va a verla y ahora más, pues las visitas han sido suspendidas. No sabe hasta cuándo. El corazón se le hace pequeño al pensar que no volverá a abrazar a su madre en mucho tiempo.

—Mamá, escúchame por favor. Pon atención.

—¿Qué? ¡No oigo! — se queja.

La enfermera se acerca, mira a Carmen y le dice que se olvidó de conectar el parlante. Lo acopla y levanta el pulgar hacia la pantalla.

—¿Me escuchas ahora? —insiste.

Amelie mueve la cabeza para confirmar que la oye. Entonces su única hija empieza a contar una historia, la misma que relata desde el primer día que empezó a visitar a su madre. Leyó en algún lado que podría dar resultado.

—Cada domingo íbamos a la playa con mi papá. En el coche amarillo. Yo me sentaba atrás y a mi lado una pelota roja gigantesca — se seca las lágrimas — hacíamos castillos de arena. Comíamos helados de crema y luego en la noche me contabas la historia de Blancanieves.

Amelie tiene la vista fija en la pantalla. Hay algo nuevo en esa mirada, nota Carmen.

—Mamá, ¿qué pasa, quieres decirme algo? — se emociona.

Amelie parece estar recorriendo un camino muy largo.

—Mamá, soy Carmen, tu hija —proclama.

Amelie enfoca la mirada, abre los labios, estos tiemblan y esboza una mueca como una sonrisa.

—Mamá…soy Carmen —sonríe y llora.

Amelie balbucea algo incomprensible mientras sus ojos brillan.

—Mamá, soy yo…tu hija Carmen —se le parte la voz.

Su madre vive en la misma ciudad, a quince minutos en bicicleta y no puede tocarla, no puede abrazarla.

—Mamá…soy yo…tu hija —repite y la voz se le quiebra otra vez.

Y es entonces que desde las profundidades de su memoria y de su corazón Amelie dice:

—Te amo.

—Yo también te amo — se apura a decir Carmen a pesar del nudo en la garganta y se aprieta las manos sobre el pecho.

Tanto tiempo esperando a que la historia funcione.

Luego la mirada de Amelie se pierde en la nada.

—¿Mamá?

Silencio

—¿Mamá?

—¿Qué? —pregunta Amelie después de unos minutos.

—No puedo ir a verte.

—¿Dónde está mi hija?



©2020 Karina Miñano Peña


COMPÁRTELO:

Facebook
X
LinkedIn
Email
WhatsApp

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

PUBLICACIONES RELACIONADAS

La mancha en el techo

El peso del camino

Las medias