Un camión pasó tan cerca de ella que el peso que llevaba la venció hacia un lado. Se aferró a él con ambas manos hasta que recuperó el equilibrio. El sudor hacía su recorrido del cabello al rostro y continuaba por el cuello y el pecho. Llevaba caminando casi cuatro horas sin detenerse a tomar un sorbo del agua que traía en el bolso. Juan, con los ojos cerrados, dejaba su cuerpecito deshecho sobre su espalda y le producía un calor denso, amoldado a cada una de sus vértebras. Ella avanzaba con un pie sobre el asfalto y el otro sobre la tierra del borde de la vía. Los autos, buses y camiones pasaban a una velocidad más allá de la permitida. Magdalena, encorvada, pequeña, delgada, de rostro arrugado y manos fuertes, era fácil de pasar desapercibida.
La noche anterior decidió llevar a Juan a que lo vea un doctor. Abrigó el cuerpo pequeño del chico, lo puso sobre su manto y, como había hecho con cada uno de sus siete hijos, se lo colocó sobre la espalda y anudó los extremos a la altura de su pecho. Partió en la madrugada rumbo al pueblo más cercano por el único camino alumbrado por la luz de la luna. Juan no le pesaba. Estaba acostumbrada a cargarlo desde que era un bebé, cuando Marco, el último de sus hijos, volvió una noche después de muchos años y, sin decir palabra, le dejó al niño sobre su regazo.
Llevaba más de dos horas de camino cuando se dio cuenta de que el sol asomaba por detrás de las montañas. Al llegar a la carretera, se detuvo a hacer memoria. Las señales de los carteles eran simples garabatos para ella, hasta que recordó la única vez que fue al pueblo. Entonces su marido le dijo que debían ir hacia la derecha. Y así lo hizo.
El sonido del claxon de una camioneta la despertó del trance de los recuerdos. No se percató de que el peso de Juan la hacía ladear su cuerpo hacia la izquierda, alejándola de la orilla de la carretera. Nunca había cargado a Juan por tantas horas. La ruta de su casa a la iglesia tomaba apenas diez minutos. De su casa al río, a la parte más alta y alejada, para bañarlo, le tomaba unos treinta minutos. Y ese era el lugar más lejano al que había cargado a Juan.
El calor empezaba a golpearla mientras sus fuertes piernas recordaban las veces que de joven había subido cuesta arriba para llevar a sus niños a la escuela. Sus recuerdos se fundían con el calor que se alzaba del asfalto. Hacía muchos años que no había visto la carretera. El camino era igual de ancho y los árboles todavía crecían a los lados de la vía. Juan respiraba con una suavidad acogedora. Lo bautizó con el nombre de su abuelo y lo cuidó como a un nuevo hijo.
—Ingratos —le dijo la voz en su cabeza.
Y de nuevo ese monólogo interior empezó a torturarla. Qué estaría pagando, se preguntaba. Sus ojos empezaron a nublarse y, de forma automática, se pasó las manos para secarlos y así concentrarse en el camino. Un autobús frenó detrás de ella. El chófer le hizo señas para subir. Magdalena, asustada, y sin entender las palabras de ese hombre, apretó el nudo del manto y empezó a correr. Luego de unos minutos vio pasar el autobús por su lado y por fin se detuvo para sacar la botella de agua de su bolso y beber un sorbo. Quería darle un poco a Juan; sin embargo, prefirió no despertarlo. Magdalena conocía muy bien la respiración del niño; sabía cuando estaba contento, molesto o triste.
Mientras caminaba con el sudor mojándola por completo, Juan se hacía cada vez más pesado. Sintió un ahogo en la garganta y una fuerza que la hizo gritar. No sabía muy bien por qué, pero no pudo contenerse. Y entonces su paso se hizo rápido. Debía llegar al pueblo antes del anochecer. Sacó de su bolsa unas hojas de coca, se las puso en la boca y empezó a chacchar. Juan había empezado con la fiebre unos días antes y el único que iba a interesarse por la salud del chico era el cura del pueblo. Cuando este vio que la cabeza de Juan crecía cada vez más, se asustó y le exigió a Magdalena llevarlo al pueblo.
Sus piernas empezaron a traicionarla. Se detuvo en un mirador, levantó los ojos hacia el horizonte mientras su cuerpo se llenaba de calma.
—Juan, Juan, —lo llamó con suavidad. —Mira, hijo, qué bonito.
Aunque no habían comido nada desde la noche anterior, ella no tenía hambre. Descansó apenas unos minutos y continuó su marcha.
El sol empezaba a ocultarse, las luces de los autos le cegaban la mirada y, en más de una ocasión, se sobresaltó con la bocina de los vehículos que venían detrás de ella. Sus pasos se volvían más cansados. Y otra vez se detuvo: sintió el sudor en su columna y en su rostro, y una sensación caliente y fría le recorría desde la nuca hasta sus piernas. Y tuvo que gritar de nuevo. En su corazón sabía lo que había pasado.
Un camionero, oriundo de su caserío, la reconoció. La había visto cargar al pequeño Juan en los últimos diecisiete años. Se detuvo delante de ella. Bajó de su vehículo y le dijo que estaba loca por caminar tantas horas con el niño a cuestas. Se ofreció a llevarlos hasta el pueblo cercano. Estaban a solo treinta minutos en auto. Cuando el hombre alivió el peso de la mujer, sintió una corriente eléctrica en su columna. Magdalena estaba completamente sudada y olía a orines. Miró los pies morados del niño. El rostro de Juan estaba duro.
Cuántas horas caminó Magdalena con Juan en su espalda, se preguntó.
La ayudó a subir al camión y luego quiso acomodar mejor a Juan en la parte de atrás, cuando se dio cuenta que el cuerpo había empezado su rigidez.
Texto: Karina Miñano
Foto: Hecha con IA