Le dio la noticia con sus ojos clavados en los zapatos gastados de la mujer que le suplicaba con todo su cuerpo. Su pecho ya lo sabía; se llenó de un aire denso y lo dejó salir casi sin notarlo en un bufido cansado. En su cabeza el consejo de su superior martillaba de nuevo. Tal vez una sesión no estaría mal, pensó. Una sesión en la que pudiera, por fin, llorar.
Allí parado, frente a esa mujer, se fija en esos párpados que han conquistado territorio y dejan una abertura diminuta a la mirada. Guarda silencio. Ella lo ha escuchado bien. Duda si debe repetir. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Dos, tres segundos? ¿O tal vez una hora? Intenta silenciar sus pensamientos.
Quiere moverse. ¿Por qué no lo hace? No es la primera vez que da noticias como esta. Pero su cuerpo hoy no es el mismo. Sus zapatos se han incrustado en el suelo de madera. Esa madera que lo anunció apenas puso un pie en el peldaño de la puerta y que ahora está atenta al aire paralizado.
Piensa en la siguiente frase, aunque su lengua tampoco quiere moverse. Acumula saliva, la traga y sus labios se aprietan. Está encorvado, casi a su altura. Su espalda le exige un crujido. Sus brazos se contienen en puños mientras recorre con la mirada las lágrimas atrapadas en los innumerables surcos del rostro de la mujer.
De pronto, las manos heladas de ella en sus mejillas.
Dedos ásperos le limpian las lágrimas.
Texto: Karina Miñano
Foto: Allec Gómez