Seis hojas secas

Por Karina Miñano

La lluvia azotaba la ventana con tal ferocidad que Mariana apenas se percató del animal que, con una de sus patas, parecía llamar su atención a través del vidrio. Fue el resplandor de sus ojos lo que la hizo saltar de la cama. Bajó el volumen de la radio y, una vez convencida de que era un gato, abrió la ventana y lo dejó entrar. La lluvia había caído durante todo el día. Por la tarde, se escucharon truenos, algunos muy cerca.

Mariana tuvo compasión de él, asustado, mojado y con esos ojos llorosos. Mientras le secaba el pelaje con la toalla que había cogido de su cuarto de baño, recordó los días en los que encontraba consuelo durante las tormentas en su viejo perro Lucas; de manera similar a como ese animal empapado y pasmado buscaba refugio en ese momento. Se acordó de que su madre siempre le decía que tenía un corazón grande, incapaz de ignorar a ninguna criatura necesitada. Regresó de sus recuerdos al darse cuenta de que ese felino era en realidad una gata, lo supo por las tetillas hinchadas y por la llaga formada en una de ellas.

 —¿Dónde están tus gatitos? —le preguntó, como si esperara respuesta.

Se volvió a mirar hacia la ventana y calculó cuánto se mojaría si intentaba salir a buscar a los pequeños. La gata pareció comprender; con un solo salto, se encontró en el alféizar y empezó a maullar. Mariana, con la tormenta en sus oídos y resignada, abrió de nuevo la ventana; la gata se arrojó a la lluvia. La muchacha corrió a su escritorio y, con rapidez, hurgó en sus cajones. Recordó de pronto que podía alumbrar con su móvil. Lo encendió y sin titubear sacó medio cuerpo fuera de la ventana. La luz no era tan potente como para iluminar a más de dos metros, por lo que regresó a su escritorio con el cabello mojado para rebuscar entre sus gavetas hasta encontrar su linterna. Había olvidado cerrar la ventana, lo que permitió al viento introducir el aguacero a su habitación. Al volver, el derrame parecía una pequeña laguna, corrió por más toallas e intentó secar el agua, entonces escuchó a la gata volver. Llevaba algo en su hocico que Mariana no podía distinguir, aunque estaba convencida de que era una de las crías. La gata saltó del vano a la cama y con cuidado colocó sobre ella lo que llevaba. Luego, volvió al alféizar y maulló. Mariana, de forma instintiva, abrió la ventana otra vez, y la gata desapareció en la oscuridad. Pensó que era un gatito muy raro, de un color pardo y de forma irregular, tal vez mal formado. Su corazón se hinchó al preguntarse cuántos más estarían allí afuera. Había decidido seguir a la gata para traerlos a todos de una sola vez. Pero cuando se acercó a la cama y distinguió mejor lo que veía, un suspiro profundo huyó de su pecho, frunció el ceño y se quedó confundida. El edredón blanco se había ensuciado con las patas mojadas y llenas de barro de la felina. Un sonido suave en la ventana la distrajo; era la gata que había vuelto, llevaba algo en su hocico, una vez más. Sin saber qué pensar la dejó entrar. La gata regresó a la cama, acomodó lo que llevaba al lado del primero, y de inmediato brincó hacía afuera de la ventana. Mariana la mantenía abierta, a pesar de la lluvia, absorta en lo que veía. Las gotas engordaban y golpeaban con fuerza su cabeza y rostro. Dejó la ventana semi abierta porque sabía que la gata volvería. No pasaron ni dos minutos cuando la vio, y de nuevo con algo entre sus dientes. La escena se repitió tres veces más. El alféizar estaba empapado, al igual que las toallas; el agua ya había comenzado a filtrarse hacia el suelo. Pero Mariana parecía no darle importancia. Vio a la gata acomodarse en la cama y echarse como lo hacen las madres que amamantan a sus crías. Cerró por fin la ventana y se acercó despacio, con la garganta apretada. Se arrodilló hasta quedar a la altura de la cama y contó seis hojas anchas, secas, en ese momento un poco mojadas, colocadas una al lado de la otra. La mamá gata, con los ojos brillantes, miró a Mariana, abrió su hocico y dejó escapar un maullido largo, agudo, desolador.  


Texto: Karina Miñano

Foto: DALL.E


Escucha Seis hojas secas en la voz de Karina

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