Era una tarde soleada; una mano fuerte sujetaba la mía y me llevaba por las calles de la entonces no tan caótica Lima. Desde mi altura veía faldas y pantalones cruzar a toda prisa mientras yo corría con mis infantes piernas para poder seguirle el paso al dueño de esas manos fuertes. No sé quién era. Más bien, no lo recuerdo. Tal vez fue mi abuelo, quizás algún tío. No lo sé.
Y de pronto, había gente amontonada. La velocidad de los pasos bajó y nos detuvimos. Yo no podía ver nada. La mano me dolía y, a pesar de ello, yo también quería mirar. ¿Qué era aquello que reunía a tanta gente? Me hacía de un espacio como podía y fue entonces cuando escuché las palabras que marcaron gran parte de mi existencia: “Hay golpes en la vida tan fuertes…Yo no sé. Golpes como los del odio de Dios…” Era un hombre pequeño, canoso, de piel pegada a los huesos, sujeto a una nariz grande, con ojos que parecían salir de sus cuencos, y unos dientes deformes. Manos esqueléticas en el aire y una voz…su voz; tan descarnada, tan dulce, tan profunda, tan penetrante. Los años pasaron y, cuando decidí entrar a un concurso de declamación de poesía, mi profesora puso frente a mí un libro enclenque en cuya portada se leía Los heraldos negros. Su olor hizo una presión en mi pecho. Y al leer el primer poema, mi memoria trajo a la superficie el recuerdo de aquel hombrecito, su voz y sobre todo… “Hay golpes en la vida, tan fuertes…Yo no sé”.
Texto: Karina Miñano
Ilustración: Tedy Peña
Escucha Tras el recuerdo de Vallejo en la voz de Karina