Abrazos de hermanos

No había escuchado la alarma. Al despertar, el silencio me hizo pensar que no había nadie en casa. Algo casi imposible, ya que mi abuelo siempre estaba allí, en su habitación, sentado al borde de su cama, con el diario entre las manos o los ojos en la televisión.

Me levanté despacio y, al acercarme a la puerta, percibí que alguien subía las escaleras. La casa, construida de quincha y adobe, crujía a cada paso y no había duda de que alguien se aproximaba. La puerta de mi habitación estaba casi cerrada, con una rendija por la que podía observar lo que sucedía frente a ella.

Unas sombras bloquearon de pronto la imagen de mi abuelo sentado en su cama mientras se colocaba las gafas sobre la nariz. Eran dos mujeres. Una contemporánea de mi madre. Lo supe por el tono de la voz, ese sonido maduro, un poco áspero que sale de las cuerdas vocales de las mujeres de mi familia. La otra era muy pequeña, encorvada, cabizbaja. Desde donde estaba, le veía la joroba y parte de su cabellera blanca. Supe quién era de inmediato.

Cuando la anciana se acercó a mi abuelo, la voz inconfundible del «general», como lo llamábamos, inundó el aire.

—¡Hermanita!—dijo luego de los segundos que le tomó reconocerla.

—¡Hermanito!

Hubo un momento de silencio. Un abrazo enclenque, que quiso ser fuerte, pero que no pudo. Soltaron sollozos y risas tímidas. No tuve que mirar más. Las voces me contarían la historia. Así que volví a mi cama, decidida a escuchar con atención y a fingir que dormía si alguien se antojaba de entrar a mi pieza.

—Regreso en media hora—. Escuché decir a viva voz a la mujer más joven.

Pensé que era una de sus hijas. La tía abuela Genoveva estaba de visita. Una tía bonachona, alegre y mandona. Creo que visité su casa solo dos veces cuando era niña. Tumbada en mi cama, hice esfuerzos por recordar su rostro, pero solo vino a mi memoria la cara de mi tía abuela Mariana, hermana de Genoveva y de mi abuelo. Marianna había muerto hacía algunos años y a veces la extrañaba. Vivía cerca de mi casa y cuando me molestaba con mi madre me iba a refugiar por horas en casa de la tía Mariana, comía con gusto del ajiaco que me preparaba y disfrutaba del té con galletas de vainilla. Recuerdo que me divertía ver jugar a los innumerables gatos que llegaban en manadas larguísimas al patio de su vivienda. Cada uno más bonito que el otro. 

Volví al presente cuando escuché la voz de mi abuelo.

—¿Y el hijo de Joseito? ¿Sigue vivo?—preguntó la voz acompasada y alta del general.

—No—respondió Genoveva. Ese no fue largo, alto y agudo—. Murió hace tiempo. Se lo trajeron a Lima en carro de policía porque estaba muy enfermo. ¿No te contaron?

—¿Quién me va a contar?  El último que vino fue el chino y me dio la noticia, que Juanito había muerto.

—Ah, el pobre Juanito. Pero eso hace lunas. ¿Cuánto tiempo que no vas a Chincha?

—Uh. No sé. Años ya.

Los dedos no cerraban bien.
Esos dedos entumecidos, cansados, viejos.

Hubo otro silencio. Tuve curiosidad por verle el rostro, en realidad por verlos a ambos. Con cuidado y sin hacer ruido me levanté de la cama. Al acercarme a la rendija de la puerta, sentí que por un breve instante los ojos de la tía Genoveva se encontraron con los míos. Confié en que su visión, nublada por los años, no me delatara. Allí estaban, sentados uno al lado del otro. Ella llevaba una falda azul que le llegaba a las rodillas. Sus piernas estaban cubiertas por esas medias gruesas, color carne, que sostienen los músculos y evitan las varices. Llevaba una blusa blanca y un collar de perlas falsas. Tenía aretes en las orejas y su cabello estaba recogido en un moño. Un suéter gris completaba su vestimenta. Me pareció una mujer elegante. Su rostro, tal y como lo supuse era una mezcla de mi difunta tía abuela Mariana y de mi abuelo. Pensé que, si la hubiera visto por la calle antes de aquel día, la habría reconocido de inmediato. Me fijé en sus manos. En las de los dos. Entrelazadas. La de ella era la derecha y la de él, la izquierda. Reposaban sobre la pierna de mi abuelo. Los dedos no cerraban bien. Esos dedos entumecidos, cansados, viejos.

—¿Y qué es de la vida de Angelita?—. Quiso saber mi abuelo.

—Ay, hermanito. La pobre murió también hace unos meses. Estaba reumática. Los nietos no la ayudaban. Me llevaron al entierro. Pedí que me llevaran. No querían que vaya. Qué me afecta, decían. Ya sabes.

—Ya. Qué pena. Pero cómo la dejaron morir, caramba. Estaba bien cuando la vi.

—Pero ¿cuándo la viste?

—La última vez que fui a Chincha.

—¿Cuándo fue eso?

—Uh. No me acuerdo. ¿El año pasado?

Imposible, pensé al escucharlo. Mi abuelo no se había movido de esa cama en al menos los últimos cinco años.

—Ya, pero ella ya estaba mal. Reuma. Ya no caminaba. En su silla nomás paraba.

La mañana se acercaba al medio día y yo tenía ganas de orinar. No quería salir de mi cuarto. No tenía ganas de saludarla. No porque no la quisiera, sino porque tendría que preparar algo para invitarla y porque no quería ser interrogada con las clásicas preguntas de una tía abuela que no ve a su sobrina nieta por muchos años. Seguro comenzaría con: «Y tú, ¿quién eres?», seguido por la respuesta de mi abuelo: «Es la hija de Rosario». Así que calculé el tiempo y supe que la media hora estaba por terminar. Acababa de pensar aquello cuando oí otra vez los crujidos de las escaleras.

Era la misma mujer que vino con Genoveva. Su espalda tapo mi visión, pero no por mucho tiempo. Cuando se movió para ayudar a mi tía abuela a levantarse, dejó una escena al descubierto. Se lo agradecí en silencio por muchos años.

—Ya me voy hermanito—. Había lamento en su voz.

—Ya hermanita—. Y en la suya, resignación.

Se miraron a los ojos por apenas unos segundos. Y yo me preguntaba qué miraban en ellos. Era sin duda la despedida. Él cada vez se movía menos y se enfermaba más. Ella caminaba con ayuda. Ellos, los dos últimos de una larga lista de hermanos ya muertos. Se miraron y estoy segura de que, ambos a su manera, sabían que era la última vez.

Un beso sonoro en las mejillas, otro abrazo enclenque. Otro abrazo que quiso ser fuerte y que no pudo. Una mirada de amor. Un adiós para siempre. 


Texto: Karina Miñano

Foto: Nina Hill/Unsplash


Escucha Abrazo de hermanos en la voz de Karina

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