Arpías en el vestuario

Llegué empapada de sudor atrapado bajo mi abrigo. Era tarde y la clase ya había comenzado. Corrí hacia los vestidores después de estacionar mi bicicleta. Buscaba un casillero desocupado donde tirar mi bufanda y mis zapatos cuando escuché voces.

Risitas burlonas y tonos agridulces que venían del fondo del cuarto, donde los casilleros reposaban apiñados. Me acerqué sin hacer ruido mientras los chapuzones y ecos de los instructores se oían desde el otro lado de la pared.

Me escondí detrás de una planta de plástico perfumada de cloro, único adorno de ese lugar. Desde allí podía observar sin que nadie se diera cuenta de mi presencia.  Tres espaldas se dibujaban frente a mí, con sus cabellos dorados y mojados. Con aullidos infantiles y malvados, vociferaban insultos en una lengua que yo apenas hablaba, y mucho menos cuando estaba nerviosa. Frente a esas muchachas estaba ella, acorralada, muda y con la mirada en el piso, rodeada por esas arpías que querían hacerla sentir su poderío local. El poder que pensaban tener por el solo hecho de haber nacido en este país.

Noté que intentó escapar y temí que al levantar el rostro se encontrara con el mío.  Abrió la boca, pero no pudo decir nada. Antes de emitir un solo sonido, esas voces nefastas la callaron en un instante con palabras comunes, llenas de odio y de venganza. La mujer apabullada vestía un burquini. El mismo que usaba en cada clase de natación que compartíamos. «Extranjera», «extranjera estúpida», «quítate eso», «aquí somos todas libres, todas iguales».  Palabras putrefactas en mis oídos. Esas muchachas sabían que la mujer del burquini no entendía. Yo también lo sabía porque el instructor siempre le explicaba con señas lo que tenía que hacer durante la clase.

Y entonces, el puño en el estómago. Recordé que yo también soy extranjera, parte de otra cultura, distinta y al mismo tiempo igual. Esa mujer acorralada por arpías podía ser yo. Retrocedí. No hice ruido. Fui incapaz de defenderla, incapaz de defenderme. La mujer del burquini era yo, y eran todas las mujeres que no hemos nacido aquí. En mi memoria, esas voces se dejan escuchar y la veo bajar la mirada. No se defiende, y no me defiendo.


Escucha Arpías en el vestuario en la voz de Karina


Texto: Karina Miñano

Foto: de internet


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