Había decidido caminar hasta su casa para ahorrarse el pasaje de metro y pensar en lo que haría al día siguiente. Caminó por casi una hora sin que le importara ya la noche ni sus largas y solitarias calles. Tampoco le preocupaban los mendigos tirados en las veredas, que buscaban la frialdad del cemento para mitigar el calor. Cruzó un puente y divisó el edificio donde vivía, con pocas luces encendidas. En el portal, esquivó a dos ratas que corrían hacia la oscuridad. Subió las escalares hasta el sexto piso. El ascensor no funcionaba, en realidad nunca funcionó desde que ella vivía allí. Llevaba una bolsa con algunas compras: una barra de pan, un litro de leche y tres cosas más. Al llegar a su casa, notó un sobre blanco que sobresalía de la puerta; colocó la llave en la cerradura, la giró dos veces y la abrió sin hacer ruido.
Dejó las compras encima de la mesa y frunció el ceño; su intuición le revelaba el contenido de ese sobre sin remitente. Lo colocó junto a la bolsa, luego cogió la taza que estaba al lado del termo. Joaquina, su hija mayor, había cumplido trece años hace un par de semanas, y desde los diez era su mano derecha: se encargaba de la casa y cuidaba de sus hermanas. Como todas las noches, había dejado preparado el termo con té para su madre. Adela llenó su taza con la mirada fija en aquel sobre. De pronto sintió unas enormes ganas de ir a mirar a sus hijas.
Con sigilo se acercó a la habitación; las vio desde la puerta. Cuatro pequeñas amontonadas en la única cama, descubiertas por el calor. El caos de los zapatos y la ropa apilada detrás de la puerta le recordaba lo poco que tenían. Al ver el rostro de Ruth, la menor, sus ojos se humedecieron. ¿Qué iba a hacer? Ya no la necesitaban en su trabajo, tampoco podía exigir pagos adicionales por tiempo de servicio. Suplicó hasta el llanto frente a ojos insensibles, rogó por sus hijas, les pidió que por favor le dieran tiempo hasta el siguiente fin de semana. Pero fue inútil, no había nada más que hacer. Se secó las lágrimas y con un temblor en el cuerpo tomó su último pago. Antes de marcharse, entró al baño para refrescarse la cara y ocultó unos cuantos dólares en sus zapatillas. Con ello compró el desayuno que tomarían juntas al día siguiente. Al ver de nuevo esos rostros infantiles, tranquilos e inocentes, se preguntó si ese día habían aprendido algo en la escuela.
Cerró la puerta tras de ella. Voces y gritos se escuchaban a través de la ventana abierta. Sorbió un poco de té, que ya estaba frío, mientras repasaba mentalmente sus opciones. La primera, pensó, era la más justa, pues ella había arrastrado a sus hijas a esa situación, era la única responsable. Pero “si haces eso, las niñas serán separadas”, reflexionó. En ese momento, nerviosa, empezó a mover las piernas, como cuando lo hacía durante la venta de gorras falsas de YSL sentada en alguna concurrida calle y se acercaban los policías. Ya la conocían; tenía que pagarles los cigarros o las hamburguesas para que la dejaran trabajar.
El caos de los zapatos y la ropa apilada detrás de la puerta le recordaba lo poco que tenían.
El hombre que las había traído en el camión desde el sur, hacía más de cuatro años, enviaba a sus amigos a cobrarle la deuda cada fin de mes. Adela calculó que ya había pagado más de quince mil dólares. Si hubiera sabido que ese iba a ser su destino, se hubiera quedado quieta en su país. Hoy, como cada fin de mes, la esperaron fuera de su trabajo. Les informó acerca de su despido y preguntó hasta cuándo seguiría pagando. Le respondieron que eran los intereses, que ellos tampoco sabían hasta cuándo, que se apurara en buscar otro trabajo y le recordaron quedarse callada o sus niñas servirían de carnada.
Sorbió otro poco de té; con los ojos cerrados un suspiró escapó de su boca. Estaba segura, no tenía otra alternativa, la segunda opción era la mejor. Miró el sobre blanco; esa carta era lo que necesitaba para darse valor. Por la mañana tomarían el desayuno juntas; hace mucho que no lo hacían. Abrió la carta escrita a mano. Su contenido no la sorprendió. Su respiración se había apaciguado, sus manos ya no temblaban. Recuerdos de su hogar en el sur vinieron a su memoria. Le parecía increíble darse cuenta de que había aprendido a vivir en esa pocilga. En el sur, su casa era mucho más grande, con un jardín y un patio para tender la ropa. En ese entonces pensaba que era pobre. ¡Qué equivocación!, gritó en su cabeza. Desde que llegó, no ha dejado de pagar su deuda con los coyotes. De entregarles el dinero de la comida, del pago de esos dos cuartos que habitan, de la ropa para sus hijas. Desde hace un mes Joaquina menstrua, ¿de dónde sacará para comprarle toallas higiénicas?
El ruido de una sirena de ambulancia la distrajo. Se quitó el sudor de la frente con la mano. Su teléfono móvil ya no funcionaba. La última vez que le puso saldo a penas pudo ubicar una calle y consumió el poco crédito que tenía. Además “¿a quién iba llamar?” se preguntó. Tampoco tenía Internet y no sabía a dónde acudir en busca de ayuda. Tomó la bolsa de las compras y se dispuso a preparar la mesa para el desayuno. Puso el pan en el centro junto con la leche y rogó que no se agriara con el calor. El jamón, un lujo que las niñas celebrarían. Se las imaginó sonriendo con esos ojos grandes que tenían. Mientras buscaba otro plato para la mantequilla, mató sin ruido dos cucarachas. No se preocupó por revisar los cuadernos de las niñas; no era necesario.
Luego sacó el último paquete de la bolsa, lo abrió con sumo cuidado; un olor ácido le pico la nariz. Se deshizo de la etiqueta. “Es lo mejor”, se repitió. Observó por unos minutos el rincón donde dormía, sobre un colchón delgado que durante el día descansaba apoyado en la pared, y que en la noche Joaquina acomodaba antes de que su madre llegara del trabajo. Adela iba a cambiarse de ropa cuando recordó que su hija mayor era muy intuitiva e inteligente. Entonces, cogió el contenido del paquete y mezcló lo suficiente con el azúcar. “Primero las niñas, luego yo, es lo mejor”, murmuró para sí. Se puso una bata, se echó en el colchón, releyó la carta, la arrugó en una mano y, cansada, cayó dormida.
Texto: Karina Miñano
Foto: Jotaka/Unsplash