Modelo 2.0

Por Patricia Cardona Roca

Era su primer día como modelo. Sofía tenía siete años y muy claro cómo quería que su madre le arreglase el pelo. Mamá, la raya al lado izquierdo y en el lado derecho me coges un poco de pelo, le das la vuelta esa que tú haces y me lo sujetas con la horquilla de la flor blanca pequeña. Se miró al espejo, se encontraba guapísima y además llevaba sus sandalias blancas nuevas. Las de los veranos anteriores tenían ya demasiado barro y se le habían quedado algo pequeñas, pero las conservaba para ir a la playa y saltar en los charcos.  

Vino a buscarla la madre de Natalia, su mejor amiga. «¡Natalia lleva dos horquillas! Está guapísima», pensó Sofía. Las modelos se dieron un abrazo y dos besos. No podían mantenerse quietas en el asiento de atrás del coche.  Les quedaba un viaje de veinticinco minutos por delante. Una eternidad. Merecía la pena. Sabían que iban a ser la sensación de la tarde. Gretchen, una amiga de la madre de Natalia, había empezado a diseñar ropa para niños y ellas iban a ser las primeras en desfilar con ella. Llegaron al Hotel Guardamar, una leyenda en el mundo turístico de la isla, el primer tres estrellas con dos piscinas. Sofía y Natalia entraron corriendo con la cabeza bien tiesa para no despeinarse y se detuvieron delante de las hamacas donde Gretchen estaba preparando el vestuario. Sofía se enamoró a primera vista de una camiseta que tenía pintadas a mano nubes azules como el mar y caracoles amarillos como el sol. Pidió en voz baja si podría llevarla, Gretchen le preguntó qué había dicho y Sofía repitió un poco más alto y con los mofletes más sonrojados. Le dijo que sí. Tenía la certeza de que esa prenda iba a ser suya. Desfilaron tres veces alrededor de las piscinas. Más despacio, les repetía una y otra vez la madre de Natalia. 

Llegó el momento del pago. A Sofía le dieron una diadema de tela blanca con una simple raya verde pintada de lado a lado.  Se quedó paralizada. La camiseta con nubes y caracoles debería haber sido suya. Se le hizo un nudo en la garganta, se le borró la sonrisa, se quitó la horquilla y dijo que quería irse a casa. Gretchen, que no había dejado de sonreír, le puso la diadema en el pelo y le dio las gracias. Sofía sentía que le ardía la cabeza. En ese momento decidió que no quería ser modelo.  

Cuando llegó a casa, se quitó la diadema y la tiró encima de su escritorio. Fue a la sala a ver a su madre. Ella le dio un beso y la revista que venía con el periódico para que se distrajese. La abrió por la mitad y vio una foto de la Viking sobre Marte, el cielo era negro y la tierra muy roja; el Nimbus en órbita y en la página siguiente un astronauta caminando por el espacio. Los ojos se le abrieron como platos. Cogió los cuatro cojines del sofá, corrió a su cuarto, montó sobre la cama una nave espacial con ellos, la almohada, el hula-hoop y la pelota de playa que le haría de brújula, invitó a Sara, la oveja de peluche, el viaje iba a ser largo y necesitaba compañía. Se dispuso a despegar, pero algo fallaba, había demasiada luz, le dio al interruptor, se iluminaron las estrellas fluorescentes del techo. Parecía que ya estaba todo listo pero sintió que la huérfana diadema la examinaba desde el escritorio, saltó de la cama, atrapó la diadema se hizo una coleta con ella. Despegó.  

© Patricia Cardona Roca 2020


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