Mientras dormía

Se despertó con su grito y sus ojos vestidos de terror. Tardó en darse cuenta de que se trataba de un sueño, de esos que dejan el corazón como si hubieras corrido una maratón. Quiso recordar qué había soñado, y ese grito que le dejaba la garganta seca y con el que parecía clamar por su vida. Extendió la mano en busca del interruptor de su lámpara de noche. Tanteó aquí y allí y no daba con él. Al caer, su teléfono móvil encendió la luz, y mientras se incorporaba, se dio cuenta de que el reloj marcaba las 3:18 de la mañana. 

«Otra vez», recordó. 

Decidió levantarse, a pesar de las protestas de su cuerpo, entumecido y perezoso. Descalzo, frente a la ventana, titubeó antes de correr las cortinas. 

«Si lo veo de nuevo…si lo veo de nuevo…espero no verlo de nuevo» se repetía.

La calle yacía vacía, cubierta con una capa de niebla y salpicada con la luz ocre de los faroles. Nada parecía haber cambiado desde la noche de ayer, ni desde la anterior. Era el tiempo sin reloj. Miró hacia ambos lados. Ni una sola alma. A lo lejos, vio unas luces blancas: era, sin duda, un auto acercándose, pero giró en una calle antes de la suya. Volvió a mirar hacia los lados. Su respiración ya estaba más calmada. Levantó la mano para cerrar las cortinas, cuando por el rabillo del ojo derecho lo vio. Otra vez. 

Corría al frente de su calle, con la lengua afuera y su pelaje blanco. Era un perro pequeño, de cabello mediano o largo. Él no sabía de razas de perro, así que no perdió tiempo pensando en ello. La pregunta que le rondaba mientras lo veía perderse en la noche era: ¿por qué? ¿Por qué un perro, y blanco? ¿Por qué a la misma hora? ¿Qué sucedió a las 3 y 18, y cuándo? 

No quería desvelarse. Dormir era muy importante para él. Evitaba de todas las formas posibles lucir maltrecho. Tampoco le apetecía darle a la vida excusas para hacerlo envejecer más rápido. Volvió a su cama, se metió entre las sábanas, apagó la luz e intentó convencerse de que era un sueño. Que ayer fue un sueño igual, y antes de ayer también. No quiso pensar en nada más. Tampoco en que el sueño era tal vez una señal. O un aviso. O que algo ocurriría. Intentó poner la mente en blanco y, luego de varios minutos, cogió su móvil, buscó el vídeo con el que solía dormirse y se puso los auriculares. 

…¿por qué? ¿Por qué un perro, y blanco? ¿Por qué a la misma hora? ¿Qué sucedió a las 3 y 18, y cuándo? 

La noche y su silencio lo envolvieron. Caía poco a poco en un estado de relajación profundo. Entró en un sueño en el que veía a su madre darle el beso de buenas noches como cuando era un niño. «Blanco» pensó sin darse cuenta… «blanco era…» A lo lejos escuchó un ladrido, luego dos. 

Se despertó unos segundos antes de que su alarma sonara. Sobre su tapete de yoga se esforzaba por despertar a sus músculos. No recordaba la noche anterior, ni la pesadilla, tampoco el perro blanco. Luego de ducharse y vestirse, se preparó un café y una tostada con queso.  Revisó su correo y su agenda antes de salir hacia su trabajo.

De regreso a casa calentó la cena que estaba en la nevera, esa que su madre había preparado para él. Pensó en su mamá y lo mucho que le agradecía que fuera cada domingo a cocinarle para la semana. Se lamentó, de nuevo, por no pasar más tiempo con ella. De pronto, recordó el mensaje en su móvil. Al darle al play miró la hora de la llamada: 3:18 de la tarde. Escuchó el palpito de su corazón y un suspiro salió expulsado de su boca. «Quiso hablar conmigo, dijo que era importante. Pero no dijo que era urgente. Bueno, este domingo no tengo nada que hacer. La esperaré, y después de que cocine, la llevaré a comer fuera», pensó satisfecho. 

Y sin proponérselo, empezó a revisar sus fotos en su teléfono. Se quedó mirando una de ellas, una antigua que había capturado mientras visitaba a su madre y ella le mostraba fotos familiares en blanco y negro. En esa fotografía aparecía su abuelo materno, junto a su madre cuando era niña abrazando a un perro. Le gustaba mucho mirar esa imagen, pues le resultaba difícil imaginar a su madre como una niña. Lavó los platos y encendió el televisor. 

Eran las 10 de la noche cuando sus ojos empezaron a cerrarse. Se lavó los dientes, se puso las cremas antiarrugas, sin ocultar su malestar por las ojeras, luego se untó con la mascarilla para desinflamar el rostro. Tomó su té de manzanilla, escuchó su meditación antes de dormir. Leyó tres páginas de su libro y, sin darse cuenta, cayó dormido.

Se despertó con su grito y sus ojos vestidos de terror. Tardó en darse cuenta de que se trataba de un sueño, de esos que dejan el corazón como si hubieras corrido una maratón. Quiso recordar qué había soñado, y ese grito que le dejaba la garganta seca y con el que parecía clamar por su vida…


Texto: Karina Miñano

Foto: Cun Mo


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