I’m brOKen

Por Patricia Cardona Roca

Cuando vi este poster en la consulta de la ginecóloga pensé: «vaya bobada, qué ganas de provocar tienen algunas». Me repatean estos mensajes que pretenden transformarte o que «te des cuenta» I’m Ok I’m Broken*, ¡venga ya! No tengo tiempo para estos juegos de palabras superficiales. Me pregunto quién tendrá tiempo. Seguro que artistas en paro, valga la redundancia, señoras bien que no tienen que trabajar porque sus maridos las proveen de todo menos de sexo y se sienten angustiadas, claro está.

Postureo y ganas de llamar la atención lo llamo yo a eso. Seguro que no saben ni qué les pasa. Parece que cada día la gente está más floja y no sabe apretar el culo, sacar pecho y sonrisa, salir adelante y disfrutar de la vida. La ginecóloga me ha dicho que todo estaba bien. Es el chequeo de cada año, sigo siendo fértil a mis cincuenta y dos años y teniendo una vagina de libro. Nadie diría que por ahí han pasado un par de gemelos. La mantengo bien prieta gracias a Kegel. Mis relaciones sexuales son excelentes, necesitaba decirlo.

Yo no dejo nada al azar esperando a que las cosas salgan bien. El «deja fluir», otra cosa que me toca las narices. Si lo hubiera dejado fluir me hubiera ido a la playa todos los días y no tendría un doctorado en economía sostenible y solidaria. El no dejar fluir me ha puesto en una posición privilegiada desde la que puedo ayudar con lo que de verdad importa, el dinero. Y que nadie me diga que no es importante porque si no dime dónde vas a dormir y qué vas a comer. Es la base. Luego ya te puedes dedicar a buscar lo demás.  Para mí es un cuerpo fuerte, sano y flexible. Lo tengo. Si desde mi sofá dejase fluir un capítulo tras otro de la serie de moda tendría los glúteos, el abdomen y la espalda como la mayoría de mis compañeros de trabajo, que sí, tienen tema de conversación sobre las series pero yo veo una guadaña sobre sus cabezas cuando suben dos pisos y jadean como una jauría de perros tras la caza. Algunos van a morir antes de retirarse. 

La buena noticia es que acaban de empezar los mundiales de patinaje sobre hielo. No hay deporte que mejor combine la belleza de la danza, la precisión, el riesgo, la fuerza, la flexibilidad, la coordinación y las emociones. Me recuesto en nuestro sofá de ante vegano color caramelo con una manta de cachemir ámbar, una taza de chocolate humeante en la mano y mi marido dispuesto a darme un masaje en los pies. Veo a las patinadoras salir a la pista con el vestido flotando y dejo de respirar. Siento su nerviosismo. Son años de preparación, de superar obstáculos. Observo la última inhalación de los bailarines el instante antes de que empiece la música y sé si la ejecución va a salir como esperan. Agarro la manta con las dos manos, le digo a mi marido que me suelte los pies, necesito tenerlos libres. Sigo segundo a segundo cada uno de los movimientos. Al terminar sus caras me lo dicen todo, la sonrisa de satisfacción, la mirada cómplice o el rostro apagado de la derrota. Me florecen lágrimas al final de cada ejercicio, de alegría si ha salido bien, de tristeza, rabia y frustración si no. Le indico a mi marido que tome de nuevo mis pies en sus manos risueñas, me sueno los mocos a dos manos, me borro los lamentos, tomo un sorbo de chocolate y me preparo para ver el siguiente ejercicio. El ciclo se repite durante toda la retransmisión. Solo al final, durante el reparto de medallas puedo llorar sin interrupciones. Mi marido me hace cosquillas y en ese momento me hace reír. Luego me acurruco sobre su pecho para seguir llorando sin saber por qué y deseando caer en un sueño infinito y no despertar jamás. Pero estoy bien.

* traducción – Estoy bien, estoy rota (o destruida)


© Patricia Cardona Roca


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