Cocos olvidados

Por Karina Miñano Peña

Cocos muertos yacían, frente a la vista de quien quisiera mirarlos, en uno de los cementerios no oficiales del distrito de Narra, al sur de la isla. Los más antiguos estaban fosilizados y rodeados de los que murieron siendo jóvenes, algunos, todavía verdes. Orla me dijo que había demasiados, tantos que no sabían qué hacer con ellos. Pensé que bromeaba.

Continuamos con nuestra ruta a pie, al lado de la única carretera que recorre Palawan de punta a punta. Mientras él hablaba yo observaba a mi alrededor. Había cocos muertos por todos lados. Algunos amontonados y pudriéndose en las esquinas, con la esperanza de ser recogidos y llevados a su destino final. De vuelta al hotel me fijé en las altas y frondosas palmeras que orgullosas y en fila poblaban la extensa área desde la cabaña de recepción hasta el río. A los lados los chalés y en el centro, el paisaje verde, espacioso y silencioso, interrumpido cada ciertos minutos por la fulminante caída, de un coco.

Entonces que me di cuenta de que había ya varios reventados sobre el húmedo pasto. No los vi esa mañana al salir del hotel. Caminé hacia mi chalé, justo al lado del río, con la mirada en lo alto, donde esas armas naturales parecían esperar ansiosas a la inocente víctima. Mi intención era correr y ponerme a resguardo si los veía a punto de caer. Y en ello, un golpe seco y fuerte sonó justo detrás de mí. Acaso ¿había salvado la vida? Una sensación extraña me acompañó desde ese momento y durante los pocos días que pasé en aquel lejano lugar. Por fin estaba en una de las islas más hermosas del planeta. Quería, con desesperación, descansar, recuperar mi estado más natural, alejarme del ruido y sobre todo de la masa turística, días después iría a rumbo al norte, al Nido, a dejarme envolver por la aventura y la belleza de sus playas. Por eso, lo primero que hice al llegar a Palawan fue refugiarme en la tranquilidad de un distrito poco visitado por extranjeros. Después supe que el nombre de mi alojamiento, Macapuno, significa deporte del cultivo de coco. Un nombre bien elegido, pensé. Pero la perspectiva de morir por un cocotazo no me hacía gracia. La infinidad de cocoteros hizo que me preguntara cómo hacen los habitantes para eludir el golpe, que de certero era un viaje a la otra vida.

Y ni bien arribé a la orilla me olvidé de los cocos y de la muerte. Cerré los ojos y los abrí de nuevo para sumergirme en ese maravilloso paisaje iluminado por las caricias del sol. Era la primera vez que veía a un río convertirse en mar. El agua apacible y transparente me relajó. Me senté sobre la hierba, en el área donde ya no había palmeras. El tiempo sí se detuvo para mí en ese instante. Creí ser el único huésped del hotel. Me volví a mirar hacia la recepción, y tuve la seguridad de que en todas las horas que dura la tarde, nadie salió, ni entró. Solo algunas destartaladas motocicletas cruzaban el hotel en dirección a lo que parecía un caserío. El ruido de sus motores era lo único que me devolvía a la realidad hasta que un sonido diferente me alertó. Venía de arriba, de alguno de esos cocoteros de más de veinte metros de alto. No había nada extraño. Pensé que algún pájaro jugueteaba con las palmas.

En eso, vi venir al recepcionista con una bandeja entre sus manos, me miraba sonriente, y en un parpadeo noté que un coco se desplomaba con rapidez. Estuve a punto de gritar para ponerlo en alerta cuando se desvió hacia su derecha sin quitarme la vista de encima, el fruto cayó a su costado y luego él volvió a su camino. Reconozco el crujido al desprenderse y el sonido al caer, me dijo el muchacho invitándome a coger uno de los pedazos de Pakwan, la deliciosa sandía amarilla de la isla. Lo miré incrédula. Yo había visto varios cocos venirse abajo y no oí ningún crujido en toda esa tarde. Y otra vez el ruido que parecía venir del cielo llamó mi atención. Lo percibí muy cerca, sobre una de las palmeras que estaba a dos pasos de nosotros. No vi nada más que frutos pegados a la cabeza del árbol y las grandes hojas que, perezosas, se agitaban con la suavidad del viento. Conmovido por mi curiosidad y con una gran sonrisa, el recepcionista me confesó que se trataba del mono del lugar, que cada casa, hotel, caserío tenía uno en sus árboles. Quise estar segura de que hablábamos de lo mismo, así que imité el sonido de un macaco e hice algunos gestos y confirmé que sí, nos referíamos al gracioso animal. El ruido se presentó de nuevo. De inmediato miré hacia arriba. Oía el alboroto, mas no veía a quien lo producía, mucho menos a un mono. Me pidió que volviese a mirar, pero que lo hiciera con “mis oídos”. Sonreí indecisa y puse mucha atención. Y fue entonces cuando me pareció ver a un mono con un coco en la mano. Pestañeé y ya no estaba. Un impacto violento me hizo bajar los ojos para comprobar que otro coco había sido asesinado.


2021© Karina Miñano Peña


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