Soy Teresa
Aceptó a regañadientes acudir a la cita a ciegas que le había preparado su amiga Lourdes la cual le insistía en que había encontrado la persona ideal para ella. Le aseguraba que ese desconocido coincidía en gustos, aficiones y profesión con ella. Elena dudaba de que Lourdes conociera los gustos de nadie porque hablaba más que escuchaba. Si seguían siendo amigas era porque Lourdes se había empeñado en salvar a su amiga más introvertida de lo que consideraba una vida de anacoreta. No entendía que Elena era perfectamente feliz con su soledad, sus libros y su gato y si aguantaba a Lourdes era porque, si tenía que elegir, prefería la compañía y el afecto de una mujer a la de un hombre. Su trabajo como biógrafa, en realidad escritora fantasma, de celebridades de poca monta que querían publicar un libro para compensar sus cada vez más escasas actuaciones, solo había hecho que aumentara su misantropía y disminuyera su fe en el género humano. Cuando Elena salía de su caparazón era para mantener entrevistas con seres insustanciales cuyo único valor era ser conocido por miles de personas, una fama que les provocaba alternativamente ansiedad y soberbia. Ansiedad por miedo a perderla y soberbia por creer merecerla. Esta colección de seres humanos destinados al fracaso era el único contacto que mantenía con la realidad. Las otras horas del día se las pasaba escribiendo y transcribiendo entrevistas o leyendo libros de escritores de verdad a los que envidiaba con toda su alma porque tenían la valentía de exponerse al escrutinio de los lectores y el mercado, algo a lo que ella no se había atrevido a hacer nunca. El día de la cita dedicó solo unos minutos a arreglarse. Solía vestir ropa cómoda sin preocuparse demasiado de si le favorecía o no. Antes de salir se miró al espejo y vio que había una mancha en el jersey beige de cuello alto por el que se había decidido. Después de comprobar que no tenía nada limpio en el armario, renunció a cambiarse de ropa en el último momento. No tenía ninguna intención de dar una impresión de sí misma diferente de quién era en realidad. Era una mujer de cuarenta y siete años, que fumaba, bebía wiski para poder dormir y odiaba cocinar. Ni estaba en forma ni pensaba estarlo en el futuro. Había quedado con el hombre misterioso, y supuesta alma gemela según Lourdes, en el bar Cristal, un anacronismo que resistía heroicamente el paso del tiempo. Era un bar-librería que abrió en los años setenta del siglo pasado y que seguía tozudamente manteniendo las estanterías con libros que ya no miraba nadie y mesas con manteles blancos. Elena llegó primero, cuando aún no había ningún cliente. Escogió una mesa al fondo, con estanterías de libros a sus espaldas de forma que podía ver la puerta desde donde estaba sentada. A la hora en punto, se abrió la puerta dejando entrar un rayo de sol en el oscuro local. El hombre bajito, vestido como un arquetipo del profesor de matemáticas, se acercó a su mesa, le dio la mano, se presentó como Leonardo Sala y se sentó frente a ella. Leonardo llevaba una americana de pana marrón con coderas de piel, una camisa beige rematada con una estrecha corbata del mismo color. Unas gafas redondas de montura dorada cabalgaban sobre una nariz recta y discreta. A Elena le pareció un personaje de ficción salido de una novela estadounidense con todos los tics correspondientes: tímido, inteligente, irónico, culto. Le contó que tenía una pequeña editorial especializada en libros de psicología. La editorial se mantenía a flote gracias a su quijotesco empeño en mantener un sector elitista del mercado bien informado. A Elena le sorprendió que Leonardo le estuviera cayendo tan bien, teniendo en cuenta que no le había caído nadie bien, aparte de su gato, durante los últimos veinte años. No solo estaba a gusto con él sino que sentía como si le conociera. Había algo extrañamente familiar en la forma en que la miraba, la posición de los ojos ligeramente más separados de lo normal y aquella voz que le parecía haber oído antes. Además, había algo que no encajaba en esta cara aparentemente anodina que tenía enfrente. Mientras Leonardo hablaba con su voz pausada y un tanto atiplada, la mirada de Elena se posó en la oreja izquierda, donde un pendiente en forma de diamante engarzado en oro, brillaba en su lóbulo. Que este hombre aparentemente tan convencional llevara pendiente era ya en sí sorprendente pero es que había algo más. Ella conocía este pendiente. Ella tenía el otro par. Estaba escondido en el fondo de su joyero y en su memoria. Al ver como Elena le miraba, Leonardo acarició su propio lóbulo con los dedos. —¿Te acuerdas? —le preguntó. Elena se acordaba. Aquel verano en Selva de Mar, en la Costa Brava, cuando conoció a la que creyó durante dos meses que era su mejor amiga. Los días de playa, los paseos en bicicleta, los helados y las risas compartidos. Y después su gran traición. El origen de su misantropía. Todo terminó abruptamente el día que su amiga, jugando en la playa, perdió los pendientes de diamantes que había recibido por su cumpleaños. Sus padres acusaron a Elena de haberlos robado causándole una herida en su orgullo que nunca consiguió cerrar. No fue hasta septiembre, una vez la familia de su amiga había abandonado el pueblo, después de dejar a una Elena con el corazón roto por el abandono y la humillación de haber sido acusada injustamente, que el pequeño diamante apareció pegado al felpudo de la toalla de playa. —No entiendo cómo puedes tener tú el otro pendiente, era de mi amiga y ella no tenía hermanos. ¿Cómo llegó hasta ti? Leonardo le cogió cariñosamente la mano entre las suyas. —¿No lo entiendes aún? Soy yo, Teresa.
Texto y foto: Eugenia Codina
Barcelonesa a pesar de llevar más de media vida en la otra ciudad con puerto, Róterdam. Su vida ha girado en torno a las lenguas tanto profesional como personalmente. Ha sido traductora, profesora, intérprete y autora de libros de aprendizaje. Si bien hace diariamente malabarismos hablando en diferentes lenguas, su amor secreto ha sido siempre la escritura en español. Un montón de cuentos y media novela están esparcidos por carpetas y archivos. Durante unos años mantuvo un blog que aún se puede encontrar en la red.
- Elena Azcondo
Les presento a mi invitada, la escritora del mes de diciembre, Eugenia Codina Miró. Fue un honor que la aceptase.
Por favor, no se la pierdan. Admiro su sentido del humor, aporta frescura, denota inteligencia y asegura una juventud eterna.
Esto es lo que me transmite Eugenia al leerla y al estar con ella. No quiero desvelarles más, léanla, merece la pena.
¿Se lo he dicho ya? Léanla, por favor: Soy Teresa