Invitada diciembre 2021: Mayte Calderón Grobet

Coleccionista

Parecen soldados de concreto. Siempre firmes. Al acecho de lo desconocido. Voraces vigilantes con ojos luminosos. Fieles a su tarea como alumnos disciplinados, pero sin lugar a dudas maestros en la materia del silencio.

Tienen toda la atmósfera de lo vivido, sin perder la pasión de reinventarse según las exigencias de cada época. Guardan en sus cavidades, el conocimiento de sus habitantes. Algunos esconden el horror incrustado en sus miradas de luz; afianzado justo después de la tormenta; cuando solo quedan escombros que salvar. 

El misterio de los incontables faros del mundo, tan antiguos como modernos; construidos para guiar evitando catástrofes; cuando justo en aquel verano la única desgracia que tenían que desviar fuera la que cargaba yo a cuestas. 

Era el tercer año después de su abandono y el cuarto pasatiempo que inventaba para poder subsistir los ratos de ocio y la abundancia de horas. Pero de esta historia ya no queda mucho que contar. La memoria la ha descolocado y seguramente ocupa ya algún lugar en el trastero cerebral.

De modo que mis días pasaban en el acecho constante de estas edificaciones que conseguían volverse una obsesión. Fotografías, artículos en la prensa y para mi sorpresa gratificantes referencias literarias. La misma atracción que sentía yo, la transpiraban las letras de varios novelistas clásicos y contemporáneos. Cuentos de personajes místicos quienes habían vivido aislados en torrecillas justo a la mitad del océano. Seres dedicados a la introspección cuales monjes de mar, quienes por voluntad propia preferían volverse locos de soledad. O como el caso del hombre llamado “el renegado”; un desgraciado crecido entre cerdos, rechazado por su fuerte olor; condenado a terminar sus días gritando “huracán” desde la única atalaya sobre la isla de Cozumel, allá en el cristalino Caribe mexicano.

Poco a poco, sin notarlo, me convertí en una anónima coleccionista de faros. En casa, pegada a las imágenes y los textos que me llevaran a ellos.

 Pero me entristecí de golpe. No tenía sentido. Si de algo valía mi empeño, era por vivirlo en carne propia. Respirar el aire enmohecido de estos titanes que me llamaban.

—No pienses en eso, dijo él, quien había llegado a mi vida al paralelo de mis faros.

—No pienso en eso. Existo en eso.

—¿Lo quieres vivir? Sal a buscarlos. Yo te puedo enseñar mi favorito; eso es si te atreves a ir en kayak.

Una sola lección me bastó. Mi entusiasmo era más grande que la fuerza de mis brazos. Ese verano recogí cartas náuticas de las cercanías, estudié la costa este de mi ciudad; me uní a varias expediciones de grupo hacia el archipiélago sueco; como un perrito que olfatea, curioso, a la espera de unas cuantas sobras. Así era en realidad, mendigaba conocimiento, sin saber cómo pedirlo. 

Ya cerca del otoño, a medio paso del invierno, había logrado recabar suficiente información y el valor para montarme en un kayak. Me sobraba arrogancia convertida en puro combustible para poder remar detrás de este hombre quien ya se había colado en los recovecos de mi corazón.

Mi mirada había cambiado de curso.

—Aquí me tienes, llévame hacia tu faro, —le dije convencida. A su lado todo parecía aventura.

Preparamos las mochilas para salir hacia la costa. A pocos kilómetros, remando tranquilamente, helados de frio, llegamos al islote. Para mi enorme decepción, me esperaba el más pequeño de la serie. Blanco, reforzado en metal, de unos 5 metros de altura, con una escalera al lado y un mirador en la cima desde donde una lámpara encapsulada con forma de linterna roja, lanzaba chispazos hacia un mar Báltico de otoño.

—Si tienes paciencia, la sombra de este faro se duplicará en un par de horas.  Y para compensar su tamaño, el sol te va a regalar un caleidoscopio de color.

Fue un reto de ojo a ojo; el faro me miraba y él también. Mientras el sol jugaba con su reflejo y el reducido coloso de Sikjälma se adhería en rojos y azules a las rocas; me di cuenta que ya no estaba sola.

La diminuta torre se convertía en el flotador gigante que recuperaba mi aliento y devolvía paz a mi espíritu. 

Cerré los ojos cuando sentí sus labios presionados sobre los míos. En un abrazo apasionado nos confundimos y arropamos.

Sabíamos perder el valor del tiempo. Este era el comienzo de una nueva crónica.

La colección por fin estaba completa.

Texto y foto: Mayte Calderón Grobet

Mayte Calderón Grobet es licenciada en Turismo. Profesión que compatibiliza con diversas actividades literarias.  En el año 2015 publicó su primera novela, Detrás de tus ojos verdes por Ediciones Oblicuas.

Graduada de la Universidad Internacional de Valencia en 2019, con un Master en Creación Literaria. Actualmente compagina su canal literario Letras y Murmullos en YouTube, con la finalización de su segunda novela.

La primera vez que leí una historia escrita por Mayte, supe inmediatamente que estaba leyendo a una escritora de pluma fina, de gran talento y de la cual podía aprender mucho. Y lo pude confirmar al leer Detrás de tus ojos verdes, su primera novela, que habla del coraje y determinación de una mujer adelantada a su tiempo. Conocí a Mayte en un máster de creación literaria y desde entonces no he dejado de admirarla. Además de su talento como escritora, es una mujer bella y excepcional. Estoy muy contenta de presentar a Mayte como nuestra invitada de diciembre. Su artículo Coleccionista cierra de forma perfecta este 2021. No se lo pierdan.

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