Fragmento: La casa verde
Uno
El sargento echa una ojeada a la madre Patrocinio y el moscardón sigue allí. La lancha cabecea sobre las aguas turbias, entre dos murallas de árboles que exhalan un vaho quemante, pegajoso. Ovillados bajo el pamacari, desnudos de la cintura para arriba, los guardias duermen abrigados
por el verdoso, amarillento sol del mediodía: la cabeza del Chiquito yace sobre el vientre del Pesado, el Rubio transpira a chorros, el Oscuro gruñe con la boca abierta. Una sombrilla de jejenes escolta la lancha, entre los cuerpos evolucionan mariposas, avispas, moscas gordas. El motor ronca parejo, se atora, ronca y el práctico Nieves lleva el timón con la izquierda, con la derecha fuma y su rostro muy bruñido permanece inalterable bajo el sombrero de paja. Estos selváticos no eran normales, ¿por qué no sudaban como los demás cristianos? Tiesa en la popa, la madre Angélica está con los ojos cerrados, en su rostro hay lo menos mil arrugas, a ratos saca una puntita de lengua, sorbe el sudor del bigote y escupe. Pobre viejita, no estaba para estos trotes. El moscardón bate las alitas azules, despega con suave impulso de la frente rosada de la madre Patrocinio, se pierde trazando círculos en la luz blanca y el práctico iba a apagar el motor, sargento, ya estaban llegando, detrás de esa quebradita venía Chicais. Pero al sargento el corazón le decía no habrá nadie. Cesa el ruido del motor, las madres y los guardias abren los ojos, yerguen las cabezas, miran. De pie, el práctico Nieves ladea la tangana a derecha e izquierda, la lancha se acerca a la orilla silenciosamente, los guardias se incorporan, se ponen las camisas, los quepís, se acomodan las polainas. La empalizada vegetal de la margen derecha se interrumpe bruscamente pasado el recodo del río y hay un barranco, un breve paréntesis de tierra rojiza que desciende hasta una minúscula ensenada de fango, guijarros, matas de cañas y de helechos. No se divisa ninguna canoa a la orilla, ninguna silueta humana en el barranco. La embarcación encalla, Nieves y los guardias saltan, chapotean en el lodo plomizo. Un cementerio, el corazón no engañaba, tenían razón los mangaches. El sargento está inclinado sobre la proa, el práctico y los guardias arrastran la lancha hacia la tierra seca. Que ayudaran a las madrecitas, que les hicieran sillita de mano, no se fueran a mojar. La madre Angélica permanece muy grave en los brazos del Oscuro y del Pesado, la madre Patrocinio vacila cuando el Chiquito y el Rubio unen sus manos para recibirla y, al dejarse caer, enrojece como un camarón. Los guardias cruzan la playa bamboleándose, depositan a las madres donde acaba el fango. El sargento salta, llega al pie del barranco y la madre Angélica trepa ya por la pendiente, muy resuelta, seguida por la madre Patrocinio, ambas gatean, desaparecen entre remolinos de polvo colorado. La tierra del barranco es floja, cede a cada paso, el sargento y los guardias avanzan hundidos hasta las rodillas, agachados, ahogados en el polvo, el pañuelo contra la boca, el Pesado estornudando y escupiendo. En la cima se sacuden los uniformes unos a otros y el sargento observa: un claro circular, un puñado de cabañas de techo cónico, breves sembríos de yucas y de plátanos y, en todo el rededor, monte tupido.
…
Texto: Mario Vargas Llosa
Foto: Internet
Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) es uno de los escritores más influyentes de la literatura hispanoamericana contemporánea. Figura central del Boom latinoamericano, su obra se caracteriza por una compleja arquitectura narrativa, el uso de múltiples voces y una profunda exploración de la realidad social y política de América Latina. Su carrera literaria comenzó con fuerza con La ciudad y los perros (1963), y se consolidó con novelas como La casa verde (1966), Conversación en La Catedral (1969) y La fiesta del chivo (2000). Además de novelista, ha sido ensayista, dramaturgo, periodista y político. En 2010, recibió el Premio Nobel de Literatura por “su cartografía de las estructuras del poder y sus imágenes mordaces de la resistencia individual”. Vargas Llosa es también miembro de la Real Academia Española y ha sido distinguido con numerosos premios internacionales a lo largo de su trayectoria.
- Karina Miñano
Conocí a Mario Vargas Llosa cuando cursaba el primer año de la carrera de Ciencias de la Comunicación. El profesor de Lengua nos dejó como tarea el análisis literario y lingüístico de varios libros. A mí me tocó La casa verde. Ese libro hizo que le tuviera miedo a Vargas Llosa, y luego, pavor. Sentí que fracasaba por no poder entender su técnica narrativa, y apenas si podía identificar algunos contrastes estilísticos. Confieso que sufrí mucho en aquella época.
Ya entonces su nombre era sinónimo de buena literatura. Preferí ver las películas basadas en sus obras para, al menos, hacerme una idea de la trama y de las técnicas que usaba. Pero no es lo mismo.
Años después volví a La casa verde, ya no por obligación, sino para sacarme de encima la frustración. Para ese momento, yo ya hacía mis primeros intentos literarios: analizaba textos, buscaba y rebuscaba figuras retóricas. Había escuchado sobre su famosa técnica «la caja china», que consiste en anidar historias, donde la trama principal contiene otras secundarias. Esa estructura le permitía ocultarse como autor detrás de las voces de sus personajes.
Analizar esa técnica y descubrir su voz entre las voces de sus personajes fue mi pasatiempo favorito durante más de cinco años. Además, construye oraciones largas —a veces de más de diez líneas— con una puntuación milimétrica que guía el ritmo mientras entrelaza tiempos, voces y realidades. Lo hace sin perder claridad, mezclando descripciones densas con diálogos que suenan a oralidad capturada en papel.
Lo dijo Isabel Allende en el prólogo de Mi país inventado:
«Yo escribo como hablo, con mis ritmos cortos; Mario teje esas frases monumentales que son como catedrales verbales».
Me recuerdo buscando información y entrevistas que hablaran sobre su forma de trabajo. Confieso mi admiración por su método meticuloso y su escritura planificada. De él adopté la idea de que mi trabajo como escritora también debía ser planificación al detalle antes de escribir, y entrega total cuando escribo: con todo mi ser y mi corazón.
No puedo negar mi admiración por su obra y por su técnica. Aquí les dejo un fragmento del primer capítulo de La casa verde, ese libro que fue mi tortura… y también mi reconciliación con uno de los más ilustres literatos de nuestro tiempo.