Se despertó con un destello de luz que se filtró a través de la cortina. Buscó dentro del desorden de la cama y lo encontró de pie, junto a la ventana, con la espalda ligeramente encorvada, el pelo castaño sobre los hombros. Observó su desnudez en silencio. Como si la adivinase, él se dio la vuelta para sonreírla desde su barba dispersa.
—Mira.
La invitó a levantarse con ese gesto travieso tan suyo. Ella se frotó los ojos y parpadeó para acostumbrarse a la luz, retuvo la escena un poco más, antes acompañarle.
—Está amaneciendo —él abrazó su cintura para acercarla a su lado. —¿Ves esa capa bajo el sol? Tal vez sea otro incendio en el campo.
Afuera el mundo parecía un cuadro a medio hacer. Pero ella solo era capaz de escuchar su voz, cegada por el resplandor naranja tras las montañas, envuelta en la calidez de su presencia. Desde hacía días vivían en una casa prestada, construida dos siglos atrás. Según la historia, un pintor francés había ordenado replicar su estudio en París, como regalo a su amante de ojos azabache y sonrisa cautiva. Habían recorrido sin rumbo durante horas las calles de edificios blancos, separados por pasillos azules. Pasos. Parada. Besos. Más pasos. Abrazos. Besos. Ya entonces ella deseó quedarse para siempre, vagar sin rumbo bajo los balcones cubiertos de esparto, impregnarse en cada esquina con los restos de azahar. Pero «siempre» era demasiado. Y ella no disponía de tanto.
—¿Me acompañarás? —le susurró él.
Ella le siguió con la imaginación, sumida en la distancia más profunda de la levedad. ¿Dónde se habían metido la culpa y el miedo? En ese momento su vida, la única con nombre y dirección, parecía mentira. Volvió a mirar sus ojos crepusculares. Ojos como islas, reductos de mar en los que podía zambullirse sin miedo, viajar junto a él. Pero después, esa imagen ideal acababa por transformarse en una figura descompuesta, gastada, patética. El reflejo escurridizo después de la carcajada bromista. ¿Acaso podía la leche derramada sobre la mesa volver a acumularse en el vaso? Sus vidas no eran los obstáculos más insalvables. Tampoco el océano expectante. La distancia era mas grande de lo que ella era capaz de vislumbrar durante ese fragmento. Residía en otra dimensión, mas allá del horizonte enmarcado dentro de aquella mañana robada al verano. De repente, el sol apareció entero ante ellos, como el milagro antes del desayuno. Parecía haber avanzado más rápido detrás de aquellas montañas que dentro de su habitación tomada. Entonces supo la respuesta: el tiempo solo era una ilusión bailando hacia el pasado y el futuro.
—Si. Lo haré.
Texto: Patricia Bernardo
Imagen: La casa de las sirenas. Alameda de Hércules. Tomada por Patricia Bernando