Todo empezó con una lista de asuntos pendientes: colocar la puerta del vestidor, cambiar el azulejo del baño, dar una mano de pintura a las paredes …
—Las casas son como las personas, a veces hay que hacer algún arreglo —me consoló Mario.
Parecía una convocatoria clandestina de desperfectos. Encontrar ayuda no fue fácil. Cada asunto requería su experto y carecía de tiempo suficiente. Fue entonces cuando decidí llamar a mi nueva amiga Elsa. Ella poseía la autosuficiencia necesaria para los avatares más mundanos.
—Soy programadora —me contó cuando la conocí en la Comunidad. —Trabajo para una empresa China.
Mario nunca estuvo de acuerdo.
—No tienes ninguna necesidad —decía a menudo.
Elsa llamaba cada día sin importarle mi falta de correspondencia. A fin de cuentas, eso era parte del trato. Solo la busqué aquella vez, cuando miré a través de las paredes agrietadas y el polvo acumulado en el techo… Todo se venía abajo y mi paciencia también.
—¡Quiero una casa más grande! Con paredes blancas y estanterías llenas de libros, en la que recibir a nuestros amigos.
—¿Te refieras a Elsa? Cariño, ya tienes tu precioso apartamento y… A mí—respondió Mario.
—Ni siquiera vivimos juntos—repliqué.
—Ya conoces las normas…
Mi situación era desesperada. Elsa parecía feliz ante la idea de ayudarme.
—Déjalo de mi cuenta. Es muy sencillo —me tranquilizó.
Al principio sentí alivio. Apareció una tarde con su caja de herramientas y mochila al hombro. Comenzó a deambular por casa como si estuviese en la suya. Arregló los desperfectos del baño ese mismo día. Encajó la puerta del armario… Debí haber hecho caso al gusano del estómago. Pero en vez de eso brindamos.
—Vivo en un apartamento del barrio alto con vistas —confesó Elsa entre copa y copa.
No le pregunté a qué vistas se refería, en vez de eso, dejé para después los interrogantes y vaciamos la botella de vino. Elsa se empeñó en preparar tortilla de patata. Llamé a Mario para contárselo.
—Se acabaron los desperfectos, cariño—le dije entusiasmada.
—¿Has bebido? —Mario seguía con sus sospechas.
Elsa sonreía mientras servía más tortilla y vino. Le ofrecí la habitación de invitados. Lo de pintar surgió de forma natural. Eso llevaría más tiempo. Como mínimo dos o tres días. A la mañana siguiente Mario torció el gesto ante mis explicaciones.
—Nos la estamos jugando. ¿Cuánto te va a cobrar?
—Nada. La comida, el alojamiento…
Unas horas después mis cosas se desparramaron en el salón del pequeño apartamento de Mario, repartidas dentro de cajas descompuestas. A los lugares se llega de repente, pero hace falta tiempo para conseguir entrar en ellos. La Comunidad no tenía por qué enterarse.
Una semana después decidí presentarme en casa para comprobar cómo iban las obras. Elsa tenía la música demasiado alta y las llaves en la cerradura. Pulsé el timbre varias veces. No hubo suerte. Llamé por teléfono, tampoco contestó. Su respuesta fue un mensaje escueto: «Estoy liada. ¿Necesitas algo?» Mario comenzó a aceptar viajes de trabajo fuera de la Comunidad. Poco a poco dejé de recibir llamadas de Elsa. Fui yo la que empezó a buscar acercarse. Así pasaron las semanas. Echaba de menos mi casa… La segunda vez volví para recoger un abrigo, pero tampoco pude entrar. El vecino del cuatro me preguntó qué tal en mi nuevo piso. «Tu nueva inquilina es muy agradable» me dijo. No pude confesar la verdad: aquella zorra muda no era mi nueva inquilina y esa puerta de madera indolente, el timbre sordo y mi viejo felpudo pisoteado, eran míos. Solo míos. Un día, el teléfono de Elsa dejó de estar operativo. La desesperación y la ira se apoderaron de mí durante toda la noche. Podía escucharlas bien alto. Sonaban como la voz de Mario y repetían la misma frase: «Me tienes a mí. Me tienes a mí…» Elsa desapareció sin dar ninguna explicación. La Comunidad no se hizo cargo del error. El proceso de selección de amistades no es perfecto, me dijeron, puede haber fallos. Las normas en la Comunidad, son bastante estrictas. No se puede pedir peras al olmo ni a casi nadie salvo que la Comunidad así lo decida. Estas fueron las infracciones:
Primera. Dejar las llaves a una amiga en proceso de prueba.
Segunda. Desatender durante más de un mes la casa cedida en propiedad por la Comunidad.
Tercera. Pedir a una amiga de nueva selección realizar funciones ajenas a su rol dentro de la Comunidad.
Cuarta. Desatender a la pareja escogida durante mas de dos meses.
Quinta. Intentar agredir a la funcionaria encargada de comunicar la expulsión.
Tirar del pelo y escupir palabras terminadas en «ista» o en «zi» supuso un agravante, aunque la declaración de Mario acerca de mi estado ansioso-posesivo despertó la indulgencia en aquella pandilla de «hobbits». Ahora, lo veo todo más claro. No tengo casa, pareja, ni amiga. Vivo fuera de la Comunidad, en un piso de alquiler muy pequeño, con vistas al mar cascarrabias y contradictorio del Cantábrico. La humedad se cuela por los rellanos de las ventanas y cuando hace sol puedo ver las grietas de las paredes. Dicen que las personas son lo último en irse de los lugares, pero en mi caso, fue al revés, yo me fui mucho antes. Desde entonces siempre digo lo mismo: ocúpate tú.
Texto y audio: Patricia Bernardo