Atención, este texto contiene violencia machista dentro del entorno familiar.
—Me he levantado a las 6 a.m. porque me preocupo por ti —dijo Ana con la voz afectada.
—Tú te has levantado a las 6 a.m. porque tienes gastroenteritis y te has levantado a cagar —dijo Belén, que llevaba un collarín cervical, un corsé ortopédico, un brazo en cabestrillo, la cabeza vendada y una pierna colgando del techo.
—Vale, ¿pero me he preocupado a las 6 a.m. por ti o no? —respondió molesta con su amiga.
—Después de limpiarte el culo.
—Pues no, te he mandado el WhatsApp antes —dijo con sorna
—¿En serio, tía?
—Te lo juro por mis perros.
—Eres una cerda.
—Sí, pero no más que tú.
—¿Me vas a echar más mierda con lo mierda que estoy ya? —soltó enfadada.
—Bueno, a todas nos ha pasado —dijo Ana como para quitarle importancia.
—¿Pero qué coño dices? ¿A todas nos ha pasado que nuestro hermano nos dé una paliza como si quisiera matarnos? Eres subnormal.
—Mujer, eso no, pero cosas. No te ha matado, da gracias que estés viva.
—Gracias a ti, pero ahora parece que te arrepientes.
—¡Me cago, me cago, me cago! —grita Belén mientras se coge la tripa y sale corriendo hacia el baño de la habitación. Regresa. —No sabes lo que duelen los retortijones. Estos son peores que los que tuvimos cuando fuimos al Interrail, cuando nos comimos esos bocadillos que nos encontramos en el tren. Tú pensabas que los había hecho yo y yo pensaba que los habías hecho tú —dice riendo a carcajadas. Ana no la acompaña.
—Por favor hablemos de ti y de tu cólico. Mi fractura de costillas, mi contusión… nada que ver con tu mierda líquida. Dónde vamos a parar. ¿Llamo a la enfermera para que te traiga un pañal? Espera, que la llamo —Llama a la enfermera.
—¿Qué haces?
Entra la enfermera y se dirige a Belén.
—La que está mal de verdad aquí es mi amiga Ana. Por favor tráigale un pañal, unas toallitas y un ambientador para la habitación.
—Señoritas, váyanse las dos a la mierda. No estamos aquí para eso —dice mientras sale de la habitación.
—Se ve que está hasta el coño de gilipolleces. ¿Crees que habrá más pacientes taradas como tú? —dice Belén.
—La próxima vez que vea a mi hermano le voy a decir que me la suda, como si me quiere matar.
—¿Pero no lo vas a denunciar? —dice Ana indignada.
—No. Es mi hermano. Mi. Hermano. Lo quiero. Y sé que en el fondo es bueno.
—¡Pero casi te mata!
—Casi. Si hubiera querido me habría matado. Me quiere y yo lo quiero a él.
—Entonces quieres que te mate.
—Voy a utilizar la psicología inversa. Mira este reel. Es de una que sigo en Instagram.
—Este reel te dice cómo negociar un salario, no la vida.
—Mira este otro. Es muy bueno.
—Este es de crianza… para convencer a un niño que haga los deberes. No lo veo funcionando con tu hermano.
—Yo lo voy a probar. Cuando esté mejor.
—¿Cuánto tienes que estar aquí?
—Dos meses.
—Igual se te pasa la tontería. Puedes ver más reels, a lo mejor te sale uno tipo: coge la puerta y vete, cómo cortar vínculos…
—Eso es para familias que no se quieren y no están unidas, nosotros lo estamos, y mucho.
Entra la auxiliar con la comida.
—¿Te vas a comer el plátano? Me vendría bien.
—Cógelo.
—Gracias.
Diez meses después. En el sofá de casa de Belén.
—Tía, tía, tía.
—Qué, qué, qué
—El sábado mi hermano me empezó a gritar desde la entrada. Yo estaba en el primer piso. Me exigía que bajara las escaleras. Cuando se pone así sé que es porque me quiere dar una paliza.
—Qué emoción —dice Ana con sarcasmo. —Es para darle… —resopla.
—Si yo no bajo, sube él para pegarme. La última vez después de la paliza me tiró por las escaleras.
—Por lo mucho que te quiere.
—Esta vez utilicé psicología inversa.
—Madre.
—Bajé las escaleras como la reina de Francia.
—Decapitada.
—Qué gilipollas. Es una manera de hablar.
—Pero es una manera de hablar que no se entiende. Francia es una república. Les cortaron la cabeza en la guillotina. ¿Te suena? ¿Lo has visto en algún reel? Fue un evento importante de la historia del mundo.
Mejor la reina de Inglaterra.
—La vieja esa también está muerta.
—Tienes razón. ¡Camila! No Camila no cuenta. Es reina postiza.
—Pues bajé las escaleras como una reina.
—Vale.
—Bajé las escaleras como una reina, muy despacio. Con esa sonrisa como de buena persona en la que intentan conectar sin ser totalmente condescendientes. Esa sonrisa que no sabes si se están aguantado un gas o están pensando en follarse a su amante o están planeando el asesinato de su marido o su suegro.
—¿La de Leticia?
—Esa.
Me acerqué a él muy despacio. Me puse frente a su cara. Podía notar su respiración y él la mía y le dije: «Pégame si quieres. No me sacarás más lágrimas. Ni una más. No te voy a suplicar que pares por muy fuerte que me pegues, por mucho que grites. Solo te voy a dar silencio.»
—¿Y? —con voz de suspense. No se podía creer lo que su amiga había dicho y estaba viva y en perfectas condiciones físicas.
—Se sacó el cinturón. Las primeras hostias siempre eran con el cinturón. Lo echó para atrás para atizarme. Me quedé con la mirada fija y serena. Se quedó helado, tiró el cinturón al suelo. Se echó a llorar como un loco y luego como un niño perdido. No me ha vuelto a pegar. Ni ese día, ni el siguiente, ni al cabo de una semana, ni dos…
—Psicología inversa —dice Ana con asombro.
—Exacto.
—Y yo subestimando los reels.
Texto: Patricia Cardona
Imagen: Noëlle Mauri