El chofer bajó la radio y dijo:
—Hasta aquí.
Ella levantó la cabeza.
—¿Cómo?
—No llego a la última parada. Los dejo aquí.
No dijo por qué. No pidió disculpas. Ni siquiera miró por el retrovisor
En el bus quedaban dos pasajeros. Ella y el hombre sentado tres filas atrás. O cuatro. No estaba segura. La luz del bus le había vuelto la cara plana, sin edad. No era viejo. Tampoco joven. Eso no ayudaba.
Ella miró el teléfono.
23:42.
Si el bus la dejaba donde siempre, caminaba dos minutos. Dos. La esquina, el portal, la llave. Ahora eran veinte. Quizá menos si cruzaba el puente. Quizá más si las piernas jugaban a su antojo.
El hombre se movió detrás. Ella no se dio la vuelta. Ya había volteado antes. Una vez fingió buscar algo en la bolsa. Otra, giró de golpe, como si alguien la hubiera llamado. Él la estaba mirando. O miraba la ventana detrás de ella. Eso pensó después, para no preocuparse tanto. Pero sus ojos estaban ahí. En su nuca. En el espacio pequeño donde una no puede defenderse.
El bus frenó. La puerta se abrió.
Ella bajó primero. Se arrepintió al instante. Quiso que él bajara antes para verlo. Quiso quedarse arriba. Quiso discutir con el chofer. Quiso tener veinte años menos y correr sin hacer ruido. Quiso no haber tomado ese bus.
Oyó los pasos del hombre en la escalera.
Uno.
Dos.
Nada más.
Cruzó la avenida sin esperar el verde. Un coche tocó el claxon, lejos, o cerca. No supo. No corras, se dijo.
Corrió.
A los diez pasos bajó la velocidad. Si corría, él sabría. ¿Sabría qué? Que estaba sola. Que su casa quedaba en alguna parte de esa noche.
Miró atrás. El hombre no estaba. Eso fue peor.
Si no estaba, podía estar en otra calle. Podía haber cruzado antes. Podía saber un camino más corto. Podía no existir y aun así alcanzarla.
23:45.
Quince minutos, pensó.
No, diecisiete. Le molestó no saber. Como si calcular mal también pudiera matarla.
La primera esquina estaba vacía. Una bicicleta apoyada contra un poste. Una ventana con luz azul. Una cortina que se movió apenas. O no. Tal vez fue su propio reflejo.
Tenía que decidir por dónde caminar.
En medio de la acera era lo normal. Pero lo normal servía de poco. Pegada a la pared podía desaparecer en la sombra de las puertas. En medio de la calle los autos podían verla, sí, pero también podían detenerse. Uno podía abrir la puerta. Una mano podía salir. Qué absurdo pensar en manos saliendo de los vehículos. Qué absurdo y qué posible.
Caminó por la orilla de la acera, ni cerca del muro ni cerca de la calle.
La costura.
A esa distancia, podía escapar hacia los dos lados.
Luego se dijo: escapar no es una dirección.
Un coche pasó despacio. Apretó las llaves dentro del bolsillo. Había leído que poner una llave entre los dedos no servía. También había leído que sí. Había leído demasiadas cosas escritas para mujeres que caminan solas y ninguna decía cómo no sentir el cuerpo convertido en puerta.
El coche siguió. Ella respiró por la boca. Mal. Hacía ruido. Cerró la boca. Entonces oyó su propio corazón, o sus pasos, o algo detrás.
No mires.
Miró.
Nada.
23:49.
Faltaba el puente.
El puente era el problema. Si lo cruzaba, acortaba. Si no, rodeaba el parque y tardaba más. El puente tenía farolas. Tenía barandas. Tenía agua debajo. El agua debajo no importaba y sin embargo importaba. Pensó en noticias. En nombres de mujeres que primero fueron buscadas y luego encontradas. Pensó en bolsas negras. Pensó: no pienses eso.
Subió.
Contó las farolas.
Una.
Dos.
Tres.
En la tercera había una zona sin luz. Siempre la había visto de día y nunca le pareció una zona. Ahora era una boca.
Pasó rápido.
Un ruido.
Se detuvo.
Tac.
Tac.
No venía de atrás. Venía de abajo. Del agua o del metal. O de su cabeza. Siguió. No podía quedarse en medio del puente como una cosa abandonada.
Al final estaban las escaleras.
Si bajaba por la derecha, llegaba al estacionamiento. Si bajaba por la izquierda, bordeaba una obra cerrada con vallas. Las vallas eran peores. Entre una valla y un cuerpo no hay salida.
Bajó por la derecha.
No pegada al muro.
Tampoco en el centro.
La costura otra vez.
23:53.
Once minutos.
Abajo olía a orina. Un olor real. Eso la calmó un segundo. Qué raro. El olor era feo, pero era del mundo. No de su cabeza.
El estacionamiento tenía más huecos que autos. Entre dos furgonetas podía caber alguien. Detrás del contenedor, también. Bajo la escalera, también. Todo podía guardar a alguien.
Caminó con los ojos abiertos de más. Eso le dolía. No parpadeaba. La mano derecha sujetaba las llaves. La izquierda iba libre, inútil, lista.
Una sombra salió de una furgoneta.
Dejó de respirar.
Era un hombre con una bolsa de basura. No el del bus. Otro. La tiró al contenedor y volvió a entrar en un edificio. Ni la miró.
Ella siguió. Quiso llorar de rabia.
No por él. Por ella. Por su cuerpo obediente a las sospechas. Por esa vergüenza de asustarse y esa otra vergüenza peor: saber que no estaba exagerando del todo.
23:56.
El parque.
No quería cruzarlo. Rodearlo añadía siete minutos. Siete minutos era mucho. Siete minutos podía ser la diferencia entre llegar y no llegar. También podía ser la diferencia entre entrar al parque y desaparecer.
Eligió el parque.
Los árboles estaban quietos. Demasiado. En el sendero, algunas hojas crujieron bajo sus zapatos. Odió ese ruido. Caminó más lento. Después pensó que ir lento era peor. Aceleró. El cuerpo no se ponía de acuerdo con ella.
Banco vacío.
Tronco.
Papelera.
Banco vacío.
Farola apagada.
No pases por ahí.
Pasó.
Algo se movió a la izquierda.
Un pájaro, quizá. No vio alas. Solo un golpe oscuro entre ramas.
Se tocó el bolsillo para comprobar el teléfono. Podía llamar. ¿A quién? ¿Qué iba a decir? “Estoy a ocho minutos de casa y creo que alguien podría matarme”. No. Sonaba ridículo. No ridículo: enorme. Tan enorme que no cabía en una llamada.
23:59.
Salió del parque.
Su calle.
Cuatro minutos.
El cuerpo quiso relajarse y ella se enfadó con él. Todavía no. No todavía. Las casas conocidas también tienen esquinas. La puerta de una casa también puede tardar demasiado en abrir.
Sacó las llaves.
Se le cayeron.
El sonido contra la acera fue pequeño, pero ella sintió que toda la calle lo había oído.
Se agachó. Recogió la llave correcta. No la otra. No el llavero. La correcta.
Una esquina.
Otra.
El portal.
La llave no entró a la primera.
No, no, no.
Entró.
Empujó la puerta. Se metió dentro y cerró.
Entonces oyó un golpe.
Abajo.
Seco.
No sabía si venía de la calle o de su propio pecho.
Sin encender la luz, subió.
Texto: Karina Miñano
Imagen: Nano Banana