Abrí la puerta con sigilo para no hacer ruido al girar la llave, pero mi madre tiene oído de gato, percibe las ondas sonoras desde la otra punta de la casa. Salió de su oficina y apareció en el pasillo con la cara de preocupación que se pone desde el divorcio, preguntándose seguramente por qué su hijo llegaba del instituto dos horas antes. Nada más verme se me echó encima, levantándome el pelo con los dedos y examinándome la cabeza y la cara. Yo sabía muy bien el aspecto que tenía, me había mirado bajo el halógeno parpadeante en el espejo del ascensor durante los tres pisos de subida. El ojo izquierdo hinchado y azul, los arañazos en el cuello, la camiseta de Metallica rasgada por la costura del hombro.
Cariño, ¿qué ha pasado? ¿Quién te ha hecho esto? La voz de mi madre resonaba aguda en el pasillo. Sin esperar respuesta me arrastró hasta el baño, me sentó sobre la taza y sacó el botiquín del mueble bajo el lavabo. El algodón empapado en alcohol escocía como cuchillas y ella, de rodillas frente a mí, repetía ¡Voy a llamar a la directora, me va a oír! Cariño, cariño… soplándome los arañazos del cuello. No te preocupes, mamá, ya sabes como son los chicos de clase. Me miré las manos y las escondí en los bolsillos. ¿Qué chicos, quién?
El chico se llamaba Javi y había llegado al instituto hacía tres meses. Se veía de lejos que no era de por aquí, por su acento sudamericano y su ropa anticuada y que él llamaba vintage. Además, el tío era tartamudo. Cada vez que un profesor le hacía una pregunta se atascaba y acababa escupiendo las palabras como un grifo viejo. Estoy seguro de que lo hacía a propósito. Solo había que ver cómo lo miraban las chicas, como si fuera un animalillo herido al que llevar a casa y cuidar. Y la que más, Vanesa. Desde el día en que llegó, con sus cascos Bose al cuello y sus gafas de pasta amarilla, no le quitó los ojos de encima. Vanesa, que se hacía la difícil. Vanesa la estrecha. Era una de las frases que decoraban las puertas de los baños de chicos, era pegadiza: Vanesa la estrecha.
Me lo dijo mi padre antes de mudarse a su nueva casa: nunca te fíes de las mujeres, te atrapan en sus redes y te apuñalan por la espalda. Esa frase daba vueltas en mi cabeza mientras mi madre me limpiaba la cara con una toallita húmeda que olía a manzanilla: no te fíes de las chicas. Vanesa, con su camiseta por encima del ombligo y sus vaqueros rotos por la rodilla. Vanesa, que me lanzaba miraditas en clase. Vanesa, con los labios siempre brillantes de su gloss sabor cereza.
Empezamos a salir el día de la fiesta del insti. Se separó de sus amigas durante el partido de baloncesto para acercarse a mí y pedirme un cigarrillo. Yo sabía que ella no fumaba, que era una excusa. Compartimos el último que me quedaba en el paquete escondidos detrás del gimnasio, ella tosiendo y yo alargando los labios en el filtro manchado del rojo de los suyos. Dijo que quería ser mi novia después de darme un beso rápido y volver corriendo con sus amigas. Aquel beso de cereza fue el principio. Hasta que llegó Javi el Vintage, Javi el grifo atascado. Javi, que se pone rojo hasta la raíz del pelo cuando se encasquilla. El día que le grité durante la clase que escupiera el corcho Vanesa me miró con su cara de reprobación, muy parecida a la de mi madre cuando mira a mi padre.
Vanesa, la más guapa de la clase y lo sabe. El día que nos enrollamos escondidos detrás del gimnasio me mordió el labio inferior. El sabor metálico de la sangre se mezcló con el de cereza en un cóctel agridulce. Deslicé una mano por debajo de su camiseta de Nirvana y la otra dentro de su pantalón. Ella se escurrió como si quemasen. Oímos un ruido y al otro lado del patio apareció Javi con sus cascos escuchando su música anticuada, Radiohead probablemente. Miraba el suelo y fingía no vernos. Se apoyó contra el muro con la rodilla doblada y el pie tamborileando. Vanesa quiso irse de allí y yo solté todo lo que pensaba del nuevo, del tartaja: Lo listo que se creía con sus sobresalientes, la ropa del rastro que se ponía, los pantalones de pana y las camisas setenteras, su peinado perfecto de raya al lado. Vanesa se reía, pero sé que no le hacía gracia. El nuevo era ya el osito de peluche que todas las niñas querían, el último que quedaba en la juguetería.
La semana pasada Vanesa dijo que quería dejarlo. Le espeté que, si era por Javi el tartaja y me dijo que no, Vanesa la mentirosa. Las puertas del baño lo repiten: Vanesa la mentirosa, Vanesa la trolas. Aunque las pintadas sobre ella aparezcan ahora tachadas. Esta mañana fui al insti tranquilo, no buscaba lío, solo decirle a Vanesa que la perdonaba, por haber querido dejarlo y por haberse quedado la tarde antes en la biblioteca estudiando con Javi. Como si a ella le importaran algo las ecuaciones de segundo grado o las notas, a Vanesa la suficientes.
La busqué durante el cambio de clase. No estaba en la cafetería ni en la sala de estudio. Tuve una corazonada y salí al patio. Me dirigí a la parte de atrás del gimnasio, cuidando de no hacer ruido al pisar la hierba. Los vi nada más doblar la esquina, besándose. Vanesa la estrecha y Javi el tartaja. Él la apretaba contra el muro y le metía una mano por debajo de la camiseta de Nirvana y la otra por dentro del pantalón. Sentí la rabia subir por mi estómago hasta la garganta, su sabor a bilis en la boca. La escupí en el césped junto a mis zapatillas y corrí hacia ellos con los puños apretados. Una vena en la sien me palpitaba y me nublaba la vista.
El teléfono de mi madre sonó en su bolsillo. Miramos la pantalla, era la directora. ¡No contestes! Me miró sorprendida. Yo la abracé apoyando mi cabeza en su hombro, ocultando mis manos en su espalda, los nudillos rojos y raspados. Ella guardó el teléfono y me acarició el pelo. Cariño, cariño, todo irá bien. Cerré los ojos en el calor de su abrazo y aspiré su olor. Olía a pan recién cortado, a fin de semana.
Texto: Pilar Pérez
Imagen: creada con IA