La última palabra

Hola Fran. Me han dejado venir a despedirme, aunque solo un momento. Tu madre no quería, pero el juez me ha dado permiso. Seguro que me odias, igual que ella, igual que todos. Y no te culpo. ¿Quién nos iba a decir hace un mes que nos encontraríamos aquí, en el cementerio por el que siempre pasábamos con la moto? ¡Cómo nos reíamos al saludar a gritos! ¡Buenas noches, los muertos! Nos parecía desternillante. ¿Qué tal te han recibido tus nuevos colegas? ¿Nos guardan rencor por la bromita? 

Como ves, todavía llevo el brazo escayolado. La médica dice que está curando bien, que en un par de semanas podrán quitarme el yeso. He pensado que a lo mejor lo guardo de recuerdo, nunca había tenido tantas firmas y buenos deseos por escrito. Incluso de tu madre. Es esta de aquí, en tinta azul al lado del codo. También de nuestros colegas. Y de las enfermeras del hospital. Muchas me dibujaron corazones, aquí, aquí y aquí. Los pintaron de rojo. Y también flores de colores. Ha quedado muy bonito.

Aquellas semanas en el hospital, Fran, fueron de las mejores de mi vida. No cuando me desperté, eso no. ¡Como me dolían el brazo y la cabeza! Creí que me iba a estallar como un melón. ¡Y cuando me vi en el espejo! Menudo cuadro, las ojeras, los moratones, la nariz hinchada. Me dijeron que había sido un milagro no haberme roto nada más. Gracias al airbag, al cinturón y a los anuncios de la DGT. Fue entonces cuando me contaron que estabas en coma. No me dejaron ir a verte hasta el día siguiente. Estabas guapísimo, de verdad, allí mismo te lo dije. A pesar de las magulladuras y de las vendas, tú que habías ignorado a la DGT. Pero no te habías hecho daño en la cara. Y la barba que te fue creciendo día a día te quedaba bien, muy sexy. No sé por qué no te la dejaste antes. Te daba ese aire de tío duro que siempre quisiste ser y nunca fuiste. 

Ah, sí, el bebé. Lo perdí debido al golpe, finalmente tienes lo que querías. Estaba tan emocionada. Pensaba que tendríamos una niña rubia como tú, con el pelo rizado como yo. Y ya ves. Seguro que estás contento, problema resuelto. Aunque ya no iba a ser un problema para ti. Tu madre se disgustó muchísimo cuando se lo contaron los médicos, creo que la idea de un bebé le parecía esperanzadora en medio de tu coma. Aquellos primeros días me cuidó un montón, me consoló.  Nunca había sido tan cariñosa conmigo. Fue bonito.

Fran, no soy una mala persona. Sé que lo crees, que todo el mundo lo cree. Pero no es cierto. No se puede juzgar a alguien por un momento. Lo mismo se podría decir de ti. Pero nos queríamos. Éramos felices, ¿o no? Por mucho que todo el mundo creyera que lo nuestro no tenía futuro. Ellos qué saben. Pensaba demostrárselo a todos, probarles que estábamos hechos el uno para el otro, que nuestro amor era fuerte y duradero. Que tendríamos el bebé, terminaríamos los estudios, seríamos una familia, felices para siempre. Pero no, tú no tenías el mismo plan. Tú tenías a otra en la lista de espera, esa tal Jennifer, a punto de darle el turno. Y yo me entero por un maldito Whatsapp que llega en el momento más inoportuno.

Después del accidente fui la novia perfecta. Te cuidé, te visité todos los días. Las enfermeras me trataban de maravilla, me traían los postres que no se comían los demás pacientes. Mi favorito era el arroz con leche. Me recordaba a mi infancia. Y tu madre me llenaba de abrazos, traía flores para ti y para mí. Juntas te peinábamos, te lavábamos la cara, te hablábamos. ¿Nos oías? Esta podría haber sido una bonita historia de amor. Lo era. Pero tuviste que estropearla. Siempre has sido así, ¿verdad? Siempre queriendo tener la última palabra. 

De verdad, no soy mala persona. Pero veo cómo me miran todos ahora. Nada que ver con las miradas en el hospital, cuando yo era la novia abnegada, que había sobrevivido a un accidente horrible. Que había perdido a su bebé. Que adoraba a su novio. Y ahora qué. Ahora soy la bruja malvada. En serio, Fran, después de tres semanas te despiertas media hora para echarme la culpa. Para irle a tu madre con el cuento de que me lancé a propósito contra el árbol. Que quise matarte, que dije que me daba igual todo, que te llevaría por delante. Y luego te vas. Después de soltar la bomba. Igual que siempre. Tienes que ganar en todo. Tenías que decir la última palabra. 


Texto: Pilar Pérez

Imagen: Autorretrato Tamara en un Bugatti verde – Tamara de Lempicka


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