Sentirás una ligera molestia, pero será un momento.
Miré a la doctora desde la camilla, tapada con el camisón. Me sentía sola, tenía frío y algo de miedo. Debió de darse cuenta porque me cogió la mano y me sonrió como a una niña pequeña. La enfermera, a su lado, también sonreía detrás de sus gafas de pasta. Aquellas sonrisas de batas blancas me inquietaron. Desde la recepcionista, que siempre me saludaba efusivamente y me preparaba un café, todo el mundo era muy amable en aquella clínica de fertilidad. Se me ocurrió que no era para menos teniendo en cuenta lo que cobraban. Ese pensamiento me hizo sentir peor, como una desagradecida. Cerré los ojos y traté de relajarme. Me concentré en que pronto terminaríamos y me reuniría con mi hermana Isa, que se había pedido el día en la floristería y aguardaba en la sala de espera. Me pregunté si el tratamiento sería efectivo, si yo también tendría un bebé y si se parecería al suyo.
Yo tenía diez años, cuatro menos que Isa. La comadrona acababa de marcharse. Isa estaba sentada en el sofá de la sala, abrazando un bulto envuelto en una mantita de rayas verdes y rosas. Me acerqué a ella excitada, llevaba esperando todo el día. Apartó un poco la manta que cubría al bebé para que pudiera verle la cara. Parecía un animalillo. Un gatito recién nacido, arrugado y enrojecido. Con los ojos cerrados y el pelo negro largo y salvaje. Olía a algo agrio, a leche caliente estropeada. Me pareció feísimo. Y, sin embargo, supe que lo quería. Mi hermana lo acunaba despacito en sus brazos de niña. Le cogía las manitas y se reía. Yo me contagiaba de su risa y también reía. Mi madre se movía inquieta por toda la casa, doblando ropa, abriendo armarios, poniendo orden y murmurando para sí un discurso ininteligible. Mi padre miraba por la ventana desde el sillón. No hablaba. Fumaba un puro que lo envolvía en un humo espeso.
Nunca nos contó quién era el padre. Cuando se lo preguntábamos, se limitaba a sonreír enseñando sus pequeños dientes desordenados, achinando aún más sus ojos ya rasgados. Yo estaba feliz por ella, sabía lo mucho que le gustaban los bebés.
Isa siempre había querido ser jardinera. Le apasionaban las flores. Se emborrachaba de sus aromas y colores. Me las enseñaba cuando éramos niñas, paseando por el campo detrás de la casa. Mira, Eli, una margarita. Mira cómo brillan sus pétalos, ¿no te huele a primavera? Vamos al campo de amapolas, es como un inmenso mar rojo. Son muy delicadas, como alas de mariposa. La gente dice que no tienen olor, pero a mí me huelen a fresas y cerezas, a las frutas que están por llegar. Y estiraba los brazos y daba vueltas sobre sí misma con los ojos cerrados, riendo como siempre, hasta que se mareaba y se dejaba caer sobre las flores.
También le gustaba ayudar a mis padres en la huerta. Le encantaba plantar: zanahorias, tomates, cebollas, berzas, patatas. Es un milagro, decía mientras enterraba pedazos de patatas. Sepáralos bien, le decía mi padre. Un paso bien largo y luego las cubres. ¿Cómo era posible que una patata se transformara en una planta y creara más tubérculos? Nos fascinaba. Yo la seguía como un perrillo, agarrada al borde de su falda. Quería ayudarla, le decía. Cuando crezcas me ayudarás a plantar, me respondía.
Isa me adoraba, no permitía que me separaran de ella. Dormíamos en el mismo cuarto y solo me dejaba para ir al colegio. ¿Te gusta el cole, Isa? Le preguntaba yo. Ella negaba con la cabeza, pero no se quejaba. No supe hasta más tarde de las burlas de sus compañeros.
Me quería tanto que quería más como yo, un ejército de pequeñas Elis, dijo. Un día me subió a la carretilla como hacía con las verduras y me llevó dando tumbos a la huerta. Yo iba feliz saltando en los baches, sintiendo el calor del metal en mi espalda y el sol brillante en la cara. Isa había cavado un hoyo. Ven, métete aquí dentro. Yo obedecí, siempre dispuesta a jugar. El suelo estaba húmedo y frío, me picaba la piel. Seguía riéndome y ella también. Túmbate, no te muevas tanto. Me echaba paladas de tierra húmeda encima. Yo empezaba a enfriarme, pero era divertido. Pequeñas lombrices y escarabajos salían de sus escondrijos, sorprendidos. Empecé a jugar con ellos, todavía tenía los brazos y la cabeza fuera del hoyo. Seguíamos riendo mientras me enterraba. ¿Tienes frío? Un poco. Vale, ya casi estamos. Entonces oímos la voz de mi madre desde la casa: Isa, Eli, ¿dónde estáis?
¡No te chives! le decía. Me llevaba el dedo índice a los labios y le lanzaba puñados de barro con gusanos. ¡Aquí, mamá, en la huerta! gritó Isa. ¡Shh! Insistí. Empecé a taparme más y más con la tierra, a echármela toda encima. No quería que viniera mamá, quería esconderme del todo, seguir jugando, saber qué maravillas se escondían dentro del suelo. Llegó cuando solo me asomaba la cabeza, como a un caracol saliendo de su caparazón. Isa, cariño, ¿qué haces? Dijo suavecito mientras le cogía la pala de las manos y comenzaba a liberarme. Planto a Eli, mamá. Así, en unos días tendremos muchas Elis como ella para jugar. Mi madre la abrazó, le dio un beso. Venga, ayúdeme a sacarla de aquí. No se pueden plantar las personas, ¿te acuerdas de que lo hablamos? Los niños se hacen de una manera diferente a las plantas, ¿te acuerdas? Hacen falta un papá y una mamá. La cara de Isa se volvió triste por un momento, pero enseguida sonrió de nuevo. Vale, dijo, y la ayudó a sacarme de mi entierro.
Me levanté de la camilla y volví a vestirme sintiéndome extraña. Algo se había plantado en mí. ¿Germinaría? Salí y me reuní con Isa. Jugaba en su teléfono móvil. ¿Todo bien? Sus ojos rasgados me sonreían. Sí, creo que sí. Enlazó su brazo con el mío. Muy pronto tendremos una pequeña Eli, me susurró al oído. Sentí que se me humedecían los ojos. Vamos, te invito a una hamburguesa, le dije. ¿Con patatas? Me eché a reír. Por supuesto. Genial, dijo ella, me encantan las patatas.
Texto y audio: Pilar Pérez
Imagen: Generada por la IA