Son las 3:02 de la mañana. O las 4:23 o las 2:15 o las 5:07. Es de noche y estoy dormida. Entonces me despierta. La voz asustada que grita exactamente eso: ¡Despierta!
Mis ojos se abren de golpe, los párpados como una goma que se rompe. Estoy sudando, tengo la camiseta pegada a mi piel, mi corazón es un martillo, no puedo respirar. Mi vista recorre el techo iluminado por las líneas troqueladas de la persiana. Estoy sola en la cama, siempre estoy sola. Y siempre es mi voz. Intento volver a dormirme. Cierro los ojos, relajo mi cuerpo, me concentro en la respiración, en ralentizar mis latidos. Lucho contra la almohada varios asaltos hasta que finalmente gano. Sueño que duermo, sueño que sueño, sueño que él me visita, que abre la puerta, entra en la casa, en el dormitorio, se sienta a los pies de mi cama. Y allí enciende un cigarrillo con un giro de su zippo cromado y fuma. El humo dibuja espirales que bailan, ascienden en el aire hasta golpear el techo, transformándose en cenizas que llueven sobre mi cama. Sobre el edredón, sobre la almohada, sobre mi pelo, sobre mis párpados cerrados, se posan en mis pestañas. ¡Despierta!
Por la mañana el aire me huele a quemado, mi lengua raspa a tabaco. Abro la ventana y sacudo las sábanas. Incluso después de la ducha el olor a humo sigue pegado a mi pelo, bajo mis uñas, el sabor a cigarro en mis encías.
Durante el día voy a clase, estudio, tomo copas con mis compañeros de la facultad. Me dicen que se me ve cansada, que se me notan las ojeras. Me dicen que me tome mi tiempo. Ana, mi compañera de piso, se deja caer de vez en cuando. Pasa muchas noches en casa de su novio. Él es un tipo mayor, tiene su propio apartamento. Acaba de separarse de su mujer, tiene un buen trabajo, sin hijos. Según Ana es el rollo perfecto: no quiere líos, solo pasárselo bien y además lo paga todo. He quedado con ellos un par de veces. Nos fuimos de bares. Él se llama Rafael y es alto y moreno. Guapo. Muy guapo. Tanto que a veces pienso en él. Cuando no puedo dormir. Pienso en él fumando sus cigarrillos negros, llevándoselos a la boca, a sus labios gruesos, espirando un humo gris, un aroma amargo y caliente, que huele a viajes en coche escuchando el fútbol en la radio, a tardes de infancia mirando la lluvia desde la ventana, a colchón quemado hasta los muelles, que me atrapa, me envuelve y me encoge el estómago. Quiero mezclarme con él, con su olor, con su sabor a alquitrán.
Era sábado. Llamó a la puerta, dijo que buscaba a Ana. Ana se fue el fin de semana a ver a sus padres, ¿no te lo dijo? Respondió que sí, es cierto, se había olvidado. No supe si creerle. Le ofrecí una cerveza. Nos sentamos en el balcón con los abrigos puestos. ¿Te importa que fume? No me importa. No le dije de hecho quiero que fumes, quiero que me envuelvas en el humo de tu boca como dentro de un edredón caliente. Sacó un cigarrillo con un golpe del paquete y lo encendió. Un zippo cromado. ¿Quieres uno? No fumo, respondí. Haces bien, es un vicio asqueroso, sonrió. Ese vicio mató a mi padre, dije de repente, sin saber que lo soltaría. Aparté la mirada. La fijé en los árboles de la acera, en las fachadas del edificio de enfrente, en su pintura rosa descascarillada. Es verdad, me lo contó Ana. Lo siento mucho. Yo no quería hablar de ello. No quería recordar el frío de aquella noche, la llamada a mi madre, la sirena de bomberos, la fachada con la ventana rota, la imagen del dormitorio negro y del colchón carbonizado que nunca llegué a ver.
No me hizo preguntas. Siguió fumando, observando la calle, expulsando el humo a través del hueco de sus labios. Me gustó su silencio. Nos comunicábamos a través de las volutas que escapaban de su boca y que yo recogía hasta que no cabían más en mis pulmones.
Se quedó hasta el día siguiente. Lo retuve yo, aferrándome a su aroma a tabaco negro. Aquella noche dormí profundamente, sin voces en mi cabeza, sin sueños. Por la mañana le pedí que fumase a mi lado, aún tumbados en la cama. Abrazada a él volví a dormirme. A soñar con mi padre. Me miraba desde los pies de la cama, sentado en el colchón, dejando caer la ceniza de su cigarrillo sobre la colcha, dibujando agujeros con borde negro en la tela. Cuando me desperté Rafael se había ido. Había tirado las colillas a la papelera. Las recogí y las deshice frotándolas entre mis manos. Me las llevé a la cara, cerré los ojos y aspiré. ¡Despierta!
Mi madre me hizo prometerle que nunca fumaría. No puedo afrontar otra muerte, dijo. Ya estaban separados cuando mi padre, el fumador empedernido, se quedó dormido con el cigarrillo entre los dedos en su dormitorio del pequeño apartamento al que se había mudado. Era mi fin de semana con él, pero volvía tarde. Había salido con unos amigos, me había tomado unas copas. Sabía que a él no le gustaba, pero no me importaba. Todavía estaba enfadada. Con él, con mi madre, conmigo. Con la tía con la que se había acostado.
Rafael volvió varias veces mientras Ana estaba fuera. No quería que ella se enterase. A mí me daba igual. Hacía tiempo que todo me daba igual. Caminaba por el mundo envuelta en un traje hecho de plástico de burbujas. Todo era mullido, nada podía tocarme. Por supuesto ella se enteró. Lo olió en el aire, en su perfume, en las latas llenas de colillas en la basura, en su zippo que yo le había robado del bolsillo y guardaba en mi cuarto, donde practicaba a abrirlo con el método palm squeeze, el favorito de mi padre. Envuelves el zippo con la mano, lo sujetas firme, aprietas rápidamente la palma y los dedos como si quisieras aplastarlo. Et voilá, la tapa del encendedor se abre como por arte de magia. Creí que se enfadaría, que montaría una escena, que me insultaría. Yo estaba preparada. En lugar de eso me castigó con su mirada de compasión y su silencio. Un silencio que sonó como una burbuja que se pincha y explota. ¡Despierta!
No volví a ver a Rafael. Creo que tampoco Ana. Su ausencia ocupaba tanto en el apartamento que no había suficiente espacio para los tres. Me mudé. A un estudio tan diminuto que, cuando me estiro demasiado en el colchón, mis pies casi tocan la cocina. Mi padre me visita menos y duermo algo mejor. Me meto en cama con el zippo apretado en mi mano. Su tacto es frío al principio, luego se calienta. Las noches que me siento particularmente insomne, enciendo un cigarrillo con la llama azul del mechero y lo coloco dentro de un vaso. Allí lo dejo arder, consumirse sin prisa, morir. Cierro los ojos, aspiro y dejo que me envuelva la niebla espesa de la nicotina.
Texto: Pilar Pérez
Imagen: Generada con la inteligencia artificial