Doctora, la lucha se acaba aquí. Me da igual lo que digan los exámenes, las estadísticas y los tratamientos experimentales. Estoy harta de pruebas, medicamentos, fiebres y vómitos. Este es mi cuerpo. No quiero discutirlo más. Además, ya no me da miedo. Ya no me asusta.
Elisa salió de la clínica y volvió a casa, a su autocaravana en el parque. Llevaba viviendo allí siete meses, desde que se jubilara. Era más barato y estaba cerca del hospital. Además, no necesitaba más espacio. Tenía suficiente y se había acostumbrado a los vecinos. Estos la recibieron con una barbacoa alrededor de una hoguera. Salchichas y hamburguesas. Música. Cervezas, muchas cervezas. Risas de niños correteando. La más pequeña tenía un estetoscopio de juguete con el que los auscultaba a todos. Soy la doctora Olivia, se presentó, y voy a reconocer a mis pacientes. ¡Muy buenos latidos!, exclamaba. O ¡Estupenda salud!, o ¡No oigo nada, estás muerto! Cuando le llegó el turno a Elisa, la niña apoyó la membrana del aparato sobre su vientre. Su tacto era frío, le provocó un estremecimiento. Mmm, murmuró Olivia. Movió la membrana un par de veces, escuchando. Interesante, sentenció. Y se alejó riendo hacia su próximo paciente.
Aquella noche Elisa fue incapaz de dormir. Boca arriba en la cama escuchaba el zumbido entrecortado de la nevera, el tic tac del reloj, el silbido del viento en los árboles, los ladridos perdidos de algún perro callejero. Pero sobre todo escuchaba su cuerpo. Si posaba la mano en su pecho podía sentir los latidos de su corazón, un golpeteo amortiguado y rítmico, como tambores en una selva lejana. Luego la llevaba al cuello. Percibía el fluir líquido de la sangre en sus venas, como el agua en las cañerías que regaban el campo.
Aquellos primeros días se dedicó a descansar, a volver a la vida normal. Hacía la compra, la comida, charlaba con las vecinas. Por las tardes se sentaba con un café junto al estanque. Allí observaba el balanceo de los juncos en el viento. Era primavera y la charca estaba llena de renacuajos, pequeñas criaturas que coleteaban entre las algas y las plantas. Sobre la superficie, insectos de patas finísimas jugaban a desplazarse como aprendices de patinadores de cuatro pies. Elisa bebía su café con las manos sobre el vientre, imaginando su interior como otro estanque, más profundo y oscuro, preguntándose qué clase de criaturas lo habitaban.
Una tarde se cruzó con Olivia, que dibujaba flores en un cuaderno. ¿Me prestarías tu estetoscopio?, le preguntó. ¿Estás enferma otra vez?, preguntó la niña con gesto de preocupación. Mi mamá me dijo que estuviste en el hospital. No, estoy bien, pero me gustaría hacer un experimento. Vale, dijo Olivia. Pero acuérdate de que soy la médica del parque y que cuidaré de ti. Tómate esta medicina. Y le dio una gominola rayada con forma de lombriz de colores brillantes.
Se sentó al borde del agua, sus pies rozando el lodo, mordiendo la gominola y observando los peces asomarse a la superficie marrón, sus bocas abriéndose y cerrándose, formando pompas, en busca de una gota de oxígeno. Pensó que parecían querer hablar; pedir ayuda desesperadamente. Se colocó los auriculares del estetoscopio en los oídos y apoyó la campana en su pecho. Le sorprendió la fuerza de sus latidos, y que un juguete pudiera captarla con tal claridad. Movió el aparato, ahora a su estómago. Le pareció percibir un rumor, un arrullo, un río lejano corriendo entre piedras. Cerró los ojos, siguió moviendo la campana. Soltó aire. Escuchó y escuchó. Escuchó los pájaros agitando sus alas sobre ella, los grillos cantando, escuchó las hojas de los árboles agitándose en el viento, el llamado estridente de las cigarras, las risas de los niños, el aire de su respiración, los latidos de su pecho, los sonidos de su estómago, y lejos, muy lejos, muy dentro, algo como un gorgoteo, un burbujeo, un susurro, un eco. Elisa abrió los ojos y sonrió.
Al volver a la caravana para preparar la cena volvió a cruzarse con Olivia. ¿Qué tal está mi paciente?, le preguntó ella sacando del bolsillo el cuaderno con un lápiz enganchado a las anillas. Muy bien, gracias. De hecho, me encuentro mucho mejor. Olivia apuntó algo en el papel. Vale, tomo nota. Sigue tomándote la medicina que te receté. Y le dio otra gominola.
Día tras día Elisa visitaba el estanque. Olivia la acompañaba de vez en cuando. Seguía recetándole la medicina, aquellos gusanos largos y blandos, dulces y pegajosos que comían juntas mientras jugaban a observar las libélulas. Los renacuajos se habían metamorfoseado en pequeñas ranas, húmedas y resbaladizas, que devoraban a los patinadores.
Con el verano el calor se volvió sofocante. Los mosquitos enloquecían a los vecinos con sus zumbidos y picaduras. Las ranas croaban y se abrazaban en el estanque. En la caravana Elisa se secaba la cara con un pañuelo mientras se refrescaba con su abanico. De repente sintió fuego en el estómago, una náusea, y su piel se bañó de sudor. Tomó aire, pero el dolor aumentó, irradiaba de su vientre hacia sus miembros, le temblaban las piernas. Tenía tanto calor, parecía que su piel iba a arder en llamas. Salió de la caravana, caminó como una zombi en dirección al estanque. Imaginó que el aire sería más fresco allí. La náusea subía por su garganta, le quemaba. Llegó a la charca cuando creyó que no podría caminar más. Con la vista borrosa se quitó las zapatillas y metió un pie en el agua. Estaba fresca, era maravilloso. Aunque el fondo era resbaladizo y viscoso. Metió el otro pie y caminó despacio, adentrándose en aquel pequeño mar.
La capa de algas era espesa como la nata de la leche, no podía ver sus pies, sus rodillas, no podía ver nada. Siguió adelante, hacia el interior, apretando los dientes, apretando su estómago. La piel de sus piernas se erizaba con el roce de las plantas o tal vez eran las colas de los peces, no podía estar segura. Una náusea más fuerte la hizo doblarse, las rodillas le fallaron y cayó de frente, salpicándose el vestido, la cara, el pelo. ¿A qué olía? No estaba segura, a algo verde y profundo. Con cuidado giró y se tumbó boca arriba, sostenida en aquel líquido amniótico. Sus cabellos se le enredaron en una planta, sujetándola como un ancla al barco. Cerró los ojos, se concentró en el calor del sol en la cara, en el frescor del líquido en su piel. Oía el interior de la charca, sus chasquidos, sus ecos. Sentía los zumbidos de los insectos a su alrededor. Soltó aire. Su vientre comenzó a calmarse, a acompasarse a aquel rumor, al balanceo.
La voz de Olivia le llegó amortiguada, como desde un universo lejano. ¿Elisa, estás bien, te has caído? Abrió los ojos y giró la cara. Vio a la niña de pie al borde del estanque. No, no me he caído; solo estoy flotando. ¿Quieres acompañarme? La niña pareció sorprendida, dudó por un momento. Entonces se quitó las sandalias y dio un paso. ¡Iuuu!, gritó arrugando la cara. Siguió caminando adentrándose en el fango, estirando sus brazos, intentando no resbalar. Cuando llegó junto a ella, metida hasta la cintura, se agachó, se dejó caer de espaldas, su vestido ondeando a su alrededor como las hojas de un nenúfar. Elisa estiró su mano y tomó la de la niña. ¿Sabes una cosa, Olivia? Eres una doctora excelente. La mejor que he tenido. ¿De verdad? Sí, me has curado, ¿sabes? La niña le apretó la mano. Me alegro. ¿Qué hacemos ahora?, preguntó. Ahora cerramos los ojos y flotamos. Vale. Olivia estiró los dedos de su mano libre y acarició la superficie. Cerró los ojos y se dejó mecer suavemente por la brisa.
Texto: Pilar Pérez
Foto: Ophelia de Friedrich Wilhelm Theodor Heyser