Quise contarle por qué me dolía tanto, por qué mi reloj parado marcaba el comienzo del fin de los tiempos, pero no creí que pudiese comprenderlo.
Salí de la relojería con paso incierto, el suelo se había convertido en arenas movedizas. Todavía llevaba el reloj en la mano, como quien lleva un parajillo agonizante. El dependiente era un chico joven y amable, poco preparado para las lágrimas repentinas de una clienta a la que se le comunica que su vieja reliquia no tiene arreglo. ¿Estás seguro? Dije con una vocecita muy pequeña. Me explicó con un montón de palabras que no comprendí que el mecanismo era muy antiguo y estaba demasiado deteriorado y que lo sentía mucho.
Quisiera habérselo explicado como me lo contó mi abuelo. Él había sido relojero toda su vida, cuando el oficio era un arte y los relojes, analógicos, objetos mágicos y maravillosos. Alicia, me llamó sentado a los pies de mi cama aquella noche que yo hervía de fiebre con la gripe. Me acercó el reloj que llevaba siempre en el bolsillo de su chaleco, atado con una cadena al ojal. Escucha atentamente, ¿los oyes? Pegué la oreja a la esfera y sentí el frío del cristal y las pulsaciones de aquel objeto como los latidos acelerados de un corazón mecánico. Asentí aún sin entender muy bien a qué se refería.
Eso que oyes son los tictacs, continuó, criaturas diminutas que habitan los relojes. Es imposible verlas a simple vista. Es necesaria la lupa del relojero, y aun así no es fácil, ya que son tímidos y asustadizos. Tienen dos ojos muy grandes y un pelaje muy fino y delicado que ondula permanentemente a pesar de que dentro del reloj no corre aire. Es a través de ese pelaje que perciben el tiempo. Se comunican entre ellos entrechocando sus dos largas antenas. Cada reloj tiene al menos tres, uno por aguja. Son ellos los responsables de moverlas y así medir la hora.
A mis siete años yo estaba fascinada. Cuéntame más sobre ellos, le pedí entre toses. Él me hizo una descripción completa, como un profesor que da la lección:
Existen varios tipos de criaturas en cada reloj:
Los tictacs segunderos:
Se sabe que los tictacs que mueven el segundero son nerviosos y huraños. Esto se debe a que tienen poco tiempo libre y un trabajo muy estresante. La falta de sueño los vuelve irritables y es por eso que refunfuñan generando un sonido que podemos distinguir si prestamos atención. Cada vez que empujan la manecilla sueltan un quejido de rabia y esfuerzo, tic, tic, como un tenista que devuelve el golpe.
Los tictacs minuteros:
Los que empujan el minutero son más tranquilos y con un gran sentido el humor. Inventan chistes al minuto para entretenerse entre un empujón a la manecilla y el siguiente. Cada vez que un tictac segundero se cruza con ellos chocan sus antenas y lo saludan con una reverencia mostrándoles respeto por su trabajo.
Los tictacs horarios:
El tictac de la aguja horaria suele ser un ególatra, se cree el habitante más valioso del reloj. Sin embargo, los demás tictacs los consideran unos vagos. Además de trabajar mucho menos, mueven la aguja más pequeña. Estas tensiones entre sus habitantes son comunes en los relojes.
Los tictacs aulladores:
Los encontramos en aquellos relojes con aguja de alarma. Tienen una boca enorme que les permite gritar tan alto que pueden despertarnos en mitad de la noche. Cuando no trabajan, duermen. De ahí que estén gordos, debido a la falta de ejercicio. Son odiados sobre todo por los estudiantes universitarios en época de exámenes.
Los tictacs buceadores:
Los únicos que saben nadar. Cantan y chapotean felices bajo la ducha. Les encanta la lluvia, pero sobre todo adoran bucear. Conocen todos los mares y criaturas marinas. Su ilusión es un día abandonar su esférico hogar y nadar libres en la inmensidad oceánica.
A pesar de sus diferencias estos seres comparten una conciencia común. Gracias a ella todos los tictacs del mundo están conectados y todos los relojes marcan la hora correcta. Ellos saben cuál es la hora en España, en Australia o en Singapur. Cuando un tictac se hace muy muy viejo, pierde fuerza y le cuesta empujar la aguja. Por eso los relojes se atrasan y llegan a pararse cuando uno muere. Entonces los otros tictacs del reloj se sientan, apoyan la cabeza en sus rodillas y lloran. El relojero debe consolarlos y sustituir la criatura fallecida por otra joven, y el reloj vuelve a ponerse en marcha.
¿Y los Casio? Le pregunté aludiendo a la moda que hacía furor entre mis compañeras de colegio.
Los Casio… Pareció meditarlo un poco. Esos relojes modernos no tienen manecillas, solo pantallas que marcan la hora en formato numérico. No hay vida en esos aparatos, no tienen alma, solo circuitos electrónicos y baterías. Si los relojeros dejan de fabricar relojes de verdad, dejarán también de criar tictacs. Por esa razón la especie está en peligro de extinción y este reloj es para ti. Me acercó una caja negra pequeña y cuadrada. Dentro un reloj de pulsera dorado, con una esfera gruesa tan grande como mi muñeca. Para que puedas escucharlos, me dijo. Un día el último tictac morirá y con él el ultimo reloj mecánico. Y entonces quedaremos a merced de las computadoras y el tiempo será solo un concepto medido por programas informáticos. ¿Cómo podremos estar seguros de que vamos en la buena dirección? ¿Cómo sabremos que el tiempo que miden no se acelera o decelera? El día que el último tictac muera, el tiempo morirá con él. Me ayudó a ponérmelo y a cerrar la pulsera y dejó que me durmiera con la cabeza sobre mi mano, acunada por su palpitar.
Había comenzado a llover. Abrí el paraguas y envolví el reloj en un pañuelo. Antes de guardarlo en el bolsillo del abrigo lo acerqué al oído. Solo me devolvió silencio.
Texto: Pilar Pérez
Ilustración: La persistencia del arte – Salvador Dalí
Una respuesta
Hermoso y nostalgico. El tic tac de los recuerdos que a pesar de su silencio seguira marcando las horas en la memoria. Gracias por un bello relato.