Por aquellos días yo era una joven de apenas veintiún años. Cruzaba el Atlántico por primera vez, resuelta a comprobar si París seguía siendo una fiesta. La ciudad de los años setenta aún conservaba el fervor intelectual y artístico que ni la guerra ni la posguerra habían conseguido borrar.
Los cafés de Saint-Germain-des-Prés, las galerías de la Rive Gauche, los jardines de Luxemburgo, los bares del Barrio Latino y las casas de alta costura convivían con una sociedad que, a mis ojos, parecía sacudida por la modernidad. Se decía que los sucesos del movimiento estudiantil de 1968 habían transformado el país, pero yo sabía poco de aquello. En el Buenos Aires que había dejado atrás, los rumores políticos de Europa apenas se comentaban y, cuando se hacía, era a puerta cerrada.
La capital argentina conservaba un ritmo sosegado. En los cines de barrio murmuraban los proyectores; los colectivos fileteados cruzaban las calles con sus arabescos brillantes, y en San Telmo el tango aparentaba no tener descanso. Mis andanzas juveniles estaban impregnadas de una agradable indiferencia, y París esperaba con un empleo de lo más inusual para la época y para la chica hippie que habitaba en mí.
Mi trabajo al lado de una modelo parisina era una insólita mezcla de asistencia personal y labores domésticas. Podía pasar la mañana en un salón aristocrático, junto a Delphine, mientras se probaba vestidos de miles de francos, y terminar la noche compartiendo una cena barata con otras jóvenes en un piso diminuto de Montparnasse. Ella era capaz de vestir un traje de alta costura para una sesión fotográfica en el Hotel Ritz por la mañana y, al caer la noche, perderse anónimamente entre la multitud en las calles medievales de Saint-Germain.
Nunca supe si Delphine era su verdadero nombre o una invención profesional. Tampoco me atreví a preguntárselo. Solo alcancé a familiarizarme con su desorden, una dejadez fácil de olvidar gracias a su belleza, como si su presencia nos diera a beber una pócima mágica. Por las mañanas, cuando entraba a su piso, recogía la ropa que tapizaba el suelo de madera: pantalones, faldas, blusones, abrigos, sujetadores, y, en ocasiones, bragas. Muchas de aquellas prendas eran préstamos de las casas de alta costura para las que Delphine trabajaba. Nombres como Yves Saint Laurent, Pierre Cardin, Givenchy y Christian Dior evocaban la elegancia etérea del París que yo comenzaba a adorar. Vivía en un mundo que no era el mío. Era una feliz intrusa.
Muchas noches me entregaba al placer de perderme entre la multitud, como la Maga de Rayuela, por las callejuelas escondidas o a orillas del Sena, para capturar el instante en que todas las luces se encendían sobre el río. En el escaparate de una librería de Saint-Germain, mi reflejo se mezclaba con los libros; una chica de abrigo largo y botas de cuero argentino, suspendida entre títulos que había oído mencionar a su abuelo. Algunos eran para mí tan preciados como el pañuelo de seda que lucía al cuello, regalo de Delphine. Del sueldo que recibía, ahorraba una tercera parte; las otras dos se me iban en el alquiler y los libros. De la comida no tenía que preocuparme, ya que la modelo era de poco apetito y a menudo me obsequiaba bolsas cargadas de provisiones para varios días.
Recuerdo sus viajes y el frenesí de empacar prendas de todo tipo. Era exigente. Conducía su vida con la disciplina física y mental que su profesión le imponía. Tenía el físico de una bailarina de ballet, aunque llevaba el cabello suelto, casi salvaje, al estilo de la famosa Brigitte Bardot. Una cajetilla de cigarrillos Gauloises formaba parte de sus accesorios de viaje. Yo acudía puntualmente a recibirla después de cada gira o vuelta de la costa mediterránea cuando se escapaba con algún amante.
—No necesito bikini para ir al mar. Ya tengo suficiente con toda la ropa que luzco a diario.
Y en un momento el traje de baño salía volando del maletín para caer en mis manos. París le ofrecía aquella extraña forma de libertad: ser admirada por todos, en perfecta armonía bajo la mano artística de los diseñadores más icónicos y, al mismo tiempo, poder estar desnuda en una playa sin que nadie la reconociera.
En respuesta a una de mis cartas, en la que le resumía la vida glamurosa que llevaba al lado de Delphine, mi madre atinó a preguntarme si acaso la modelo tendría la dicha de poseer unas piernas monumentales como las de Marlene Dietrich. Al leer la carta, recordé una frase que mi madre repetía:
—Solo unas piernas como las de la Dietrich podrían detener el tráfico de Buenos Aires. ¡A ver quién se atreve a desafiarlas!
Después soltaba una carcajada mientras intentábamos cruzar las avenidas de la capital porteña para alcanzar alguno de los colectivos que pasaban sin horario fijo.
Supe por Delphine que Marlene ofreció una de sus últimas actuaciones en el Espace Pierre Cardin de París, y después se había retirado de la vida pública. Sin duda había perdido la oportunidad de admirar sus famosas piernas y así poder describírselas a mi madre.
A finales de la década de los setenta, Marlene Dietrich vivía en un discreto apartamento. La mujer que había conocido los escenarios de medio mundo se ocultaba ahora detrás de un portón de la Avenue Montaigne. Daba la impresión de que custodiaba un pasado de sofisticada belleza y canciones susurradas en alemán y francés. Era la imagen de una estrella mundial que observaba desde la sombra una ciudad que ya no le pertenecía.
Durante un par de semanas pasé varias horas al día vigilando la entrada del edificio donde vivía Dietrich. Como si me encontrara en La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock, observé con prudencia las entradas y salidas con la esperanza de verla.
Probablemente me había cruzado con ella sin reconocerla. Al final supe que era la mujer de la gabardina azul que salía a tirar la basura. Llevaba zapatos bajos, medias blancas hasta las rodillas y una boina que le cubría el cabello. Las gafas oscuras escondían sus ojos. Solo la delataban los labios, todavía pintados de rojo carmín.
La vi desaparecer otra vez detrás del portón, y pensé en mi madre, en aquellas piernas capaces de detener el tráfico de Buenos Aires. No sentí decepción. Comprendí, más bien, que también las leyendas necesitaban bajar a la calle con una bolsa de basura en la mano. París concedía la fortuna de rozar por un instante una vida ajena y hacernos creer que también nos pertenecía.
Texto y foto: Mayte Calderón Grobet