La última dedicatoria: un relato sobre Hemingway

«In order to write about life, first you must live it»

Ernest Hemingway

El final no fue inesperado. Fue dramático y, en cierto modo, consecuente con el personaje que él mismo se había encargado de construir. Quiso ser un héroe como los de sus libros, atrapado en la constante atracción del peligro: testigo de las turbulencias del mundo, combatiente hasta el último instante contra los demonios que lo persiguieron durante gran parte de su vida. Aquella mañana en Ketchum, Idaho, la escopeta los silenció por fin. 

No es ningún secreto que ese fue el desenlace que Hemingway escogió para cerrar su historia, aunque no para ser recordado. Vivió con intensidad para poder escribir, y es gracias a una prosa distinta e innovadora que sus novelas y relatos han quedado inmortalizados. 

Mi primer contacto con Ernest fue a través de El viejo y el mar. Una novela de apenas noventa y nueve páginas —al menos en la edición que yo leí—, en la que la lucha de Santiago por atrapar al marlín me remitía a las pruebas de Ulises en La Odisea. A esa edad yo todavía no sabía leer del todo a Hemingway; solo sabía acompañar a Santiago en su terquedad. No había desarrollado un gusto sólido ni una comprensión profunda de la literatura clásica, y lo que me pareció la aventura obstinada de un viejo pescador se transformó, años más tarde, en una lección de resiliencia pura y de desafío frente a lo inevitable.

Sentí el sufrimiento de Santiago ante la fuerza del mar: me contagié de su coraje, de su voluntad de mantenerse a flote y regresar a puerto. Pero solo después de años de lectura y cierta maduración interior logré acercarme de verdad al autor. Hemingway seduce cuando se lee en voz alta, cuando uno deja que la cadencia de su prosa revele toda su potencia. Entonces se comprende que lo esencial de sus relatos está escrito con tinta invisible y que solo se revela a la luz del discernimiento. 

El síndrome de Stendhal llegó más tarde, gracias a las recomendaciones de mi amiga, la escritora Patricia Bernardo, quien cultiva una pasión singular por Ernest Hemingway y fundó el blog Hemingway tenía razón. Lo que voy a contar a continuación, la dejaría asombrada. 

En enero de 1954, Ernest Hemingway sobrevivió a dos accidentes de avión en días consecutivos, mientras sobrevolaba las sabanas de Uganda en busca de elefantes. En su caso, la realidad fue más temeraria que la ficción. El primer avión aterrizó de panza sobre la espesura de la selva de la llamada «perla de África»; el segundo se incendió. De África salió con el cráneo fracturado, heridas internas y una conmoción cerebral de la que, en realidad, nunca se recuperó. 

Sesenta y dos años más tarde, Curtis DeBerg, profesor universitario, y estudioso apasionado de la vida y la obra de Hemingway, sufrió un accidente de avión del que apenas salió con vida. Lo sacaron a la fuerza de entre los escombros. Tenía la tibia rota en dos lugares y la pelvis destrozada. No padeció una lesión cerebral, pero sí un dolor físico de proporciones devastadoras, capaz de arrastrarlo a una honda crisis existencial.  

En medio de ese sufrimiento recordó a Hemingway y lo convirtió en una suerte de punto fijo, en una figura de resistencia a la que podía aferrarse. Si Hemingway había sobrevivido a dos accidentes y había encontrado todavía fuerzas para seguir escribiendo, aun cuando después de 1954 no volviera a alcanzar la cumbre editorial de sus años mayores, entonces él también podría seguir adelante.

Curtis, como Patricia, pertenece a esa clase de lectores para quienes Hemingway no es solo un autor, sino una forma de mirar el mundo. En 2016, cuando su avión se precipitó, soñaba con recorrer los lugares que, de una manera u otra, habían quedado inscritos en la geografía hemingwayana: París, Cuba, Cayo Hueso, Ketchum, Ohio, Minnesota, Pamplona. Fue entonces cuando se prometió a sí mismo que, si lograba recuperarse, seguiría las huellas del escritor al que tanto admiraba. No podía imaginar que ese itinerario de devoción acabaría conduciéndolo a un hallazgo extraordinario.

Me encuentro en la sala de exposiciones del Museo del Premio Nobel, en el corazón de Gamla Stan, la ciudad vieja de Estocolmo. Afuera nieva sin cesar. Adentro, todos aguardamos a Curtis DeBerg, que está a punto de donar al museo un objeto que perteneció a ese autor mítico que supo construir escenas memorables tanto en la literatura como en la vida. Así anuncian a Ernest Hemingway, y Curtis comienza a contar su historia con la misma fervorosa atención con la que otros se acercan a las páginas de su autor predilecto.   

La travesía de Curtis tras los pasos de Hemingway lo llevó a Rochester, donde visitó la Clínica Mayo, el hospital en el que, en 1960, Hemingway fue internado por un severo cuadro depresivo. Allí lo enviaron con la hermana Lauren, una monja franciscana que en su juventud había participado en el cuidado del escritor. La religiosa de noventa y nueve años lo recibió para una entrevista breve, detrás de un enorme escritorio de caoba que la hacía parecer todavía más pequeña y encorvada.  

—Antes de que vaya a su reunión, hermana Lauren, ¿de casualidad le obsequió algo el señor Hemingway?

—Si, me dejó un árbol plateado de Navidad que Mary le había llevado al hospital. Me lo dejó firmado.   

—Estupendo, hermana Lauren. ¿Aún lo conserva?

—Señor Curtis, ese árbol lo doné hace muchos años al museo de Hemingway en Florida. Pero ahora que lo pienso, también me obsequió un libro. 

—¿Un libro? ¿Lo tendrá a la mano para echarle un vistazo?

—Tengo que buscarlo. Llámeme en dos semanas. 

Pasado ese tiempo, Curtis llamó para felicitar a la hermana Lauren: acababa de cumplir cien años. Luego le preguntó por el libro. 

—Pues no encuentro el libro. No sé qué he hecho con él. Pero, señor Curtis, encontré otro en los archivos del convento: el que le obsequió a la hermana Immaculata, mi superiora. Y tiene una inscripción. 

Varias semanas después, el libro llegó a manos de Curtis DeBerg. Cuando leyó la dedicatoria, escrita de puño y letra por Hemingway, y reparó en la fecha, comprendió que estaba ante la última dedicatoria conocida del autor, escrita apenas dieciséis días antes de su suicidio.  

Hay algo en esas últimas palabras finales que desentona con el estampido de la escopeta del 2 de julio de 1961. En ellas, Hemingway todavía habla desde la esperanza. Todavía imagina el regreso de la escritura. Todavía se concede, aunque sea por un instante, la posibilidad de un porvenir.  

«A la Hermana Inmaculata, este libro, con la esperanza de escribir otro igual de bueno para ella cuando mi suerte con la escritura vuelva a estar de mi lado, y así será, y lo estará»

Tal vez ese sea el último enigma de Hemingway: que incluso al borde del abismo siguiera invocando la promesa de una página futura. Como si hasta el final hubiera querido creer que la literatura —y no la muerte— tendría la última palabra.


Texto: Mayte Calderón Grobet

Image: tomada de la prensa


COMPÁRTELO:

Facebook
X
LinkedIn
Email
WhatsApp

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

PUBLICACIONES RELACIONADAS

Sakura

Señora Luna

Postal para un desconocido