Señora Luna

«Niña no abras el balcón

Que esta la luna florida

Niña, que un rayo de luna 

Viene a contarte mentiras».

Se hace poesía al andar, Alvaro Calderón Abdé.

Acostumbraba a caminar atemorizada por las calles de la ciudad que me vio crecer. No eran los asaltantes sino el reflejo de la luna en las aceras, lo que me producía temor y hacía que mis piernas se movieran con ritmo acelerado. No entendía que la luz natural del cielo, mezclada con la que proyectaban las farolas del alumbrado público, fueran mis aliados. 

«Saluda a la señora Luna» me había dicho la abuela en numerosas ocasiones cuando llamaba por teléfono y la señora en cuestión asomaba su cara por la ventana. Era difícil escapar a la mirada de ojos grandes y hundidos que observaban todo lo que sucedía en casa mientras las cortinas estuvieran abiertas. Era titánica y me perseguía por todos los rincones.  La abuela quiso que me enamorara de la luna, pero solo logró que le temiera.    

Hay imágenes de infancia que se quedan grabadas por años. El temor al satélite terrestre se manifestó con exactitud cuando en un viaje por carretera, mi padre tuvo que detener el automóvil con urgencia para que yo pudiera orinar fuera. Era de noche y el resplandor de una luna llena me deslumbraba. Tenía ocho años y no pude resistir al miedo visceral que sentí por esta señora vestida de blanco. Espantada me subí al coche y le pedí a papá que arrancara lo antes posible. Ya no tenía ganas de ir al baño, solo quería cerrar los ojos hasta que el motor se detuviera.   

En la historia de la humanidad, ella ha sido la brújula por excelencia de exploradores y navegantes. «La luna teje caminos de plata sobre la mar», frase transmitida por marinos experimentados de la antigüedad. Dicen que ha regalado leyendas y vigilado a amantes clandestinos. Yo la imagino, como una señora curiosa, que abre de poco a poco, las puertas del cielo. Es juguetona, diría la abuela, porque le gusta esconderse en menguante, caminar en creciente, bailar en nueva y terminar vestida de gala en llena, cantando en la oscuridad con reluciente redondez. 

Leí hace algún tiempo, que al Camino de Santiago se le conoce como el Camino de las Estrellas por tener un vínculo inseparable con el cielo nocturno.  Era cuando el camino estaba en boca de todos, y yo quería ser peregrino. Descubrí que, si programaba mis salidas para que coincidieran con la luna llena, podría caminar de noche. Me atraía la idea de entrenar con el silencio del crepúsculo y concluir el recorrido con los rayos lunares que aportaban misterio a la aventura. 

Los tropezones de la vida y un verano recordado por las inundaciones que causó la lluvia hicieron que el viaje a España se cancelara. Metería el sueño por el peregrinaje ancestral y los zapatos de montaña, en una de las cajoneras del armario. Lo único que este intento fallido había logrado era que empezara a creer en la generosidad de la Señora Luna. 

No hace mucho, volví a retomar el senderismo después de no practicarlo durante quince años. El ímpetu por conseguir un nirvana en plena caminata había quedado atrás. Soportaba el peso del desorden hormonal propio de la edad y la mochila que cargaba iba equipada con el objetivo de mejorar tanto salud mental como física. Ahora la experiencia de caminar en la quietud se transformaba en una «lucha de gigantes», como la canción de Nacha Pop, también «corriendo con una bestia detrás» sin aliento, con dolor en la espalda y agujetas en las pantorrillas. 

Lo peor fue cuando los noruegos llegaron de visita. Necesitaban hacer todas las rutas habidas y por haber en Murcia. Habían escuchado sobre el macizo montañoso de la Sierra Espuña, visto fotos de la costa agreste de Calblanque y para mi sorpresa tenían guardado un video de la asombrosa Muralla de King Kong ubicada en el Parque Regional de El Valle y Carrascoy. 

—¿Que tiene que ver King Kong con las sierras de Murcia? —la pregunta iba cargada de curiosidad mientras aguantaba la risa.    

—Es que son enormes formaciones calcáreas, como de película —nos dijo el dueño del restaurante a donde aparcamos—.  

—Seguro que si hacen la ruta entera verán la cara del gorila —y fue él quien estalló en una carcajada. 

Después de tres horas de trayecto, yo solo veía piedras en el camino, tenía sed y me concentraba para no perder el equilibrio por los pasajes más estrechos de la mentada muralla de King Kong. Reflexionaba en la importancia de tener un propósito al andar, esto no era el Camino, gruñía para mis adentros. La mente me mantenía alerta, mientras el cuerpo me pedía descanso. 

—El bosque tiene su propio abecedario, intenta encontrar letras. Piensa como escritora y seguro que las verás hasta en el aire —dijo Hege, la amiga noruega. 

—¡Qué me dices! Mira, en el aire no, pero si sobre la corteza del árbol, una «y» marcada. ¿La ves? —salté yo, emocionada con esta nueva forma de escribir. 

Pasaron cuatro horas, incluida la pausa para comer y beber electrolitos, cuando llegamos a uno de los miradores principales. Qué alivio, pensé. Las vistas eran espectaculares, se podía divisar la ciudad de Murcia, el campo de Cartagena y con algo de imaginación a lo lejos el Mar Menor con sus islas y la planta urbana de La Manga. Las paredes de las rocas a nuestro alrededor parecían trepar por las montañas. El encanto de la naturaleza, una vez más hipnotizaba. 

—¡Ahí está! —gritó Hege emocionada y buscó en su mochila la cámara fotográfica, una Canon EOS, de las de verdad, con la que sacaba fotos de concurso. 

Avancé para apreciar ese «trozo de roca» que con el tiempo se había despegado de la pared. Si, ahí estaba, la cara del gorila más famoso de la televisión. Me miraba con unas cuencas vacías, enormes como el terror que había sentido de niña y redondas como la mismísima luna llena. Deseaba contarle a la abuela que, a mi edad, ya eran otras cosas las que me asustaban.      

Evoqué la frase de: «No fueron los aviones. Fue la belleza la que mató a la bestia», dicha por Carl Denham, uno de los protagonistas en la película de King Kong. 
Esta senda enlazaba a la bestia con la naturaleza y su belleza. Era tarde, faltaba poco para que oscureciera, pero no quería descender hasta no verle la cara. 

Estaba convencida que la belleza de la Señora Luna mataría a la bestia. 


Texto: Mayte Calderón Grobet

Foto: Olof Sanner


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