Hacia la tierra de Papá Noel

«Es buena cosa volverse niños algunas veces» 

Charles Dickens, Cuento de Navidad

En realidad, el coche no estaba preparado para cruzar media Suecia en pleno invierno de febrero.  Llevaba neumáticos con clavos, tenía calefacción, pero la duda residía en que era un auto muy gastado. El viaje era arriesgado, seis horas de trayecto hacia los bosques de Dalarna con nieve constante, carreteras heladas que deslizaban con cualquier descuido y un chofer con poca experiencia. La suma de todo esto no compensaba la probable decepción en tres caritas si el viaje se cancelaba. 

Mis hijos deseaban que los llevara a la tierra del Santa Claus sueco. 

Ya nadie se acuerda cuánto duró. El tiempo lo medíamos por las paradas en las gasolineras para comprar café e ir al baño, los tramos donde podíamos preguntar si íbamos por buen camino, las indicaciones de Emilio, el menor de los tres, quien leía el mapa con acierto. Duró quien sabe cuánto y después, la noche cayó iluminada por luces de carretera, hasta llegar a un portal cerrado. Éramos cuatro debajo de unos pinos frondosos, por primera vez en terreno casi sin nieve, cansados ante un letrero que decía: «cerrado por temporada». 

He aprendido con los años que del amor más noble y puro surge la capacidad para enfrentar desafíos inimaginables para proteger a los seres amados. Hazañas que se llamaran heroicas con el paso del tiempo y la remembranza familiar. 

El parque de atracciones estaba detrás del muro y nosotros no lo podíamos ver. Creo recordar que en el trayecto hablamos de la película de Chevy Chase, «Vacaciones», en donde la familia Griswold llegaba a «Walley World» después de un trayecto desastroso y el parque no estaba abierto. Como la más clara ironía de la vida, revivíamos la hazaña de los Griswold. Si había que hacer alguna locura a la Chevy Chase, esta era la ocasión. En mi bolsillo llevaba un teléfono Nokia de aquella época sin posibilidad de internet. 

Ante la desesperación, y después de un «lo voy a solucionar» con voz sólida, empecé a gritar desde afuera a todo pulmón: «Abran la puerta, por favor».

Aunque esto que cuento sucedió hace muchos años, ha quedado el instante recortado en la memoria. Sé que conseguí el número de información de «Tomteland», el mismo parque que nos negaba su entrada. Esperé la respuesta con la mirada fija en la ilusión guardada por los niños. En secreto sabían que mamá lograría que el portón abriera de par en par. 

—Soy una madre que ha viajado 500 kilómetros con tres pequeños para conocer «Tomteland», ¿nos podría abrir? —ya la voz llevaba rastros de un llanto contenido.

—Disculpe, sí, pero el parque ha cerrado este fin de semana. No alcanzamos a anunciarlo — sonó la voz rasposa del encargado. 

—Ayúdeme, por favor. No les puedo romper el corazón…

Silencio. Después un «espere un momento». 

La quimera de poder saludar a Papá Noel seguía muy presente. Ahí fuera, la noche era azul y el silencio asfixiaba el ánimo. Todo parecía estar quieto hasta que alguien forzó desde adentro una de las puertas de entrada y ésta por fin cedió, dejando escapar el reflejo blanco de los faroles que alumbraban una aldea flanqueada por un lago congelado. Al fondo abetos, pinos y abedules completaban el paisaje para dar efecto de un bosque encantado. 

—Pueden pasar, los juegos no funcionan, pero el parque ha abierto dos horas para ustedes —la voz rasposa se había transfigurado en una voz dulce. 

Vimos la nieve acumulada en el alféizar de las ventanas de varias cabañas que conformaban el pueblo de los elfos. Los niños corrieron al trineo aparcado al lado de la casa principal y se sentaron sobre pieles de reno para que yo inmortalizara el momento. La única foto que ha quedado para el recuerdo. En la casa buscamos los rastros de Santa Claus, vimos los juguetes dispuestos en sacos de yute sobre mesas de trabajo, listos para ser trasladados por los duendes al trineo de la entrada. La cocina de la casa tenía mesas largas de madera con bancos a los lados y del techo colgaban bastones de caramelo y galletas de jengibre. Felices nos sentamos un rato a beber el chocolate caliente de la única máquina que parecía funcionar ahí. De los más ricos que he bebido en mi vida. 

Entendimos que Papá Noel estaba de vacaciones. Agradecidos contemplamos su retrato de tamaño real en la sala del chalet, para creer en su presencia y bondad. 

Esa noche, Pauli, Marina y Emilio, no sólo conocieron la casa del más generoso Papá Noel de los países nórdicos, sino que experimentaron de primera mano la magia de los milagros. Sin duda, la verdadera esencia de la Navidad. 


Texto y foto: Mayte Calderón Grobet


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2 respuestas

  1. Creo que para una madre dedicada no hay nada imposible. Para ellos, los niños, la mamá vuelve a ser la heroína de una historia que quedará siempre en sus memorias.
    El relato nos lleva a querer ser un niño o niña de vuelta. 🙂

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