La pasadita, una crónica mexicana

Hubo una época en la cual no se podían mencionar estas dos palabras en la familia: la pasadita.  Y no es que fueran malas palabras, esto como aclaración para la gente que no conoce las frases típicas mexicanas. O acaso, no es cierto, que cuando nos referimos a hacer algo en transcurso de otra actividad, decimos a menudo: «lo hacemos de pasadita» … o no sucede, que también hemos escuchado a las mamás de México decir: «dale una pasadita con el trapo a la mesa…» Esta es una frase con la que hemos crecido. En fin, que aquella «pasadita», por la cual mi hijo cerraba los ojos y suplicaba que no se le mencionara, era diferente a la pasadita de nuestras madres.

Resulta que en México existen varios restaurantes con el nombre de La Pasadita. Y muchos de ellos se localizan en carreteras o caminos saturados de tráfico con el fin de que el viajero hambriento se coma un taco, así nomás… «de pasadita».

Cada 31 de diciembre hacemos un recuento del año que se va, pero más importante es comenzar el nuevo año de una forma diferente. Arrancar un primero con renovado sentido de propósito, es visto como signo de buen augurio. En México, visitar una zona arqueológica para llenarse de luz, es una de las mejores opciones para dar la bienvenida a los doce meses siguientes. 

Con esa premisa, y en línea de salida del 2015, nuestros ojos se toparon con la pirámide de la serpiente emplumada en Xochicalco, ubicada en el estado de Morelos.  El museo de la zona se acababa de inaugurar y presentaba una colección completa de objetos encontrados en las excavaciones del área, así como una vista formidable desde el observatorio. Recuerdo el gozo de estar ahí, no íbamos en busca de magia, pero parecía como si el encanto de Xochicalco nos hubiera tocado. El sentimiento colectivo de paz interior y claridad prometía un año pintado de matices diferentes. Un clan de once integrantes; el más pequeño con apenas tres años y el mayor de setenta; todos envueltos en un halo de luz.

Pero fue al salir sonrientes y luminosos, cuando el hambre se manifestó, como si saliendo de esta localidad cercana a los dioses que la habitaron, nos acercáramos a la más primitiva condición humana. En un impulso nuestro vehículo nos había llevado a una casa con un letrero atrayente y de nombre La Pasadita.

Es ahora después de tanto tiempo que quiero recordar cómo se veía ese espacio que quedó enclavado en los huecos de la mente. Parecía haber salido de la nada, como si el embrujo de Xochicalco se torciera para que de repente apareciera este refugio, a unos cuantos kilómetros de donde estábamos. Por encima de la puerta principal, colgaba un letrero de letras rojas y anunciaba un bufé de treinta pesos; tarifa para atraer al viajero iluso, al débil y al hambriento. Solo para después ofrecer un veneno implacable, como una maldición no planeada, justo fuera del alcance de los dioses vecinos.

Entramos expectantes, con hambre y confiados en que el manjar mexicano subiera el ánimo y el nivel de azúcar. Comimos chicharrón en salsa verde, arroz con verdura y un picadillo de carne rosada que engañaba hasta el estómago más entrenado. El personal iba y venía de mesa en mesa, para ofrecer tortillas recién hechas y lo más asombroso es que por el mismo precio podías beber agua fresca, ya fuera de flor de Jamaica o de guayaba; lo escondido era que con seguridad contenían esos jarrones de agua bacterias que hasta ese momento nuestro organismo desconocía. 

Las matemáticas nos dejaron las siguientes cifras: de once integrantes, cinco cayeron en cama, cuatro sufrieron de movimientos intestinales fuertes y solo dos sobrevivieron al malestar con un Alkaseltzer estomacal. 

Cómo no recordar este incidente de comienzos de año. Lo que nos aconteció esos primeros días del 2016 fue de proporciones bélicas, con una duración de cuarenta y ocho horas. Durante mucho tiempo, maldecimos este sitio y juramos que volveríamos para cobrar venganza. Pero ¿venganza de qué y contra quién?  La única forma de olvidar todo y darle cierre definitivo era volver a hacerle frente. 

Así fue como diez años después de los hechos, emprendimos la tarea de encontrar de nuevo aquel sitio. Quise imaginar que lo veríamos cerrado, un paraje así tendría por definición que desaparecer de la faz de la tierra de Morelos. 

Con mucha expectativa, con susto, con rencor, con ganas de retribución; siete de los integrantes originales se montaron en una camioneta Dodge. El automóvil se detuvo en varios puntos para hacer memoria fotográfica y reconocer los alrededores. Parte del pueblo había cambiado y mejorado. Recorrimos un bulevar nuevo, vimos restaurantes, pero ninguno se parecía a La Pasadita.   

Paramos en un expendio de nueces y semillas y la señora que nos vendió dos bolsas de cacahuates enchilados, entendió la pregunta.  «Claro que La Pasadita existe, siga usted todo delante», nos dijo, «y a unos cuantos metros, frente a un hotel se encuentra el restorán. No está lejos. Sí… sí a unos cinco minutos en coche, señora», saltó la dependienta con la mejor sonrisa que una dentadura escasa y amarilla podía mostrar. 

Seguimos adelante y como si se tratase de una ilusión óptica, las banderas colgantes de variados colores aparecieron a la distancia. Coches estacionados enfrente de un local repleto de gente y el letrero ahora a un lado de la carretera, con el anuncio del odiado chiringuito mexicano. 

Cabe mencionar que ya a estas alturas el odio se había ido deslavando. El encuentro estaba lleno de expectativa, aventura y miedo. Los afectados ya estaban listos para enfrentarse a las garras del monstruo localizado detrás de los anafres de cocina. 

Todo seguía como lo recordábamos; un patio grande con mesas cubiertas de manteles de plástico, el bufé de la entrada presentaba los mismos platillos, solo el precio había cambiado. Tenían quesadillas, platos a la carta y por supuesto aguas frescas también. Como toque surrealista descubrimos un estanque, cerca de los baños, repleto de tortugas gigantes. Un microcosmos de tortugas fuera de lugar y contexto. 

Los que se aventuraron, llenaron su plato de picadillo, arroz amarillo, frijoles, tortillas, chile relleno y de postre el famoso arroz con leche que hasta la fecha mis hijos aborrecen. 

Cualquiera que lea esto, se preguntará del porqué de esta misión suicida y si al final todos pudimos llegar al 2026 sin ninguna consecuencia intestinal.

Me complace darle clausura a este episodio y concederle un final feliz. No hubo trastornos de ningún tipo, solo sanación al dejar libre la maldición del pasado. Por fin hubo reconciliación con esta crónica familiar. Cierro el libro titulado: «La Pasadita».

Como dice Oscar Wilde: «Detrás de cada cosa exquisita que existe, hay algo trágico».


Texto y foto: Mayte Calderón Grobet


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