Sueños desordenados

*

María se sienta confusa en la cama. Es hora de levantarse, lo sabe, pero no es capaz de hacerlo. Quiere hablar, decir algo, pero las palabras se escurren entre sus labios hasta perderse en torpes susurros, amagos de sílabas deshilachadas, desvanecidas en el silencio de la mañana. Tras la ventana de su habilitación están los Pensamientos rosa del alfeizar, la bailarina hawaiana moviéndose al compás del viento. Los mira y piensa, piensa en algo inconcluso. Solo alcanza a ver la claridad del día. Balbucea una sonrisa. Su hija ha venido para ayudarla. Sabe que es la hora, pero no es capaz de hacerlo.

**

—¡Ha vuelto a pasar, Alan!

La desordenada mañana de Palermo recibe a Marian y Alan desde el piso en el que llevan alojados varias semanas. Hay ropa tendida en el patio común, como guirnaldas con resaca después de una fiesta. La mezcla de olores procedentes del pakistaní inunda las escaleras y puertas de acceso del edificio hasta llegar a las mismísimas catacumbas. Entre los recovecos se cuela sin preguntar una claridad densa y rebelde, cargada de polvo. Esa luz persistente los invoca entre todo el bullicio de afuera: personas, turistas y música. Marian da vueltas por el salón. Se recoge el pelo, después lo suelta. Alan, tumbado en el sofá con los ojos cerrados, parece ajeno a su inquietud. El viejo tocadiscos da vueltas y Lester Young retuerce las notas de su saxo. En la pared, un gran mapa del mundo con marcas y dibujos. En el suelo libros, discos y partituras. Marian mira a su alrededor con resignación. Por fin se sienta al lado de Alan y le zarandea.

— Ha vuelto a pasar —insiste Marian.

— ¿El qué? —responde Alan sin abrir los ojos. 

—El mismo sueño. 

Alan gira la cabeza.

—Tal vez te haya afectado lo de esa mujer. 

—Algo va mal, Alan.

—¿No has conseguido entrar? —contesta Alan incorporándose con desgana.

—Nada de eso. La mujer está mejor.  

—¿Segura? 

—Ahora tiene esperanza. 

—En cambio, yo solo  fui capaz de tranquilizar un rato a aquél taxista iracundo. Demasiadas deudas.

—A veces sucede —responde Marian encogiéndose de hombros.

—¿Crees que él también podrá parar?

—Es difícil hacerlo en este tiempo. 

— ¿Entonces qué  te preocupa, Marian?

—Ella sufre. Nos necesita.

—Lo sé. Yo también la siento. Pero no podemos hacer nada.

—Debemos ayudarla —insiste Marian.

— ¿Cómo?

— ¡Ya sabes cómo!

—Eso implica traspasar los límites, Marian. 

—Con él lo hicimos y funcionó.

—Habrá consecuencias. ¡Mira donde hemos acabado! Además… Aún no me acostumbro a tropezar con tanta basura por la calle. 

— ¡Ni yo con tus discos y partituras! —responde Marian.

—Aquí las personas piensan demasiado alto —refunfuña Alan.

—Se que es complicado para ti —contesta Marian con dulzura—. Pero si lo hacemos bien, puede que esta vez nos despertemos en un lugar mejor. Además, a mí me gusta Sicilia. 

—Añoro un poco de orden y el jazz. ¡Aquí todo va al revés!

 Alan mira a Marian con sorna.

—No me queda más remedio, ¿verdad?

Marian se acerca y lo abraza.

—Siempre estaré a tu lado —susurra Alan.

—Toda la eternidad —contesta ella. 

—Eso es mucho tiempo. Anda, cuéntame tu sueño.

Alan interrumpe a Lester. Marian se sienta en el suelo, con las piernas en posición de loto. Afuera, la vida transcurre al ritmo de una Jam session, ajena a los pensamientos huérfanos de sus habitantes, las partituras desordenadas y al abandono. Alan vuelve a recostarse en el sofá. Marian comienza su relato:

—Ella está sola en una calle oscura. Es un lugar al que amó durante mucho tiempo. Ahora debe dejarlo. Se siente perdida, desorientada. Hace demasiado frío. Después, me despierto, sobresaltada. Debemos irnos, Alan. Nuestro tiempo aquí ha terminado.

***

María se sienta confusa en la cama. Es hora de levantarse, lo sabe, pero no es capaz de hacerlo. Su hija ha venido para ayudarla. Al verla, balbucea una sonrisa. Quiere decir muchas cosas, pero solo es capaz de articular algunas palabras. 

—Han venido a verme un hombre y una mujer muy altos –consigue decir al fin. 

Después, el silencio regresa de nuevo. Mira confusa. Le pide a su hija que espere. Es la hora, lo sabe, pero ya no quiere hablar, ni levantarse, solo tumbarse de nuevo y soñar. 


Texto y foto: Patricia Bernardo


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